Conservo, grabadas a fuego, tres imágenes de la noche en que volví a encontrarme con Roberto. Estoy convencida de que, de no haber coincidido en el tiempo, no se habrían fijado con tal fuerza en mi memoria: a buen seguro se habrían vuelto imprecisas hasta terminar diluyéndose junto al resto de los acontecimientos de aquella noche, como la estela de un avión a reacción en un límpido cielo azul. Pero se sucedieron una detrás de otra, y así, formando una especie de todo indisoluble, cada imagen ayudó a mantener, si no ampliar, el fulgor de las demás, haciendo palidecer, por el contraste, todo a su alrededor.
Al día siguiente me desperté agitada, tratando en vano de retomar el hilo de un sueño que para entonces se había esfumado ya por completo, pero que me había dejado un regusto amargo, como un vino peleón, acrecentado por su —creía recordar— extraordinario realismo. Cuando por fin abrí los ojos y vi la luz que se colaba por las rendijas de la persiana, me sentí confusa, desorientada, pues no recordaba haberme acostado. ¿Cómo había llegado a mi cama? La respuesta no se hizo esperar. En cuanto me dispuse a levantarme, la cabeza a punto de estallar y una intensa sed me espetaron que después de una noche de fiesta sobreviene una mañana de resaca, algo que, por otra parte, sabía de sobra. Mientras me desnudaba para entrar en la ducha, una de las tres imágenes acudió a mi encuentro, y tras ella las otras dos, trayendo un poco de luz a mi maltrecha memoria.
Una vez bajo el agua, cerré los ojos y me concentré en la que era la primera imagen desde un punto de vista cronológico. En ella se ve, tambaleándose, a un borrachín de unos sesenta años, de pelo grasiento, rostro enjuto, barba de dos semanas y mirada acuosa. Lleva un traje de pana marrón, todo ajado, sin corbata ni chaleco, y una camisa que antaño fue blanca y ahora presenta un color cuando menos indefinido. Está mascullando algo sin duda coherente con el monólogo interior en que se halla, pero de todo punto ininteligible para nadie que no sea él. La gente se ha apartado con gestos de entre miedo y asco, hay incluso quien sonríe nervioso, y el claro abierto a su alrededor permite a una mirada inquisitiva averiguar el motivo: tiene la bragueta bajada, de la que cuelga un pene de considerable tamaño y, con las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, ha comenzado a orinar, sin fuerza, sin ganas, sin control alguno sobre sus esfínteres, diríase que sin darse cuenta siquiera.
Esto sucedió delante de nosotras, a escaso metro y medio a nuestra izquierda, y yo, que fui la primera que lo vio al estar a la izquierda de Raquel y Marta, me alejé, como movida por un resorte, hasta situarme a la derecha de esta última, a quien me agarré buscando protección, aunque sin poder apartar la vista de aquello. Estábamos en la Plaza Mayor, en un concierto de un grupo de rock al que yo no conocía pero que a Raquel le gustaba mucho: «una forma de empezar la noche como cualquier otra, ¿no?», había dicho. En cuanto se perdió el hombre entre la multitud, volvieron a brincar como locas, como si no hubiera sucedido nada. En cambio para mí el concierto había perdido todo interés, de hecho parecía como si hubieran desconectado los altavoces: mi cerebro apenas era capaz de procesar lo que oía. El incidente del borrachín me había dejado mal cuerpo, no conseguía apartar su visión de mí. Me estremecí. De repente sentí frío. Temblando, me abracé para intentar entrar en calor.
Abrí los ojos. A pesar del agua caliente resbalando sobre mi piel, me estremecía de nuevo, y esta vez no podía deberse al frío. Ahora puedo afirmar que tampoco se debía al frío. Sin embargo, puse el agua a mayor temperatura, hasta que empezó a salir vapor. Me aparté para no quemarme, cerré el grifo y empecé a enjabonarme.
La segunda imagen tiene como marco el escenario de un bar karaoke. Flanqueados por dos pies de micro, en el centro del escenario aparecen, cantando, dos chicos que rondan la treintena. Al más bajo y rechoncho, en evidente estado de embriaguez, le supone un notable esfuerzo guardar el equilibrio, y mantiene la mirada baja, tal vez melancólico a causa del alcohol, concentrado en el micro, que sostiene con las dos manos. El otro, en apariencia más sobrio, sujeta el micro con una mano y a su amigo con la otra, rodeándolo con el brazo por encima de los hombros, en torno al cuello, al tiempo que lo mira con cariño.
