<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291</id><updated>2012-02-02T10:25:08.630+01:00</updated><category term='birmingham'/><category term='tango'/><category term='dorian gray'/><category term='zapatos'/><category term='wiles'/><category term='tiempo'/><category term='ventana'/><category term='virtud Oscar Wilde'/><category term='pla'/><category term='matemáticas'/><category term='mirada'/><category term='thomas mann'/><category term='domingo'/><category term='recuerdos'/><category term='Glenn Gould alzheimer'/><category term='gusto'/><category term='ryu murakami'/><category term='olfato'/><category term='síndrome stendhal'/><category term='azul casi transparente'/><category term='casarse'/><category term='valladolid'/><category term='compañía'/><category term='humor Chesterton'/><category term='demostración'/><category term='corazón Murakami'/><category term='cara'/><category term='sonrisa'/><category term='q.e.d.'/><category term='libros'/><category term='perhaps love'/><category term='murakami'/><category term='persona'/><category term='bach'/><category term='canas'/><category term='Stefan Zweig'/><category term='vejez'/><category term='kraus'/><category term='murakami tempestad tormenta destino'/><category term='extraños noche sinatra'/><category term='philip roth'/><category term='microrrelato'/><category term='vibot'/><category term='espejo'/><category term='aroma frontera sol Murakami'/><category term='nombre'/><category term='tacto'/><category term='oído'/><category term='Confesiones máscara Mishima'/><category term='hipótesis'/><category term='olvidado'/><category term='modelo'/><category term='cruz'/><category term='perelman'/><category term='Kenzaburo Oé'/><category term='recuerdo'/><category term='John Denver'/><category term='carrión'/><category term='amor'/><category term='fuga'/><category term='laberinto'/><category term='quizás amor'/><category term='culpa'/><category term='perspectiva'/><category term='imagen mariposas estómago raymond carver'/><category term='Hermann Hesse Siddharta'/><category term='color'/><category term='clay'/><category term='niebla'/><category term='riemann'/><category term='soledad'/><category term='cuento navidad qué bello es vivir'/><category term='phillip roth'/><category term='Albert Jacquard mundo finito'/><category term='inexorable'/><category term='cuaderno'/><category term='sentidos'/><category term='realidad'/><category term='sueños'/><category term='arces'/><category term='vista'/><category term='verbena'/><category term='mano de barbero'/><category term='vasija'/><category term='palencia'/><title type='text'>Relatos y reflexiones de madrugada</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>72</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-3250408552995113694</id><published>2012-01-31T19:15:00.003+01:00</published><updated>2012-02-02T10:25:08.645+01:00</updated><title type='text'>Una vieja barca sin remos</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Conservo, grabadas a fuego, tres imágenes de la noche en que volví a encontrarme con Roberto. Estoy convencida de que, de no haber coincidido en el tiempo, no se habrían fijado con tal fuerza en mi memoria: a buen seguro se habrían vuelto imprecisas hasta terminar diluyéndose junto al resto de los acontecimientos de aquella noche, como la estela de un avión a reacción en un límpido cielo azul. Pero se sucedieron una detrás de otra, y así, formando una especie de todo indisoluble, cada imagen ayudó a mantener, si no ampliar, el fulgor de las demás, haciendo palidecer, por el contraste, todo a su alrededor.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Al día siguiente me desperté agitada, tratando en vano de retomar el hilo de un sueño que para entonces se había esfumado&amp;nbsp;ya&amp;nbsp;por completo, pero que me había dejado un regusto amargo, como un vino peleón, acrecentado por su —creía recordar— extraordinario realismo. Cuando por fin abrí los ojos y vi la luz que se colaba por las rendijas de la persiana, me sentí confusa, desorientada, pues no recordaba haberme acostado. ¿Cómo había llegado a mi cama? La respuesta no se hizo esperar. En cuanto me dispuse a levantarme, la cabeza a punto de estallar y una intensa sed me espetaron que después de una noche de fiesta sobreviene una mañana de resaca, algo que, por otra parte, sabía de sobra. Mientras me desnudaba para entrar en la ducha, una de las tres imágenes acudió a mi encuentro, y tras ella las otras dos, trayendo un poco de luz a mi maltrecha memoria.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Una vez bajo el agua, cerré los ojos y me concentré en la que era la primera imagen desde un punto de vista cronológico. En ella se ve, tambaleándose, a un borrachín de unos sesenta años, de pelo grasiento, rostro enjuto, barba de dos semanas y mirada acuosa. Lleva un traje de pana marrón, todo ajado, sin corbata ni chaleco, y una camisa que antaño fue blanca y ahora presenta un color cuando menos indefinido. Está mascullando algo sin duda coherente con el monólogo interior en que se halla, pero de todo punto ininteligible para nadie que no sea él. La gente se ha apartado con gestos de entre miedo y asco, hay incluso quien sonríe nervioso, y el claro abierto a su alrededor permite a una mirada inquisitiva averiguar el motivo: tiene la bragueta bajada, de la que cuelga un pene de considerable tamaño y, con las manos en los bolsillos de su raída chaqueta, ha comenzado a orinar, sin fuerza, sin ganas, sin control alguno sobre sus esfínteres, diríase que sin darse cuenta siquiera.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Esto sucedió delante de nosotras, a escaso metro y medio a nuestra izquierda, y yo, que fui la primera que lo vio al estar a la izquierda de Raquel y Marta, me alejé, como movida por un resorte, hasta situarme a la derecha de esta última, a quien me agarré buscando protección, aunque sin poder apartar la vista de&amp;nbsp;&lt;em&gt;aquello&lt;/em&gt;. Estábamos en la Plaza Mayor, en un concierto de un grupo de rock al que yo no conocía pero que a Raquel le gustaba mucho: «una forma de empezar la noche como cualquier otra, ¿no?», había dicho. En cuanto se perdió el hombre entre la multitud, volvieron a brincar como locas, como si no hubiera sucedido nada.&amp;nbsp;En cambio para mí el concierto había perdido todo interés, de hecho parecía como si hubieran desconectado los altavoces: mi cerebro apenas era capaz de procesar lo que oía. El incidente del borrachín me había dejado mal cuerpo, no conseguía apartar su visión de mí. Me estremecí. De repente sentí frío. Temblando, me abracé para intentar entrar en calor.