La idea de ir a un karaoke un sábado por la noche no me seducía lo más mínimo —para mí una noche de fiesta era otra cosa—, y por eso me mostré un tanto reticente al respecto, pero Marta se empeñó. «Al siguiente decides tú —terció Raquel—. Además, lo vamos a pasar bien, ya verás.» Cedí, por supuesto, consciente de que hacía mucho que no quedaba con ellas, razón por la cual aún no me sentía en condiciones de quejarme o exigir. Sin embargo, después de dejar a Martín lo que yo necesitaba era «marcha», por lo que me dije que «el siguiente» sería una discoteca o similar, donde también lo pasaríamos bien. O mejor, a poco. Le di un buen sorbo a la pomada (ginebra con limón) y me sentí mejor. «La noche es joven», me animé. En el escenario los dos chicos cantaban una canción de Nino Bravo, «Un beso y una flor», y el más alto no lo hacía nada mal; el otro bastante tenía con aguantar en pie. Al terminar el estribillo y antes de atacar la segunda estrofa, el alto, con mucho el más guapo de los dos, se separó de su amigo y, señalándole, exclamó: «Un aplauso para Miguel, ¡es su cumpleaños!», cosa que hicimos de buena gana todos los que allí nos encontrábamos. Desde donde estaba sentada, alcancé a notar que el tal Miguel, que no estaba tan borracho como había pensado en un principio, esbozaba una tímida sonrisa: le había gustado el detalle. A quién no. A partir de aquel momento me dediqué a observarlos. Estaban solos, sentados en sendos taburetes junto a la barra, y desde allí disfrutaban con sus copas, mirando, escuchando y animando a los que salían a cantar. El chico alto seguía muy pendiente de Miguel, trataba de animarle, de hacerle reír, de vez en cuando lo conseguía, y pensé que tal vez este había sufrido algún desengaño o ruptura sentimental, al igual yo, o que estaba triste por cualquier otro motivo, y a fe que lo estaba consiguiendo, pues cada vez que salían a cantar —siempre a dúo—, se le veía más suelto. Sentí envidia de él, pues yo no había tenido jamás una amiga así, mucho menos un amigo. Dirigí una breve mirada a Marta y Raquel, que discutían, cancionero en mano, acerca de qué canción elegir en primer lugar, y no, no había color. Cuando vi que el chico alto le revolvía el pelo a Miguel, en un gesto que indicaba mucho más que cariño, caí en la cuenta de que bien podían ser pareja, y de que, como tal, habrían salido a celebrar el cumpleaños, a emborracharse, y sentí lástima de mí misma. A mis treinta y un años, lo único que había buscado con insistencia a lo largo de mi vida era el amor, pero no un amor cualquiera, que de esos sí había tenido, y muchos, sino el amor de verdad, a lo grande, así como de película, y hasta el momento la búsqueda, y por ende mi vida, había resultado un fracaso rotundo. Lo cierto es que no sabía muy bien en qué consistía el amor verdadero —lo cual era a mis ojos la prueba definitiva de que aún no lo había encontrado—, pero debía de parecerse bastante a lo que tenía ante mí: dos personas que salen y se divierten juntas sin necesidad de nadie más, dejando las preocupaciones a un lado, pendientes la una de la otra y convencidas de que se quieren y se necesitan, sin olvidar, por supuesto, todo lo demás, sexo incluido. Apurando la pomada, me acordé de Martín, a quien acababa de dejar porque, aunque me quería y sabía que habría sido un marido excelente, con él no me divertía, y supongo que fue por eso que no llegué a enamorarme de él; de Roberto —¡ay, Robbie!, todavía me dolía acordarme de él—, de quien sí me enamoré y con quien me divertí, vaya si lo hice (hasta el agua de los floreros nos bebíamos), pero que nunca demostró estar lo suficientemente pendiente de mí, hasta que, según él mismo acabó confesando, me engañó con vete a saber cuántas; y de Adrián, mi primer novio formal, que pasados los años resultó ser demasiado pagado de sí mismo como para quererme, mucho menos necesitarme. En definitiva, tres relaciones duraderas —y un sinnúmero de aventuras— y seguía sin encontrar el amor. ¿Y si nunca llegaba a encontrarlo? Cabía la posibilidad, desde luego, y más me valía empezar a mentalizarme, me dije al tiempo que me acercaba a la barra a por otra pomada.
Abrí de nuevo el grifo, el agua casi fría, con la vana esperanza de que la espuma se llevara consigo, si no la resaca, sí al menos el cansancio muscular, y cerré los ojos.
La tercera imagen es una escena, cual pintura de Goya, de marcado corte costumbrista, que tiene lugar en una calle peatonal, céntrica, a la altura de una conocida discoteca. Iluminados por las luces de neón, tan brillantes que a su lado la luz anaranjada de las dos farolas que iluminan la calle resulta aún más pobre, cinco hombres de diferente edad dirigen la mirada a cierto punto situado sobre la puerta de entrada, de la que se encuentran a unos cuatro metros de distancia. Sujetando cada uno una copa a medio beber y con los ojos brillantes, en algún caso entrecerrados (tal vez entreabiertos) por el alcohol, su aspecto es, en conjunto, lamentable: a la izquierda, en un extremo, y riéndose por lo bajini, un canijo rapado que apenas llega al metro cuarenta y que podría tener tanto veinticuatro años como cuarenta y dos; a su lado, más serio y sin prestar excesiva atención, también de edad indefinida, un gordo que pasa de los ciento sesenta kilos; al otro extremo, un chico joven, alto, delgado y muy guapo, gay sin ningún género de dudas; a su derecha, más mayor, peinado escrupulosamente a raya, con gafas de pasta y jersey de cuello vuelto, y fumando un purito, un friqui de cuidado; y por último, en el centro, rodeado por tan ilustre compañía, con la copa sujetándose sola sobre su enorme panza, calvo y sin afeitar, ¡Roberto!
Tardé en reconocerle, de tan desmejorado como lo encontré, pero, sobre todo, porque no era posible, no me entraba en la cabeza, que se relacionara con ese tipo de gente. No desde luego el Roberto que yo conocía, una persona que sabía lo que quería y no se detenía ante nada ni nadie por conseguirlo, y que jamás de los jamases se habría dejado ver con semejante fauna a la entrada de una discoteca llena de chicas guapas.
Tardé en reconocerle, de tan desmejorado como lo encontré, pero, sobre todo, porque no era posible, no me entraba en la cabeza, que se relacionara con ese tipo de gente. No desde luego el Roberto que yo conocía, una persona que sabía lo que quería y no se detenía ante nada ni nadie por conseguirlo, y que jamás de los jamases se habría dejado ver con semejante fauna a la entrada de una discoteca llena de chicas guapas.
Mientras salía de la ducha y me ponía el albornoz, recordé nuestro primer encuentro, y me di cuenta de que la imagen que guardaba de Roberto le debía mucho a aquella primera impresión. Lo nuestro fue, no puedo decir un amor a primera vista, pero sí un flechazo instantáneo, algo que podríamos calificar de «animal». Ocurrió en un bar de copas, La selva, a las tantas de la madrugada de una noche de sábado, cuando me dirigía al baño. Un chico alto, de complexión fuerte, se interponía en mi camino. Estaba vuelto de espaldas y, por su anchura, pensé que jugaba al rugby. Le toqué en el brazo —duro como una piedra— para que me dejara pasar, pero cuando se giró nos miramos y ya no quise ir a ningún sitio: de repente, todo parecía haberse detenido a nuestro alrededor. Él, que tenía evidente soltura en ese tipo de situaciones, dijo algo, y yo, que no le andaba a la zaga, contesté adecuadamente, pero, al igual que él, de forma cuasi inconsciente, pues la única conversación que nos interesaba en realidad, y en la que teníamos puesta nuestra atención, era la que manteníamos con la mirada. En general, cuando me aborda un chico en un bar o discoteca, puedo ver en su mirada el indisimulable deseo de acostarse conmigo y en su lenguaje corporal una en general cómica actitud de súplica ante la remota posibilidad de lograrlo; un deseo que, conforme avanza la conversación, decido si es correspondido, en cuyo caso procedo a tomar la iniciativa, o no, lo cual sucede la mayoría de las veces. En cambio, en Roberto («mis amigos me llaman Robbie») no había rastro alguno de súplica, sino una elocuente y firme determinación: iba a acostarse conmigo, esa misma noche, porque yo era alguien especial y porque yo sentía lo mismo y también lo deseaba. No se equivocaba.
A ese primer encuentro le siguieron otros, cada vez más frecuentes, y fue así que, casi sin darnos cuenta, empezamos a salir y a conocernos más en profundidad. Robbie tenía veinticinco años recién cumplidos y era un triunfador: alto, fuerte como un toro, el cuerpo efectivamente cincelado por el rugby pero no en exceso musculado, guapo, con mucha labia y un notable éxito con las chicas («hasta que te conocí a ti», solía decirme), tenía grandes dosis de sentido común, conocimiento de la vida y habilidad para el comercio —era un reputado comercial de una importante empresa de suministros—, lo que, unido a su espíritu de trabajo, le daba para conducir un pequeño deportivo y vivir con holgura, por el momento en alquiler, en un coqueto adosado en las afueras. Además, estaba en esa etapa de la vida en que un joven da sus primeros pasos como adulto, alborozado porque siente que empieza a tomar las riendas de su propia vida y, sobre todo, porque la auténtica vida de adulto, la que comienza al esfumarse la juventud, permanece agazapada en un porvenir que se antoja aún lejano, lo que en Robbie no hacía sino acrecentar su sensación de triunfo. «¿Sabes, Laurita? —decía con suficiencia—. Para triunfar en la vida, además de valer, hay que aprender a ganarse a la gente, y para conseguirlo no queda otra que integrarse en la sociedad y saber adaptarse a los cambios.» Estas palabras las repetía con cierta frecuencia, y pronto comprendí que no lo hacía para, apoyándose en mí, convencerse de que estaba en el camino correcto, como llegué a pensar en un principio, sino para hacernos partícipes, a mí y a todo el que pudiera oírlo, de lo orgulloso que se sentía de su forma de ser y vivir. Y es que verdaderamente sabía ganarse a la gente. No era pues de extrañar que fuese un gran vendedor: tenía el don de hacerte creer que su propósito era en realidad el tuyo, y, así, raro era lo que se proponía y no conseguía. Su forma de integrarse en la sociedad era cuidando mucho su aspecto, lo cual incluía su indumentaria —procuraba siempre ir vestido como correspondía a cada ocasión: traje y corbata para trabajar, ropa informal pero a la moda, y atrevida, para después— y, por supuesto, su peinado y afeitado, siguiendo ambos los dictados de las últimas tendencias: ora apurado perfecto, patillas estrechas y largas y pelo corto, ora barba de dos días, patillas anchas y pelo más largo, ora perilla, sin patillas y pelo casi al cero. Muy amigo de sus amigos, un ejemplo de la importancia que le concedía al aspecto físico fue la machacona insistencia al pobre Daniel —de escaso, por no decir nulo, éxito con las chicas— en que modernizara su vestuario y peinado, anclados en la moda de diez, quince años atrás, hasta que lo consiguió, y la satisfacción, compartida a partes iguales, de ver que los frutos no se hacían esperar. Por último, se adaptaba con suma facilidad a los cambios, fueran del tipo que fueran, ya se tratase de los vaivenes de la moda, los de su empresa, que cada poco le encomendaba vender y comprar diferentes gamas de productos, o las últimas novedades tecnológicas, de las que estaba al tanto por motivos de trabajo pero también, y no en menor medida, porque no soportaba la idea de quedarse desfasado.
En definitiva, era una persona llena de vida y feliz. Aficionado a los documentales de la televisión, que veía hasta que le vencía el sueño, tenía una peculiar teoría acerca de la felicidad: «Dejamos de ser felices a partir del momento en que olvidamos nuestra condición animal y nos creamos necesidades que van mucho más allá de las básicas y que nunca terminamos de cumplir. Los animales solo se ocupan de lo relacionado con su supervivencia: comer, buscar cobijo contra el frío, la lluvia, el sol o los depredadores, y, llegados a una edad, reproducirse. ¿Por qué nosotros creemos que necesitamos más? La felicidad es conformarse con satisfacer estas necesidades y, una vez satisfechas, disfrutar de todo lo que pueda venir a mayores.»
Enfundada en el albornoz y arrastrando las babuchas que compré en Marrakech, entré en la cocina a prepararme un café cargado: a esa hora, las doce pasadas, era lo único que podría despejarme. Eché agua en la cafetera, llené el filtro con café, ¡qué bien olía!, y puse la cafetera al fuego. Me senté a esperar.