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Abrí los ojos. A pesar del agua caliente resbalando sobre mi piel, me estremecía de nuevo, y esta vez no podía deberse al frío. Ahora puedo afirmar que&amp;nbsp;&lt;i&gt;tampoco&lt;/i&gt;&amp;nbsp;se debía al frío. Sin embargo, puse el agua a mayor temperatura, hasta que empezó a salir vapor. Me aparté para no quemarme, cerré el grifo y empecé a enjabonarme.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;La segunda imagen tiene como marco el escenario de un bar karaoke. Flanqueados por dos pies de micro, en el centro del escenario aparecen, cantando, dos chicos que rondan la treintena. Al más bajo y rechoncho, en evidente estado de embriaguez, le supone un notable esfuerzo guardar el equilibrio, y mantiene la mirada baja, tal vez melancólico a causa del alcohol, concentrado en el micro, que sostiene con las dos manos. El otro, en apariencia más sobrio, sujeta el micro con una mano y a su amigo con la otra, rodeándolo con el brazo por encima de los hombros, en torno al cuello, al tiempo que lo mira con cariño.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;La idea de ir a un karaoke un sábado por la noche no me seducía lo más mínimo —para mí una noche de fiesta era otra cosa—, y por eso me mostré un tanto reticente al respecto, pero Marta se empeñó. «Al siguiente decides tú —terció Raquel—. Además, lo vamos a pasar bien, ya verás.» Cedí, por supuesto, consciente de que hacía mucho que no quedaba con ellas, razón por la cual aún no me sentía en condiciones de quejarme o exigir. Sin embargo, después de dejar a Martín lo que yo necesitaba era «marcha», por lo que me dije que «el siguiente» sería&amp;nbsp;una discoteca o similar, donde también lo pasaríamos bien. O mejor, a poco. Le di un buen sorbo a la pomada (ginebra con limón) y me sentí mejor. «La noche es joven», me animé. En el escenario los dos chicos cantaban una canción de Nino Bravo, «Un beso y una flor», y el más alto no lo hacía nada mal; el otro bastante tenía con aguantar en pie. Al terminar el estribillo y antes de atacar la segunda estrofa, el alto, con mucho el más guapo de los dos, se separó de su amigo y, señalándole, exclamó: «Un aplauso para Miguel, ¡es su cumpleaños!», cosa que hicimos de buena gana todos los que allí nos encontrábamos. Desde donde estaba sentada, alcancé a notar que el tal Miguel, que no estaba tan borracho como había pensado en un principio, esbozaba una tímida sonrisa: le había gustado el detalle. A quién no. A partir de aquel momento me dediqué a observarlos. Estaban solos, sentados en sendos taburetes junto a la barra, y desde allí disfrutaban con sus copas, mirando, escuchando y animando a los que salían a cantar. El chico alto seguía muy pendiente de Miguel, trataba de animarle, de hacerle reír, de vez en cuando lo conseguía, y pensé que tal vez este había sufrido algún desengaño o ruptura sentimental, al igual yo, o que estaba triste por cualquier otro motivo, y a fe que lo estaba consiguiendo, pues cada vez que salían a cantar —siempre a dúo—, se le veía más suelto. Sentí envidia de él, pues yo no había tenido jamás una amiga así, mucho menos un amigo. Dirigí una breve mirada a Marta y Raquel, que discutían, cancionero en mano, acerca de qué canción elegir en primer lugar, y no, no había color. Cuando vi que el chico alto le revolvía el pelo a Miguel, en un gesto que indicaba mucho más que cariño, caí en la cuenta de que bien podían ser pareja, y de que, como tal, habrían salido a celebrar el cumpleaños, a emborracharse, y sentí lástima de mí misma. A mis treinta y un años, lo único que había buscado con insistencia a lo largo de mi vida era el amor, pero no un amor cualquiera, que de esos sí había tenido, y muchos, sino el amor de verdad, a lo grande, así como de película, y hasta el momento la búsqueda, y por ende mi vida, había resultado un fracaso rotundo. Lo cierto es que no sabía muy bien en qué consistía el amor verdadero —lo cual era a mis ojos la prueba definitiva de que aún no lo había encontrado—, pero debía de parecerse bastante a lo que tenía ante mí: dos personas que salen y se divierten juntas sin necesidad de nadie más, dejando las preocupaciones a un lado, pendientes la una de la otra y convencidas de que se quieren y se necesitan, sin olvidar, por supuesto, todo lo demás, sexo incluido. Apurando la pomada, me acordé de Martín, a quien acababa de dejar porque, aunque me quería y sabía que habría sido un marido excelente, con él no me divertía, y supongo que fue por eso que no llegué a enamorarme de él; de Roberto —¡ay, Robbie!, todavía me dolía acordarme de él—, de quien sí me enamoré y con quien me divertí, vaya si lo hice (hasta el agua de los floreros nos bebíamos), pero que nunca demostró estar lo suficientemente pendiente de mí, hasta que, según él mismo acabó confesando, me engañó con vete a saber cuántas; y de Adrián, mi primer novio formal, que pasados los años resultó ser demasiado pagado de sí mismo como para quererme, mucho menos necesitarme. En definitiva, tres relaciones duraderas —y un sinnúmero de aventuras— y seguía sin encontrar el amor. ¿Y si nunca llegaba a encontrarlo? Cabía la posibilidad, desde luego, y más me valía empezar a mentalizarme, me dije al tiempo que me acercaba a la barra a por otra pomada.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Abrí de nuevo el grifo, el agua casi fría, con la vana esperanza de que la espuma se llevara consigo, si no la resaca, sí al menos el cansancio muscular, y cerré los ojos.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;La tercera imagen es una escena, cual pintura de Goya, de marcado corte costumbrista, que tiene lugar en una calle peatonal, céntrica, a la altura de una conocida discoteca. Iluminados por las luces de neón, tan brillantes que a su lado la luz anaranjada de las dos farolas que iluminan la calle resulta aún más pobre, cinco hombres de diferente edad dirigen la mirada a cierto punto situado sobre la puerta de entrada, de la que se encuentran a unos cuatro metros de distancia. Sujetando cada uno una copa a medio beber y con los ojos brillantes, en algún caso entrecerrados (tal vez entreabiertos) por el alcohol, su aspecto es, en conjunto, lamentable: a la izquierda, en un extremo, y riéndose por lo bajini, un canijo rapado que apenas llega al metro cuarenta y que podría tener tanto veinticuatro años como cuarenta y dos; a su lado, más serio y sin prestar excesiva atención, también de edad indefinida, un gordo que pasa de los ciento sesenta kilos; al otro extremo, un chico joven, alto, delgado y muy guapo, gay sin ningún género de dudas; a su derecha, más mayor, peinado escrupulosamente a raya, con gafas de pasta y jersey de cuello vuelto, y fumando un purito, un&amp;nbsp;&lt;i&gt;friqui&lt;/i&gt;&amp;nbsp;de cuidado; y por último, en el centro, rodeado por tan ilustre compañía, con la copa sujetándose sola sobre su enorme panza, calvo y sin afeitar, ¡Roberto!