El Roberto que yo recordaba no tenía nada que ver con el que tenía delante de mí, vestido, un sábado a las tres y media de la madrugada, con una sudadera raída y unos vaqueros gastados por viejos, en compañía de cuatro elementos que parecían sacados de un programa de variedades y con los que era imposible pretender integrarse en la sociedad, y ¡con esa calva y esa barriga! Pero era él, y si tenía alguna duda se disipó en cuanto oí su voz:
—Fijaos, acaba de regresar al campo base.
Los demás rieron. Movida por la curiosidad, miré hacia donde miraban ellos, pero no vi nada que le diera sentido al comentario.
—Id entrando, que ahora os busco —les dije a Marta y Raquel, que ya habían entrado, sin saber siquiera si las seguía o no.
Quien sí me había visto y oído era Roberto, que hizo ademán de acercarse y se quedó quieto cuando me vio avanzar hacia él.
—¿Y esas dos? —preguntó al darme dos besos—. ¿Adónde van con esa prisa? ¿A mear?
—Qué tal, Robbie. Pues ya lo ves, son así.
—Estás guapa, Laurita. Bueno, como siempre. No has cambiado nada.
—Gracias. Tú...
—Olvídalo —me cortó—, ya sé que no puedes decir lo mismo.
—¡Mira que eres! No iba a decir eso.
—¡Ahí va otra vez! —nos interrumpió entonces el canijo.
—Venga, a ver si ahora lo consigue —dijo el gordo con voz cansada.
—Esta vez inicia la ascensión sin oxígeno —proclamó Roberto con voz grave, provocando las carcajadas de sus amigos.
—¿De qué habláis? —pregunté, cada vez más intrigada.
—De Miss Oh, mírala —respondió, señalando un punto a la derecha de las luces de neón.
—¿Cómo? —Yo seguía sin entender nada.
—Ahí —volvió a señalar—. ¿Ves ese bicho negro de ahí? —Asentí—. Es una iris oratoria, un insecto de la misma familia que la mantis religiosa. Te presento a Miss Oh, la alpinista. No me digas que no has oído hablar de ella. Bueno, el caso es que llevamos media hora viendo cómo intenta escalar esa pared, y en este tiempo ha ascendido más de un metro. El problema es ese cable negro de más arriba, que se le atraganta; hace un poco, cuando ya casi lo había conseguido, se resbaló y cayó hasta donde está ahora, hasta el campo base, je, je.
—¡Venga, señorita de la o, que tú puedes! —gritó el friqui.
—¿Qué pasa, que sin sherpa no sabes? —se mofó a su vez Roberto, para regocijo general.
Yo no veía la gracia por ningún lado, y llevaban así nada menos que ¡media hora! En los cinco o diez minutos que estuve con ellos no dejaron de decir tonterías y reírse por cualquier estupidez —que si tenía mal de altura, que si le habían quitado las cuerdas para el ascenso, que si se había desatado una violenta ventisca por ahí arriba, que si se había extraviado, que si con esto se demostraba que había hecho trampas—, hasta que el pobre insecto se perdió de vista, probablemente oculto entre el cable y la pared, y se acabó la diversión. Ello provocó unos instantes de decepción, de silencio, que aproveché para preguntarle a Roberto por su vida.
—Sin novedad. Estoy borracho, como puedes ver —respondió, luego de un prolongado trago, con la mirada baja, hacia la copa medio vacía, hablando como para sí mismo—. Nada fuera de lo normal en un alcohólico. Aunque, ¡bah!, para lo que me queda. En tres años estaré muerto.
Las risas de sus amigos, o lo que quiera que fuesen, me sentaron fatal. Él pedía ayuda, o eso me parecía a mí: no me costó imaginármelo en un círculo cerrado de sillas en un local de alcohólicos anónimos, y ellos creían que bromeaba. Aquellas risas me recordaron a las que suceden a una caída tonta una vez que se ha comprobado que, a pesar del dolor, no hay consecuencias de gravedad, con la diferencia de que no había caída tonta y de que la gravedad era evidente. Al cabo salió Raquel a buscarme, por lo que apenas pude responder, pero debí de poner cara de preocupación, pues Roberto, poniéndome una mano en la espalda, me dijo:
—Anda, entra con ella. Ya te llamo un día para tomar un café y hablamos.
El agudo silbido me indicó que ya estaba listo el café. Tomé una taza grande de porcelana y vertí en ella todo el contenido de la cafetera. No eché azúcar ni leche: cuanto más fuerte, mejor. Así la taza con ambas manos y, acercando la nariz hasta casi introducirla en el líquido humeante, aspiré su penetrante aroma.
Lo último que recordaba de aquella noche fue el gintónic que me tomé nada más reunirnos con Marta en la discoteca. Después, mi memoria se sumió en la más negra oscuridad: no recordaba nada más. Como no era la primera vez que me pasaba, aunque quiero precisar que no es algo que me suceda con frecuencia, no me preocupó lo más mínimo: una vez me emborracho, si bien no llego a perder el control de mis actos —al menos hasta el momento nadie me ha dicho nunca que lo haya perdido— y soy consciente en todo momento de lo que hago, mi memoria no lo registra como debería y al día siguiente no consigo recordar nada en absoluto. Esta vez no fue la excepción. Lo que sí recordaba con nitidez eran las palabras pronunciadas por Roberto, que me causaron una honda preocupación: ¿era un alcohólico y le quedaban tres años de vida? No pude sino acordarme del borrachín del concierto. ¿Se convertiría algún día en alguien así? Tal vez debido a mi carácter un tanto melodramático, se me apareció de nuevo el borrachín orinándose encima, pero en esta ocasión su cara no era la de un pobre y desconocido viejo, sino la de Roberto, tan desmejorado como le había encontrado unas horas atrás pero mucho más arrugado y ajado. Esta imagen me resultó familiar, aunque no acerté a dar con el motivo, ¿lo habría soñado? Si tuviera un amigo como el chico alto del karaoke quizá estaría aún a tiempo de encauzar su vida. Aunque, bien pensado, aquellos dos eran más que amigos, y mal iba Roberto a poder encauzar su vida si sus amigos eran los de la puerta de la discoteca. ¿Y si intentaba ayudarle yo? No, yo ya no era nadie y mal haría entrometiéndome. Sentí de nuevo un regusto amargo, debido en esta ocasión, supuse, al café solo y sin azúcar que empezaba por fin a despejarme.
También había dicho que un día me llamaría para tomar un café, lo cual me extrañó sobremanera: ¿llamarme, Roberto, para tomar un café? Él tenía por norma no quedar para tomar café con ninguna chica («con las tías se queda para otra cosa», se jactaba), ¿por qué conmigo había de hacer una excepción? Además, si necesitaba hablar para desahogarse, ¿en calidad de qué quería que habláramos? Como amiga no podía ser, pues jamás le conocí amiga alguna y, en todo caso, no podía decirse que yo lo fuera. Como ex era bastante más improbable. ¿Entonces? Una idea cruzó rauda por mi mente: ¿y si no quería nada más que...? No, imposible, me dije; no después de tantos años y de todo lo que pasó, ni siquiera se le ocurriría pensarlo. Por el modo en que me puso la mano en la espalda supe que aún me guardaba cariño, y también que me veía fuera de su alcance, y me avergoncé de haber pensado mal de él. Seguramente, concluí, había visto preocupación en mi mirada y quería tranquilizarme. Sí, eso era, quería tranquilizarme. Empero, no contaba con que yo le conocía demasiado bien como para que pudiera engañarme, y si quería hablar me iba a oír, vaya que sí. En cuanto me escuchara, de seguro le haría recapacitar para que retomara la senda de su antigua y feliz vida. La cuestión era qué decirle, no lo tenía claro. Ya se me ocurriría algo a lo largo de la conversación.Pasé los días siguientes pendiente del teléfono, esperando con impaciencia una llamada que se hacía de rogar. En un principio creí que dicha llamada sería inminente a pesar de la vaguedad de «un día te llamo», pero luego, conforme se sucedieron las semanas sin producirse, no me quedó otra que rendirme a la evidencia: no me telefonearía por mucho que esperara. Aquello me dolió, pues no olvidaba el tono solemne, como de promesa, con que había dicho que me llamaría. Durante aquellas semanas apenas pensé en Martín, y retomé mi vida de soltera sin mayor inquietud que la no llamada de Robbie. Una inquietud, por otro lado, creciente, que cada poco me hacía preguntarme por los motivos que podrían estar moviéndole a obrar de aquel modo. ¿Le habría pasado algo? ¿Le daría vergüenza reconocer su situación? ¿Habría olvidado que me lo había prometido? ¿Habría olvidado que nos habíamos visto? ¿Se habría olvidado de mí? ¿Estaría esperando que fuera yo la que le llamara? Peor: ¿estaría demostrándome que pasaba de mí? No llegué a ninguna conclusión. Lo único cierto era que tenía dos alternativas: olvidarme de él hasta que él o el destino quisieran, o ser yo la que diera el paso y marcara su número de teléfono. Esta duda, esperar o dar el paso, me retrotrajo a tiempos pretéritos, en los que Robbie, experto en sacarme de mis casillas, solía dar un paso al costado y me obligaba a mí a decidir qué paso dar a continuación. «Eres como una locomotora en una pradera —me decía—: si te quitan los raíles no sabes caminar.» Y tenía razón, pues hasta que estuvimos juntos yo era una chica que sabía adaptarme muy bien a las distintas circunstancias de la vida y, a mi manera, ser feliz, pero evitaba en la medida en que podía —es decir, casi siempre— adoptar decisiones, tomar las riendas de mi propia vida, a causa de un miedo cerval a equivocarme que me atenazaba. Me pareció que Robbie, con su silencio, volvía a dar un paso al costado y repetía de nuevo esas mismas palabras, que resonaban con nitidez en mi memoria, y me enfurecí con él. ¡Yo había cambiado! De hecho, fue al romper con él, al saber de su engaño, que cambié mi vieja locomotora por un cuatro por cuatro, pues ya no necesitaba de los raíles para sentirme segura, mas él no lo sabía, ¡cómo iba a saberlo! Sentí la imperiosa necesidad de decírselo de alguna manera, así que no esperé ni un minuto más. Ni siquiera reparé en la hora.
Mediado el quinto tono me disponía, resignada, a colgar, cuando contestó una voz somnolienta.
—¿Quién es?
—Hola, Robbie, soy Laura, ¿te pillo en mal momento?
—Laura. Ah. Hola. ¿Mal momento? —Bostezó—. Es la una de la madrugada y mañana curro. ¿Qué quieres?
—¿La una? —Me sorprendió que fuera tan tarde; recordé que no tenía teléfono fijo y no apagaba el móvil por la noche. En otro tiempo me habría avergonzado y no habría sabido cómo disculparme, pero yo había cambiado, y me limité a poner voz de arrepentimiento y contestar con despreocupación—: Perdona, no me di cuenta de que era tan tarde, como mañana tengo puente. Mejor te llamo en otro momento. Además, no era importante.
Suspiró.
—Anda, cuéntame. Ya que me has despertado, que por lo menos sirva para algo. ¿O es muy largo?
—No, descuida. Es sólo que me dijiste que me llamarías y no lo has hecho, ¿te acuerdas? Así que he decidido llamarte yo. Para ver cuándo podemos tomar ese café, que se nos está enfriando.
—Es verdad, te dije que te llamaría. Vaya la que llevaba aquella noche, ¿eh? Pues —bostezó otra vez—, no sé, mañana es viernes, ¿no? Tengo julepe con los colegas en el Casablanca, un bar que hay justo enfrente de mi casa. ¿Te viene bien pasarte por allí a las siete y cuarto? Para esa hora ya habremos terminado.—Venga, muy bien, me paso por allí a las siete y cuarto —respondí, olvidando el propósito original de quedar con él, y, tal vez por ello, alborozada como una colegiala ante la primera cita con el chico que le gusta.