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Tardé en reconocerle, de tan desmejorado como lo encontré, pero, sobre todo, porque no era posible, no me entraba en la cabeza, que se relacionara con ese tipo de gente. No desde luego el Roberto que yo conocía, una persona que sabía lo que quería y no se detenía ante nada ni nadie por conseguirlo, y que jamás de los jamases se habría dejado ver con semejante fauna a la entrada de una discoteca llena de chicas guapas.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Mientras salía de la ducha y me ponía el albornoz, recordé nuestro primer encuentro, y me di cuenta de que la imagen que guardaba de Roberto le debía mucho a aquella primera impresión. Lo nuestro fue, no puedo decir un amor a primera vista, pero sí un flechazo instantáneo, algo que podríamos calificar de «animal». Ocurrió en un bar de copas, &lt;i&gt;La selva&lt;/i&gt;, a las tantas de la madrugada de una noche de sábado, cuando me dirigía al baño. Un chico alto, de complexión fuerte, se interponía en mi camino. Estaba vuelto de espaldas y, por su anchura, pensé que jugaba al rugby. Le toqué en el brazo&amp;nbsp;—duro como una piedra—&amp;nbsp;para que me dejara pasar, pero cuando se giró nos miramos y ya no quise ir a ningún sitio: de repente, todo parecía haberse detenido a nuestro alrededor. Él, que tenía evidente soltura en ese tipo de situaciones, dijo algo, y yo, que no le andaba a la zaga, contesté adecuadamente, pero, al igual que él, de forma cuasi inconsciente, pues la única conversación que nos interesaba en realidad, y en la que teníamos puesta nuestra atención, era la que manteníamos con la mirada. En general, cuando me aborda un chico en un bar o discoteca, puedo ver en su mirada el indisimulable deseo de acostarse conmigo y en su lenguaje corporal una en general cómica actitud de súplica ante la remota posibilidad de lograrlo; un deseo que, conforme avanza la conversación, decido si es correspondido, en cuyo caso procedo a tomar la iniciativa, o no, lo cual sucede la mayoría de las veces. En cambio, en Roberto («mis amigos me llaman Robbie») no había rastro alguno de súplica, sino una elocuente y firme determinación:&amp;nbsp;&lt;i&gt;iba&lt;/i&gt;&amp;nbsp;a acostarse conmigo, esa misma noche, porque yo era alguien especial y porque yo sentía lo mismo y también lo deseaba. No se equivocaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;A ese primer encuentro le siguieron otros, cada vez más frecuentes, y fue así que, casi sin darnos cuenta, empezamos a salir y a conocernos más en profundidad. Robbie tenía veinticinco años recién cumplidos y era un triunfador: alto, fuerte como un toro, el cuerpo efectivamente cincelado por el rugby pero no en exceso musculado, guapo, con mucha labia y un notable éxito con las chicas («hasta que te conocí a ti», solía decirme), tenía grandes dosis de sentido común, conocimiento de la vida y habilidad para el comercio —era un reputado comercial de una importante empresa de suministros—, lo que, unido a su espíritu de trabajo, le daba para conducir un pequeño deportivo y vivir con holgura, por el momento en alquiler, en un coqueto adosado en las afueras. Además, estaba en esa etapa de la vida en que un joven da sus primeros pasos como adulto, alborozado porque siente que empieza a tomar las riendas de su propia vida y, sobre todo, porque la auténtica vida de adulto, la que comienza al esfumarse la juventud,&lt;span class="Apple-style-span" style="color: red;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;permanece agazapada en un porvenir que se antoja aún lejano, lo que en Robbie no hacía sino acrecentar su sensación de triunfo. «¿Sabes, Laurita? —decía con suficiencia—. Para triunfar en la vida, además de valer, hay que aprender a ganarse a la gente, y para conseguirlo no queda otra que integrarse en la sociedad y saber adaptarse a los cambios.» Estas palabras las repetía con cierta frecuencia, y pronto comprendí que no lo hacía para, apoyándose en mí, convencerse de que estaba en el camino correcto, como llegué a pensar en un principio, sino para hacernos partícipes, a mí y a todo el que pudiera oírlo, de lo orgulloso que se sentía de su forma de ser y vivir. Y es que verdaderamente sabía ganarse a la gente. No era pues de extrañar que fuese un gran vendedor: tenía el don de hacerte creer que su propósito era en realidad el tuyo, y, así, raro era lo que se proponía y no conseguía. Su forma de integrarse en la sociedad era cuidando mucho su aspecto, lo cual incluía su indumentaria —procuraba siempre ir vestido como correspondía a cada ocasión: traje y corbata para trabajar, ropa informal pero a la moda, y atrevida, para después— y, por supuesto, su peinado y afeitado, siguiendo ambos los dictados de las últimas tendencias: ora apurado perfecto, patillas estrechas y largas y pelo corto, ora barba de dos días, patillas anchas y pelo más largo, ora perilla, sin patillas y pelo casi al cero. Muy amigo de sus amigos, un ejemplo de la importancia que le concedía al aspecto físico fue la machacona insistencia al pobre Daniel —de escaso, por no decir nulo, éxito con las chicas— en que modernizara su vestuario y peinado, anclados en la moda de diez, quince años atrás, hasta que lo consiguió, y la satisfacción, compartida a partes iguales, de ver que los frutos no se hacían esperar. Por último, se adaptaba con suma facilidad a los cambios, fueran del tipo que fueran, ya se tratase de los vaivenes de la moda, los de su empresa, que cada poco le encomendaba vender y comprar diferentes gamas de productos, o las últimas novedades tecnológicas, de las que estaba al tanto por motivos de trabajo pero también, y no en menor medida, porque no soportaba la idea de quedarse desfasado.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;En definitiva, era una persona llena de vida y feliz. Aficionado a los documentales de la televisión, que veía hasta que le vencía el sueño, tenía una peculiar teoría acerca de la felicidad: «Dejamos de ser felices a partir del momento en que olvidamos nuestra condición animal y nos creamos necesidades que van mucho más allá de las básicas y que nunca terminamos de cumplir. Los animales solo se ocupan de lo relacionado con su supervivencia: comer, buscar cobijo contra el frío, la lluvia, el sol o los depredadores, y, llegados a una edad, reproducirse. ¿Por qué nosotros creemos que necesitamos más? La felicidad es conformarse con satisfacer estas necesidades y, una vez satisfechas, disfrutar de todo lo que pueda venir a mayores.»&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Enfundada en el albornoz y arrastrando las babuchas que compré en Marrakech, entré en la cocina a prepararme un café cargado: a esa hora, las doce pasadas, era lo único que podría despejarme. Eché agua en la cafetera, llené el filtro con café, ¡qué bien olía!, y puse la cafetera al fuego. Me senté a esperar.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;El Roberto que yo recordaba no tenía nada que ver con el que tenía delante de mí, vestido, un sábado a las tres y media de la madrugada, con una sudadera raída y unos vaqueros gastados por viejos, en compañía de cuatro elementos que parecían sacados de un programa de variedades y con los que era imposible pretender integrarse en la sociedad, y ¡con esa calva y esa barriga! Pero era él, y si tenía alguna duda se disipó en cuanto oí su voz:&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Fijaos, acaba de regresar al campo base.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Los demás rieron. Movida por la curiosidad, miré hacia donde miraban ellos, pero no vi nada que le diera sentido al comentario.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Id entrando, que ahora os busco —les dije a Marta y Raquel, que ya habían entrado, sin saber siquiera si las seguía o no.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Quien sí me había visto y oído era Roberto, que hizo ademán de acercarse y se quedó quieto cuando me vio avanzar hacia él.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Y esas dos? —preguntó al darme dos besos—. ¿Adónde van con esa prisa? ¿A mear?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Qué tal, Robbie. Pues ya lo ves, son así.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Estás guapa, Laurita. Bueno, como siempre. No has cambiado nada.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Gracias. Tú...&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Olvídalo —me cortó—, ya sé que no puedes decir lo mismo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Mira que eres! No iba a decir eso.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Ahí va otra vez! —nos interrumpió entonces el canijo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Venga, a ver si ahora lo consigue —dijo el gordo con voz cansada.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Esta vez inicia la ascensión sin oxígeno —proclamó Roberto con voz grave, provocando las carcajadas de sus amigos.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿De qué habláis? —pregunté, cada vez más intrigada.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—De Miss Oh, mírala —respondió, señalando un punto a la derecha de las luces de neón.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Cómo? —Yo seguía sin entender nada.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Ahí —volvió a señalar—. ¿Ves ese bicho negro de ahí? —Asentí—. Es una iris oratoria, un insecto de la misma familia que la mantis religiosa. Te presento a Miss Oh, la alpinista. No me digas que no has oído hablar de ella. Bueno, el caso es que llevamos media hora viendo cómo intenta escalar esa pared, y en este tiempo ha ascendido más de un metro. El problema es ese cable negro de más arriba, que se le atraganta; hace un poco, cuando ya casi lo había conseguido, se resbaló y cayó hasta donde está ahora, hasta el campo base, je, je.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Venga, señorita de la o, que tú puedes! —gritó el&amp;nbsp;&lt;i&gt;friqui&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Qué pasa, que sin sherpa no sabes? —se mofó a su vez Roberto, para regocijo general.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Yo no veía la gracia por ningún lado, y llevaban así nada menos que ¡media hora! En los cinco o diez minutos que estuve con ellos no dejaron de decir tonterías y reírse por cualquier estupidez —que si tenía mal de altura, que si le habían quitado las cuerdas para el ascenso, que si se había desatado una violenta ventisca por ahí arriba, que si se había extraviado, que si con esto se demostraba que había hecho trampas—, hasta que el pobre insecto se perdió de vista, probablemente oculto entre el cable y la pared, y se acabó la diversión. Ello provocó unos instantes de decepción, de silencio, que aproveché para preguntarle a Roberto por su vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Sin novedad. Estoy borracho, como puedes ver —respondió, luego de un prolongado trago, con la mirada baja, hacia la copa medio vacía, hablando como para sí mismo—. Nada fuera de lo normal en un alcohólico. Aunque, ¡bah!, para lo que me queda. En tres años estaré muerto.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Las risas de sus amigos, o lo que quiera que fuesen, me sentaron fatal. Él pedía ayuda, o eso me parecía a mí: no me costó imaginármelo en un círculo cerrado de sillas en un local de alcohólicos anónimos, y ellos creían que bromeaba. Aquellas risas me recordaron a las que suceden a una caída tonta una vez que se ha comprobado que, a pesar del dolor, no hay consecuencias de gravedad, con la diferencia de que no había caída tonta y de que la gravedad era evidente. Al cabo salió Raquel a buscarme, por lo que apenas pude responder, pero debí de poner cara de preocupación, pues Roberto, poniéndome una mano en la espalda, me dijo:&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Anda, entra con ella. Ya te llamo un día para tomar un café y hablamos.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;El agudo silbido me indicó que ya estaba listo el café. Tomé una taza grande de porcelana y vertí en ella todo el contenido de la cafetera. No eché azúcar ni leche: cuanto más fuerte, mejor. Así la taza con ambas manos y, acercando la nariz hasta casi introducirla en el líquido humeante, aspiré su penetrante aroma.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Lo último que recordaba de aquella noche fue el gintónic que me tomé nada más reunirnos con Marta en la discoteca. Después, mi memoria se sumió en la más negra oscuridad: no recordaba nada más. Como no era la primera vez que me pasaba, aunque quiero precisar que no es algo que me suceda con frecuencia, no me preocupó lo más mínimo: una vez me emborracho, si bien no llego a perder el control de mis actos —al menos hasta el momento nadie me ha dicho nunca que lo haya perdido— y soy consciente en todo momento de lo que hago, mi memoria no lo registra como debería y al día siguiente no consigo recordar nada en absoluto. Esta vez no fue la excepción. Lo que sí recordaba con nitidez eran las palabras pronunciadas por Roberto, que me causaron una honda preocupación: ¿era un alcohólico y le quedaban tres años de vida? No pude sino acordarme del borrachín del concierto. ¿Se convertiría algún día en alguien así? Tal vez debido a mi carácter un tanto melodramático, se me apareció de nuevo el borrachín orinándose encima, pero en esta ocasión su cara no era la de un pobre y desconocido viejo, sino la de Roberto, tan desmejorado como le había encontrado unas horas atrás pero mucho más arrugado y ajado. Esta imagen me resultó familiar, aunque no acerté a dar con el motivo, ¿lo habría soñado? Si tuviera un amigo como el chico alto del karaoke quizá estaría aún a tiempo de encauzar su vida. Aunque, bien pensado, aquellos dos eran más que amigos, y mal iba Roberto a poder encauzar su vida si sus amigos eran los de la puerta de la discoteca. ¿Y si intentaba ayudarle yo? No, yo ya no era nadie y mal haría entrometiéndome. Sentí de nuevo un regusto amargo, debido en esta ocasión, supuse, al café solo y sin azúcar que empezaba por fin a despejarme.