—Hasta mañana, pues.
—Descansa —quise decirle, pero ya había colgado, y supe que esa noche a quien le costaría conciliar el sueño y descansar sería a mí.
Llegué a la cita con quince minutos de adelanto. Como no sabía muy bien con qué ropa presentarme, había optado por algo fácil: una minifalda y una camiseta. En lo que no tuve dudas fue con el perfume: el mismo que cuando le conocí, mi preferido, y que aún usaba en ocasiones especiales. Robbie estaba en una mesa del fondo y me hizo una seña para que le esperara. «Estamos a punto de terminar, no tardo», entendí. Di dos pasos hacia la barra y, tras mirar los anaqueles repletos de botellas, se me antojó un amaretto, pero no me pareció muy conveniente que Roberto me viera bebiendo alcohol, y en su lugar me pedí un café con hielo. Era la primera vez que entraba en el Casablanca, por lo que eché un vistazo a mi alrededor. Me sentí como una niña en una tienda de muñecas. El bar estaba decorado a imagen y semejanza del famoso Café de Rick, el de la película, de la que había fotografías por doquier, y, salvo las botellas, todo estaba decorado en tonos blancos y negros, como la propia película, imagino que para reforzar aún más el parecido. No faltaban los grandes arcos de herradura separando las distintas estancias de paredes blanquísimas, las lámparas marroquíes iluminando el lugar con su luz tenue, las sillas con motivos de fantasía, un biombo alto de madera con damasquinado que dejaba semioculta la entrada al cuarto de baño y un pequeño piano vertical en el centro del local, de cuya parte trasera emanaba una música ligera, como de los años cincuenta. «Buen lugar para poner un altavoz», pensé. Al llevarme el vaso a los labios, tuve la sensación de que de un momento a otro entraría Humphrey Bogart con su americana blanca y su pajarita negra, fumando uno de sus cigarrillos de tabaco negro, y, tras pasar junto al piano y echar de menos a Sam, me saludaría con su media sonrisa y su mirada nostálgica. A punto estuve de atragantarme con el café.
A esa hora de la tarde, el local estaba casi vacío: de las diez o doce mesas que había, solo dos estaban ocupadas, y en la barra no había nadie aparte del camarero y yo. En una de las mesas Robbie jugaba a las cartas con sus colegas —en total cinco, todos en la treintena—, y en la otra se sentaban seis ancianos, de los que cuatro jugaban al dominó y los otros dos miraban nada más. Observando una y otra mesa, reparé en que lo único que las diferenciaba era la edad cronológica de los jugadores. Si unos parecían llevar jugando desde que se rodó Casablanca, por lo menos, los otros tenían toda la pinta de seguir idéntico camino. «En tres años estaré muerto», recordé las palabras de Roberto, y fue entonces que lo comprendí todo. Calvo, gordo, a todas luces mermado de facultades físicas —a saber cómo tenía el hígado—, había dejado de ser, utilizando su propio lenguaje, el «macho alfa de la manada», para convertirse en un paria. Era un viejo de treinta y dos años. No me costó ningún esfuerzo ponerme en su lugar e imaginar lo duro que debía de haberle resultado, después de haber triunfado en la vida, después de haber disfrutado a lo grande, después de haberse bebido la juventud a tragos, descubrir que esa juventud, y con ella esa vida, se habían ido para no volver. ¿Y qué le quedaba ahora? Nada salvo matar el tiempo, qué más daba si al final eran tres años o treinta, de la forma que fuera, a poder ser de alguna que le quitara de pensar que sus mejores días no estaban por venir sino que pertenecían al pasado, como por ejemplo beber o jugar. Me miré las manos, me atusé el pelo, me estiré la falda, me revolví inquieta sobre el taburete. Mis manos empezaban a tener minúsculas pero incontables arrugas, mi pelo no tenía la densidad que tuvo, en mis piernas se marcaban, como relámpagos silenciosos, dos pequeñas varices, yo también sobrepasaba los treinta, también por poco, y mi juventud, en fin, también estaba dando sus últimos coletazos. Y sin embargo, me dije, todavía buscaba con insistencia el amor, todavía quería formar una familia, tener hijos, verlos crecer —a diferencia de él, que nunca mostró la menor simpatía al respecto—, y, seguramente por eso, sentía que aún me quedaba toda la vida por delante.
—Hola, Laurita —dijo un alegre y afeitado Roberto acercándose hasta mí para besarme—, ya hemos terminado. ¡Qué bien hueles! —Miró su reloj—. Puntualidad británica.
—Hola. Pareces contento, ¿has ganado?
—No, pero tampoco he perdido y lo he pasado de puta madre, ¿qué más se puede pedir?
—Visto así.
—¿Nos tomamos algo aquí o prefieres ir a otro sitio?
—Me ha gustado este bar, ¿nos sentamos? —Le indiqué una mesa apartada.
—Venga, va.
Nos sentamos frente a frente, en torno a una pequeña mesa redonda sobre la que el camarero depositó dos cervezas, la mía con limón. Robbie no dejaba de mirarme. A juzgar por su sonrisa, estaba encantado de estar allí, conmigo, y me arrepentí de no haberle llamado antes. Como no podía ser de otra manera, seguía calvo y gordo, pero, contrariamente a lo que esperaba, tenía buen aspecto. A pesar de las ojeras —nunca durmió mucho—, entre que tenía la cara afeitada, los vaqueros nuevos, la camisa planchada y que olía a perfume caro, lo cierto es que parecía otro. Es más, parecía él. Sin embargo, no quise dejarme engañar por las apariencias.
Después de ponernos al día, y como no decía nada al respecto, le pregunté, casi a bocajarro:
—Bueno, cuéntame, ¿qué tal estás?