&lt;/div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;También había dicho que un día me llamaría para tomar un café, lo cual me extrañó sobremanera: ¿llamarme, Roberto, para tomar un café? Él tenía por norma no quedar para tomar café con ninguna chica («con las tías se queda para otra cosa», se jactaba), ¿por qué conmigo había de hacer una excepción? Además, si necesitaba hablar para desahogarse, ¿en calidad de qué quería que habláramos? Como amiga no podía ser, pues jamás le conocí amiga alguna y, en todo caso, no podía decirse que yo lo fuera. Como ex era bastante más improbable. ¿Entonces? Una idea cruzó rauda por mi mente: ¿y si no quería nada más que...? No, imposible, me dije; no después de tantos años y de todo lo que pasó, ni siquiera se le ocurriría pensarlo. Por el modo en que me puso la mano en la espalda supe que aún me guardaba cariño, y también que me veía fuera de su alcance, y me avergoncé de haber pensado mal de él. Seguramente, concluí, había visto preocupación en mi mirada y quería tranquilizarme. Sí, eso era, quería tranquilizarme. Empero, no contaba con que yo le conocía demasiado bien como para que pudiera engañarme, y si quería hablar me iba a oír, vaya que sí. En cuanto me escuchara, de seguro le haría recapacitar para que retomara la senda de su antigua y feliz vida. La cuestión era qué decirle, no lo tenía claro. Ya se me ocurriría algo a lo largo de la conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Pasé los días siguientes pendiente del teléfono, esperando con impaciencia una llamada que se hacía de rogar. En un principio creí que dicha llamada sería inminente a pesar de la vaguedad de «un día te llamo», pero luego, conforme se sucedieron las semanas sin producirse, no me quedó otra que rendirme a la evidencia: no me telefonearía por mucho que esperara. Aquello me dolió, pues no olvidaba el tono solemne, como de promesa, con que había dicho que me llamaría. Durante aquellas semanas apenas pensé en Martín, y retomé mi vida de soltera sin mayor inquietud que la no llamada de Robbie. Una inquietud, por otro lado, creciente, que cada poco me hacía preguntarme por los motivos que podrían estar moviéndole a obrar de aquel modo. ¿Le habría pasado algo? ¿Le daría vergüenza reconocer su situación? ¿Habría olvidado que me lo había prometido? ¿Habría olvidado que nos habíamos visto? ¿Se habría olvidado de mí?&amp;nbsp;¿Estaría esperando que fuera yo la que le llamara?&amp;nbsp;Peor: ¿estaría demostrándome que pasaba de mí? No llegué a ninguna conclusión. Lo único cierto era que tenía dos alternativas: olvidarme de él hasta que él o el destino quisieran, o ser yo la que diera el paso y marcara su número de teléfono. Esta duda, esperar o dar el paso, me retrotrajo a tiempos pretéritos, en los que Robbie, experto en sacarme de mis casillas, solía dar un paso al costado y me obligaba a mí a decidir qué paso dar a continuación. «Eres como una locomotora en una pradera —me decía—: si te quitan los raíles no sabes caminar.» Y tenía razón, pues hasta que estuvimos juntos yo era una chica que sabía adaptarme muy bien a las distintas circunstancias de la vida y, a mi manera, ser feliz, pero evitaba en la medida en que podía —es decir, casi siempre— adoptar decisiones, tomar las riendas de mi propia vida, a causa de un miedo cerval a equivocarme que me atenazaba. Me pareció que Robbie, con su silencio, volvía a dar un paso al costado y repetía de nuevo esas mismas palabras, que resonaban con nitidez en mi memoria, y me enfurecí con él. ¡Yo había cambiado! De hecho, fue al romper con él, al saber de su engaño, que cambié mi vieja locomotora por un cuatro por cuatro, pues ya no necesitaba de los raíles para sentirme segura, mas él no lo sabía, ¡cómo iba a saberlo! Sentí la imperiosa necesidad de decírselo de alguna manera, así que no esperé ni un minuto más. Ni siquiera reparé en la hora.&lt;br /&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Mediado el quinto tono me disponía, resignada, a colgar, cuando contestó una voz somnolienta.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Quién es?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Hola, Robbie, soy Laura, ¿te pillo en mal momento?&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Laura. Ah. Hola. ¿Mal momento? —Bostezó—. Es la una de la madrugada y mañana curro. ¿Qué quieres?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿La una? —Me sorprendió que fuera tan tarde; recordé que no tenía teléfono fijo y no apagaba el móvil por la noche. En otro tiempo me habría avergonzado y no habría sabido cómo disculparme, pero &lt;i&gt;yo había cambiado&lt;/i&gt;, y me limité a poner voz de arrepentimiento y contestar con despreocupación—: Perdona, no me di cuenta de que era tan tarde, como mañana tengo puente. Mejor te llamo en otro momento. Además, no era importante.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; Suspiró.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Anda, cuéntame. Ya que me has despertado, que por lo menos sirva para algo. ¿O es muy largo?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—No, descuida. Es sólo que me dijiste que me llamarías y no lo has hecho, ¿te acuerdas? Así que he decidido llamarte yo. Para ver cuándo podemos tomar ese café, que se nos está enfriando.&lt;/div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Es verdad, te dije que te llamaría. Vaya la que llevaba aquella noche, ¿eh? Pues —bostezó otra vez—, no sé, mañana es viernes, ¿no? Tengo julepe con los colegas en el&amp;nbsp;&lt;em&gt;Casablanca&lt;/em&gt;, un bar que hay justo enfrente de mi casa. ¿Te viene bien pasarte por allí a las siete y cuarto? Para esa hora ya habremos terminado.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Venga, muy bien, me paso por allí a las siete y cuarto —respondí, olvidando el propósito original de quedar con él, y, tal vez por ello, alborozada como una colegiala ante la primera cita con el chico que le gusta.