—Bien —contestó, moviendo arriba y abajo, muy despacio, la cabeza—. Muy bien, mejor que nunca.
No esperaba esa respuesta. Me costó reaccionar:
—No me dio esa impresión cuando te vi la otra noche. ¡Me dejaste preocupada!
—Aquella noche llevaba una borrachera del quince.
—Yo también me agarré una buena. Pero no fue la borrachera lo que me preocupó, sino cómo te vi, y lo que dijiste.
—¿Y cómo me viste?
—Ay, pues, no sé, Roberto, muy cambiado. Tanto que me costó reconocerte. Y no para mejor, perdona que te diga.
No dijo nada. Se limitó a sonreír para sí, como recordando algo de aquella noche que le hacía especial gracia. Cuando levantó la mirada, enarcó los ojos, se encogió de hombros e inspiró con fuerza, todo a un tiempo. «Qué quieres que te diga», venía a significar.
—Yo recuerdo que antes eras un triunfador —dije ante su silencio—. Eras, según tus propias palabras, el auténtico macho alfa de la manada: un líder, alguien con fuerza, con carisma, que sabía lo que quería y se lanzaba de cabeza a por ello, alguien que se llevaba a todos, y todas, por delante y, lo más importante, alguien feliz. Al menos ese es el recuerdo que tengo de ti. Sin embargo, en el Robbie que vi la otra noche no había nada de esto. Te vi de vuelta de todo, como si todo te diera lo mismo; derrotado, como si no tuvieras nada por lo que luchar; abandonado a los vaivenes de la vida, como si hubieras cambiado tu lancha motora por una vieja barca sin remos.
—Sé lo que quieres decir —dijo al fin—. Y en parte tienes razón. En parte. Antes, cuando entraba en una discoteca, me sentía el macho alfa de los bonobos. ¿Te llegué a hablar de la vida sexual de los bonobos? Es fascinante. Son, junto a los humanos, los únicos que practican el sexo por placer y los únicos que lo hacen cara a cara, además de que practican todo tipo de actos sexuales. Sí, claro que te llegué a hablar de ello, menuda chapa te di con los documentales, ¿eh? —Sonrió—. Pues sí, durante muchos años enfoqué mi vida hacia el éxito. Y lo conseguí, tú lo sabes. Pero ese éxito que entonces me servía, ya no me sirve, hace tiempo que no. De hecho, ahora que me estoy haciendo mayor pienso que no me aportó nada importante, nada duradero. He cambiado, Laurita. Ahora el éxito me importa una mierda. No, no me interesa, ni tampoco integrarme en la sociedad, ni adaptarme por la fuerza a ningún cambio, ni muchas otras cosas que antes me parecían imprescindibles.
—¿Y qué es lo que te interesa ahora?
—¿Qué me interesa ahora? Muy sencillo: disfrutar. ¿Sabes? Estoy aprendiendo a disfrutar. No de mis logros, como antes, que es algo como muy alemán, sino de todo lo que me hace sentir bien con mis semejantes.
—¿Como por ejemplo?
—Como por ejemplo salir a beber y reír con mis amigos, venir al Casablanca a jugar la partida con los colegas, quedar con una chica guapa —me guiñó un ojo— a tomar una caña o lo que se tercie... Cosas así. O encontrarme, como la semana pasada, con Antonio, que se casa el año que viene y a quien no veía desde hacía años, y en lugar de saludarnos sin más, entrar a tomar un ribera a un bar y comprobar que seguimos con el mismo buen rollo de siempre. Es más majo el Antonio. O, yo que sé, ir conduciendo como esta mañana y sorprenderme de que, sin venir a cuento, un taxista me ceda el paso cuando no es su obligación, y saludarnos desde el coche.
—Vamos, que estás nostálgico.
—Puede. Pero me siento genial.
—Y de amores, ¿qué tal andas? Imagino que bien. Conociéndote.
—No te creas. —De repente, se le había ensombrecido el semblante. Por un momento pensé que estaba a punto de hablarme de algo incómodo, pero lo debió de pensar mejor, pues al cabo se recompuso y dijo con total naturalidad—: Pues vaya. Este año me he enrollado con dos chicas, pero las dos, cuando ya empezaba a hacerme ilusiones, a pensar en algo más, me dijeron que tenían novio. Las muy zorras.
—Bueno, hombre, mala suerte. O buena, nunca se sabe. A propósito, ¿tus amigos son esos con los que estabas la otra noche?
—Sí, ¿por?
—Porque, dirás que no es asunto mío, pero, cómo te diría, no sé si te hacen mucho bien.
—Ya. Desde tu punto de vista de felicidad asociada al éxito, es lógico que pienses que no. Pero te repito que lo que me importa es disfrutar con mis semejantes, y mis amigos son unos tíos cojonudos. Todos ellos. Les tengo un cariño de la hostia. A todos. Y ellos a mí.
—¿Y qué hay de lo que dijiste?
—¿Lo que te dije? No sé a qué te refieres.
—Que eras un alcohólico.
—Ah, sí, lo dije. Bueno, tengo que reconocer que no concibo un fin de semana sin salir, ni salir sin beber. Y bebo bastante. Pero por ahora no me preocupa: en casa no bebo y eso es una buena señal, ¿no? Supongo que si le preguntas a mi hígado, o a mi úlcera, no te dirán lo mismo, je, je. Tranquila, ya me ocuparé más adelante. Por ahora esta nueva etapa es más importante.
—Y que en tres años estarías muerto.
—Ya te lo he dicho antes, Laura, estaba borracho. En cualquier caso, tengo treinta y dos años, dentro de tres tendré treinta y cinco y seré todo un señor, y te aseguro que, si sigo vivo (nunca se sabe lo que puede pasar), seré otra persona. Solo estoy poniendo las bases para gustarme a mí mismo.
—Entonces estás bien.