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Hasta mañana, pues.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Descansa —quise decirle, pero ya había colgado, y supe que esa noche a quien le costaría conciliar el sueño y descansar sería a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Llegué a la cita con quince minutos de adelanto. Como no sabía muy bien con qué ropa presentarme, había optado por algo fácil: una minifalda y una camiseta. En lo que no tuve dudas fue con el perfume: el mismo que cuando le conocí, mi preferido, y que aún usaba en ocasiones especiales. Robbie estaba en una mesa del fondo y me hizo una seña para que le esperara. «Estamos a punto de terminar, no tardo», entendí. Di dos pasos hacia la barra y, tras mirar los anaqueles repletos de botellas, se me antojó un &lt;i&gt;amaretto&lt;/i&gt;, pero no me pareció muy conveniente que Roberto me viera bebiendo alcohol, y en su lugar me pedí un café con hielo. Era la primera vez que entraba en el&amp;nbsp;&lt;i&gt;Casablanca&lt;/i&gt;, por lo que eché un vistazo a mi alrededor. Me sentí como una niña en una tienda de muñecas. El bar estaba decorado a imagen y semejanza del famoso Café de Rick, el de la película, de la que había fotografías por doquier, y, salvo las botellas, todo estaba decorado en tonos blancos y negros, como la propia película, imagino que para reforzar aún más el parecido. No faltaban los grandes arcos de herradura separando las distintas estancias de paredes blanquísimas, las lámparas marroquíes iluminando el lugar con su luz tenue, las sillas con motivos de fantasía, un biombo alto de madera con damasquinado que dejaba semioculta la entrada al cuarto de baño y un pequeño piano vertical en el centro del local, de cuya parte trasera emanaba una música ligera, como de los años cincuenta. «Buen lugar para poner un altavoz», pensé. Al llevarme el vaso a los labios, tuve la sensación de que de un momento a otro entraría Humphrey Bogart con su americana blanca y su pajarita negra, fumando uno de sus cigarrillos de tabaco negro, y, tras pasar junto al piano y echar de menos a &lt;i&gt;Sam&lt;/i&gt;, me saludaría con su media sonrisa y su mirada nostálgica. A punto estuve de atragantarme con el café.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;A esa hora de la tarde, el local estaba casi vacío: de las diez o doce mesas que había, solo dos estaban ocupadas, y en la barra no había nadie aparte del camarero y yo. En una de las mesas Robbie jugaba a las cartas con sus&amp;nbsp;&lt;i&gt;colegas&amp;nbsp;&lt;/i&gt;—en total cinco, todos en la treintena—, y en la otra se sentaban seis ancianos, de los que cuatro jugaban al dominó y los otros dos miraban nada más. Observando una y otra mesa, reparé en que lo único que las diferenciaba era la edad cronológica de los jugadores. Si unos parecían llevar jugando desde que se rodó Casablanca, por lo menos, los otros tenían toda la pinta de seguir idéntico camino. «En tres años estaré muerto», recordé las palabras de Roberto, y fue entonces que lo comprendí todo. Calvo, gordo, a todas luces mermado de facultades físicas —a saber cómo tenía el hígado—, había dejado de ser, utilizando su propio lenguaje, el «macho alfa de la manada», para convertirse en un paria. Era un viejo de treinta y dos años. No me costó ningún esfuerzo ponerme en su lugar e imaginar lo duro que debía de haberle resultado, después de haber triunfado en la vida, después de haber disfrutado a lo grande, después de haberse bebido la juventud a tragos, descubrir que esa juventud, y con ella esa vida, se habían ido para no volver. ¿Y qué le quedaba ahora? Nada salvo matar el tiempo, qué más daba si al final eran tres años o treinta, de la forma que fuera, a poder ser de alguna que le quitara de pensar que sus mejores días no estaban por venir sino que pertenecían al pasado, como por ejemplo beber o jugar. Me miré las manos, me atusé el pelo, me estiré la falda, me revolví inquieta sobre el taburete. Mis manos empezaban a tener minúsculas pero incontables arrugas, mi pelo no tenía la densidad que tuvo, en mis piernas se marcaban, como relámpagos silenciosos, dos pequeñas varices, yo también sobrepasaba los treinta, también por poco, y mi juventud, en fin, también estaba dando sus últimos coletazos. Y sin embargo, me dije, todavía buscaba con insistencia el amor, todavía quería formar una familia, tener hijos, verlos crecer —a diferencia de él, que nunca mostró la menor simpatía al respecto—, y, seguramente por eso, sentía que aún me quedaba toda la vida por delante.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Hola, Laurita —dijo un alegre y afeitado Roberto acercándose hasta mí para besarme—, ya hemos terminado. ¡Qué bien hueles! —Miró su reloj—. Puntualidad británica.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Hola. Pareces contento, ¿has ganado?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —No, pero tampoco he perdido y lo he pasado de puta madre, ¿qué más se puede pedir?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Visto así.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Nos tomamos algo aquí o prefieres ir a otro sitio?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Me ha gustado este bar, ¿nos sentamos? —Le indiqué una mesa apartada.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Venga, va.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Nos sentamos frente a frente, en torno a una pequeña mesa redonda sobre la que el camarero depositó dos cervezas, la mía con limón. Robbie no dejaba de mirarme. A juzgar por su sonrisa, estaba encantado de estar allí, conmigo, y me arrepentí de no haberle llamado antes. Como no podía ser de otra manera, seguía calvo y gordo, pero, contrariamente a lo que esperaba, tenía buen aspecto. A pesar de las ojeras —nunca durmió mucho—, entre que tenía la cara afeitada, los vaqueros nuevos, la camisa planchada y que olía a perfume caro, lo cierto es que parecía otro. Es más, parecía él. Sin embargo, no quise dejarme engañar por las apariencias.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Después de ponernos al día, y como no decía nada al respecto, le pregunté, casi a bocajarro:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Bueno, cuéntame, ¿qué tal estás?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Bien —contestó, moviendo arriba y abajo, muy despacio, la cabeza—. Muy bien, mejor que nunca.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;No esperaba esa respuesta. Me costó reaccionar:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—No me dio esa impresión cuando te vi la otra noche. ¡Me dejaste preocupada!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Aquella noche llevaba una borrachera del quince.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Yo también me agarré una buena. Pero no fue la borrachera lo que me preocupó, sino cómo te vi, y lo que dijiste.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Y cómo me viste?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Ay, pues, no sé, Roberto, muy cambiado. Tanto que me costó reconocerte. Y no para mejor, perdona que te diga.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;No dijo nada. Se limitó a sonreír para sí, como recordando algo de aquella noche que le hacía especial gracia. Cuando levantó la mirada, enarcó los ojos, se encogió de hombros e inspiró con fuerza, todo a un tiempo. «Qué quieres que te diga», venía a significar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Yo recuerdo que antes eras un triunfador —dije ante su silencio—. Eras, según tus propias palabras, el auténtico macho alfa de la manada: un líder, alguien con fuerza, con carisma, que sabía lo que quería y se lanzaba de cabeza a por ello, alguien que se llevaba a todos, y todas, por delante y, lo más importante, alguien feliz. Al menos ese es el recuerdo que tengo de ti. Sin embargo, en el Robbie que vi la otra noche no había nada de esto. Te vi de vuelta de todo, como si todo te diera lo mismo; derrotado, como si no tuvieras nada por lo que luchar; abandonado a los vaivenes de la vida, como si hubieras cambiado tu lancha motora por una vieja barca sin remos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Sé lo que quieres decir —dijo al fin—. Y en parte tienes razón. En parte. Antes, cuando entraba en una discoteca, me sentía el macho alfa de los bonobos. ¿Te llegué a hablar de la vida sexual de los bonobos? Es fascinante. Son, junto a los humanos, los únicos que practican el sexo por placer y los únicos que lo hacen cara a cara, además de que practican todo tipo de actos sexuales. Sí, claro que te llegué a hablar de ello, menuda chapa te di con los documentales, ¿eh? —Sonrió—. Pues sí, durante muchos años enfoqué mi vida hacia el éxito. Y lo conseguí, tú lo sabes. Pero ese éxito que entonces me servía, ya no me sirve, hace tiempo que no. De hecho, ahora que me estoy haciendo mayor pienso que no me aportó nada importante, nada duradero. He cambiado, Laurita. Ahora el éxito me importa una mierda. No, no me interesa, ni tampoco integrarme en la sociedad, ni adaptarme por la fuerza a ningún cambio, ni muchas otras cosas que antes me parecían imprescindibles.&lt;br /&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Y qué es lo que te interesa ahora?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Qué me interesa ahora? Muy sencillo: disfrutar. ¿Sabes? Estoy aprendiendo a disfrutar. No de mis logros, como antes, que es algo como muy alemán, sino de todo lo que me hace sentir bien con mis semejantes.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Como por ejemplo?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Como por ejemplo salir a beber y reír con mis amigos, venir al&amp;nbsp;&lt;i&gt;Casablanca&lt;/i&gt;&amp;nbsp;a jugar la partida con los colegas, quedar con una chica guapa —me guiñó un ojo— a tomar una caña o lo que se tercie... Cosas así. O encontrarme, como la semana pasada, con Antonio, que se casa el año que viene y a quien no veía desde hacía años, y en lugar de saludarnos sin más, entrar a tomar un ribera a un bar y comprobar que seguimos con el mismo buen rollo de siempre. Es más majo el Antonio. O, yo que sé, ir conduciendo como esta mañana y sorprenderme de que, sin venir a cuento, un taxista me ceda el paso cuando no es su obligación, y saludarnos desde el coche.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Vamos, que estás nostálgico.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Puede. Pero me siento genial.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Y de amores, ¿qué tal andas? Imagino que bien. Conociéndote.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—No te creas. —De repente, se le había ensombrecido el semblante. Por un momento pensé que estaba a punto de hablarme de algo incómodo, pero lo debió de pensar mejor, pues al cabo se recompuso y dijo con total naturalidad—: &amp;nbsp;Pues vaya. Este año me he enrollado con dos chicas, pero las dos, cuando ya empezaba a hacerme ilusiones, a pensar en algo más, me dijeron que tenían novio. Las muy zorras.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Bueno, hombre, mala suerte. O buena, nunca se sabe. A propósito, ¿tus amigos son esos con los que estabas la otra noche?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Sí, ¿por?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Porque, dirás que no es asunto mío, pero, cómo te diría, no sé si te hacen mucho bien.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Ya. Desde tu punto de vista de felicidad asociada al éxito, es lógico que pienses que no. Pero te repito que lo que me importa es disfrutar con mis semejantes, y mis amigos son unos tíos cojonudos. Todos ellos. Les tengo un cariño de la hostia. A todos. Y ellos a mí.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Y qué hay de lo que dijiste?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Lo que te dije? No sé a qué te refieres.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Que eras un alcohólico.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Ah, sí, lo dije. Bueno, tengo que reconocer que no concibo un fin de semana sin salir, ni salir sin beber. Y bebo bastante. Pero por ahora no me preocupa: en casa no bebo y eso es una buena señal, ¿no? Supongo que si le preguntas a mi hígado, o a mi úlcera, no te dirán lo mismo, je, je. Tranquila, ya me ocuparé más adelante. Por ahora esta nueva etapa es más importante.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Y que en tres años estarías muerto.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Ya te lo he dicho antes, Laura, estaba borracho. En cualquier caso, tengo treinta y dos años, dentro de tres tendré treinta y cinco y seré todo un señor, y te aseguro que, si sigo vivo (nunca se sabe lo que puede pasar), seré otra persona. Solo estoy poniendo las bases para gustarme a mí mismo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Entonces estás bien.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; —Perfectamente&amp;nbsp;—respondió, con el mismo tono y mirada de desafío que hubiera utilizado para decir&amp;nbsp;«mejor que tú».&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; Para entonces yo ya había aceptado que no tenía sentido tratar de hacerle reconducir su vida: era como hablarle a un bonobo de modificar sus hábitos sexuales, y decidí dejar que la conversación siguiera sus propios derroteros. No tardó esta en tomar un tono más distendido y transitar por temas más apacibles, sin duda intrascendentes pero que a mí me resultaron de lo más estimulante, y debo decir que disfruté. También Robbie.