—Perfectamente —respondió, con el mismo tono y mirada de desafío que hubiera utilizado para decir «mejor que tú».
Para entonces yo ya había aceptado que no tenía sentido tratar de hacerle reconducir su vida: era como hablarle a un bonobo de modificar sus hábitos sexuales, y decidí dejar que la conversación siguiera sus propios derroteros. No tardó esta en tomar un tono más distendido y transitar por temas más apacibles, sin duda intrascendentes pero que a mí me resultaron de lo más estimulante, y debo decir que disfruté. También Robbie.
Al salir lo noté inquieto, como si dudara acerca de la conveniencia de confesarme algo. Al final se decidió:
—Por cierto, en cuanto a lo que hablamos antes del macho alfa, te dije muchas veces que dejé de serlo en cuanto te conocí, ¿recuerdas? Quiero que sepas que no te mentí, y tampoco ahora si te digo que no he vuelto a serlo. Desde que te conocí.
—Cómo serás tan cínico —repliqué, conteniendo a duras penas el volumen de mi voz—. Tú mismo reconociste haberme engañado no con una sino con unas cuantas.
—Eso no fue así. Te mentí.
—¿Cómo?
—Sí, para que te vieras forzada a tomar, tú, la decisión de dejarme. Mira, yo veía que lo nuestro no iba, y que cuanto más tardásemos en dejarlo peor nos iría. Yo te quería y veía que no eras feliz, que posiblemente nunca lo serías a mi lado, pero tú no me pedías nada y no tenía forma de ayudarte. Acuérdate la cantidad de veces que te pregunté, y nada. ¡Te costaba tanto hablar, tomar cualquier decisión! Hasta que llegué a la conclusión de que lo mejor sería eso, mentirte, decirte que te había engañado. Sabía que te lo creerías y que acabarías marchándote. Y así fue.
—Me dolió muchísimo que me engañaras —dije en voz baja, al tiempo que valoraba si creerle o no—, no te puedes hacer una idea.
—Y a mí mentirte.
—Pero me vino bien, me hizo abrir los ojos. Yo entonces no sabía lo que quería. Empecé a saberlo cuando me vi sola. Me di cuenta de que si no le pides nada a tu pareja, es que no sabes lo que quieres. Me parece que a Martín, por contra, le pedí demasiado, y también lo dejé.
—Cuidado, porque también exigimos más de la cuenta cuando no sabemos lo que queremos.
—Yo sí lo sé. Y me gustaría que supieras que de verdad soy otra. Ya no soy esa locomotora en la pradera.
—Me alegro —dijo con menos entusiasmo del que yo habría esperado. Aquello me espoleó:
—¿Qué, no me invitas a subir a tu casa?
—No creo que sea buena idea, Laura. —Debí de poner cara de sorpresa, porque se apresuró a añadir—: Es que está hecha una leonera, me da vergüenza. Perdona.
—Bueno, siendo así. Otro día será.
—Otro día —respondió sin convicción.
Nos despedimos con un sentido abrazo. Al poco de separarnos me giré y me quedé mirando cómo cruzaba la calle y desaparecía en el portal. Los vaqueros ya no me parecían nuevos ni la camisa recién planchada. Me imaginé su casa patas arriba y supe que se había puesto lo único decente que tenía; el perfume caro y el apurado de su barba no hacían sino confirmar la impostura. Sentí que había fracasado en mi intento por ayudarle. Me sentí vacía. Me sentí sola. Todavía tenía a la vista el Casablanca, y me acordé del final de la película: Rick se quedaba en tierra, observando cómo el avión despegaba y se llevaba a su Ilsa para siempre. Al menos a él «siempre le quedaría París», y tenía en el capitán un nuevo amigo que le haría compañía en los malos momentos. ¿Qué me quedaba a mí? ¿A quién tenía yo?
Regresé a casa caminando más despacio que de costumbre. La calle era un hervidero de gente a quien, en su inmensa mayoría, no conocería jamás. Atrás dejaba a Roberto, protagonista de un capítulo de mi vida que llegaba a su fin cuando apenas creía haberlo comenzado y cuyo desenlace, por llamarlo de algún modo, no podía ser más decepcionante. Tal vez el tan temido paso del tiempo jugara esta vez en mi favor y el devenir de los capítulos que estaban por llegar me ayudara a verlo de otra manera, cómo saberlo, pero de momento no tenía ninguna fe en lo que pudiera depararme el futuro. En todo caso no sería muy diferente de lo que hasta entonces había aprendido que era la vida: una sucesión de bifurcaciones en cada una de las cuales tú tomas un camino y un ser más o menos querido —a veces más de uno— toma el otro. En ocasiones el tomar caminos divergentes es una decisión consciente de una de las partes, o de las dos, pero en otras no: en otras, es simplemente la vida que os empuja a ti y a la otra parte en direcciones distintas y poco o nada puede hacerse al respecto, como nada puede hacer un tronco ante la fuerza de la corriente, ya atraviese un tramo reposado del río o un rápido previo a la cascada. Además de las bifurcaciones, existen las confluencias: puntos donde puedes tomar el mismo camino que otras personas, conocidas o no. Así, a través de tus decisiones —algunas de ellas libres, la mayoría no tanto— es como se configura tu camino, ese que recorres a lo largo de los años y que define de forma precisa lo que eres. Por eso es que, en general, ya pueden decirte que has equivocado el rumbo, ya pueden alertarte de que al final de la ruta por la que transitas no hay sino un precipicio, ya pueden hablarte de un itinerario mejor, ya pueden querer echarte una mano para que no te pierdas, que es inútil: solo cuando descubras por ti mismo que has tocado fondo reaccionarás, aceptarás que tal vez tenían razón y, si no es demasiado tarde, te plantearás enderezar el rumbo y descubrirás por qué tardaste tanto en intentarlo: es extraordinariamente difícil.