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Al salir lo noté inquieto, como si dudara acerca de la conveniencia de confesarme algo. Al final se decidió:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Por cierto, en cuanto a lo que hablamos antes del macho alfa, te dije muchas veces que dejé de serlo en cuanto te conocí, ¿recuerdas? Quiero que sepas que no te mentí, y tampoco ahora si te digo que no he vuelto a serlo. Desde que te conocí.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Cómo serás tan cínico —repliqué, conteniendo a duras penas el volumen de mi voz—. Tú mismo reconociste haberme engañado no con una sino con unas cuantas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Eso no fue así. Te mentí.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Cómo?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Sí, para que te vieras forzada a tomar, tú, la decisión de dejarme. Mira, yo veía que lo nuestro no iba, y que cuanto más tardásemos en dejarlo peor nos iría. Yo te quería y veía que no eras feliz, que posiblemente nunca lo serías a mi lado, pero tú no me pedías nada y no tenía forma de ayudarte. Acuérdate la cantidad de veces que te pregunté, y nada. ¡Te costaba tanto hablar, tomar cualquier decisión! Hasta que llegué a la conclusión de que lo mejor sería eso, mentirte, decirte que te había engañado. Sabía que te lo creerías y que acabarías marchándote. Y así fue.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Me dolió muchísimo que me engañaras —dije en voz baja, al tiempo que valoraba si creerle o no—, no te puedes hacer una idea.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Y a mí mentirte.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pero me vino bien, me hizo abrir los ojos. Yo entonces no sabía lo que quería. Empecé a saberlo cuando me vi sola. Me di cuenta de que si no le pides nada a tu pareja, es que no sabes lo que quieres. Me parece que a Martín, por contra, le pedí demasiado, y también lo dejé.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Cuidado, porque también exigimos más de la cuenta cuando no sabemos lo que queremos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Yo sí lo sé. Y me gustaría que supieras que de verdad soy otra. Ya no soy esa locomotora en la pradera.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Me alegro —dijo con menos entusiasmo del que yo habría esperado. Aquello me espoleó:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Qué, no me invitas a subir a tu casa?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—No creo que sea buena idea, Laura. —Debí de poner cara de sorpresa, porque se apresuró a añadir—: Es que está hecha una leonera, me da vergüenza. Perdona.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Bueno, siendo así. Otro día será.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Otro día —respondió sin convicción.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Nos despedimos con un sentido abrazo. Al poco de separarnos me giré y me quedé mirando cómo cruzaba la calle y desaparecía en el portal. Los vaqueros ya no me parecían nuevos ni la camisa recién planchada. Me imaginé su casa patas arriba y supe&amp;nbsp;que se había puesto lo único decente que tenía; el perfume caro y el apurado de su barba no hacían sino confirmar la impostura. Sentí que había fracasado en mi intento por ayudarle. Me sentí vacía. Me sentí sola. Todavía tenía a la vista el&amp;nbsp;&lt;i&gt;Casablanca&lt;/i&gt;, y me acordé del final de la película:&amp;nbsp;&lt;i&gt;Rick&lt;/i&gt;&amp;nbsp;se quedaba en tierra, observando cómo el avión despegaba y se llevaba a &lt;i&gt;su&lt;/i&gt;&amp;nbsp;&lt;i&gt;Ilsa&lt;/i&gt;&amp;nbsp;para siempre. Al menos a él «siempre le quedaría París», y tenía en el capitán un nuevo amigo que le haría compañía en los malos momentos. ¿Qué me quedaba a mí? ¿A quién tenía yo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; Regresé a casa caminando más despacio que de costumbre. La calle era un hervidero de gente a quien, en su inmensa mayoría, no conocería jamás. Atrás dejaba a Roberto, protagonista de un capítulo de mi vida que llegaba a su fin cuando apenas creía haberlo comenzado y cuyo desenlace, por llamarlo de algún modo, no podía ser más decepcionante. Tal vez el tan temido paso del tiempo jugara esta vez en mi favor y el devenir de los capítulos que estaban por llegar me ayudara a verlo de otra manera, cómo saberlo, pero de momento no tenía ninguna fe en lo que pudiera depararme el futuro. En todo caso no sería muy diferente de lo que hasta entonces había aprendido que era la vida: una sucesión de bifurcaciones en cada una de las cuales tú tomas un camino y un ser más o menos querido —a veces más de uno— toma el otro. En ocasiones el tomar caminos divergentes es una decisión consciente de una de las partes, o de las dos, pero en otras no: en otras, es simplemente la vida que os empuja a ti y a la otra parte en direcciones distintas y poco o nada puede hacerse al respecto, como nada puede hacer un tronco ante la fuerza de la corriente, ya atraviese un tramo reposado del río o un rápido previo a la cascada. Además de las bifurcaciones, existen las confluencias: puntos donde puedes tomar el mismo camino que otras personas, conocidas o no. Así, a través de tus decisiones —algunas de ellas libres, la mayoría no tanto— es como se configura tu camino, ese que recorres a lo largo de los años y que define de forma precisa lo que eres. Por eso es que, en general, ya pueden decirte que has equivocado el rumbo, ya pueden alertarte de que al final de la ruta por la que transitas no hay sino un precipicio, ya pueden hablarte de un itinerario mejor, ya pueden querer echarte una mano para que no te pierdas, que es inútil: solo cuando descubras por ti mismo que has tocado fondo reaccionarás, aceptarás que tal vez tenían razón y, si no es demasiado tarde, te plantearás enderezar el rumbo y descubrirás por qué tardaste tanto en intentarlo: es extraordinariamente difícil.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;enero 2012&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-3250408552995113694?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/3250408552995113694/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/08/una-vieja-barca-sin-remos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/3250408552995113694'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/3250408552995113694'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/08/una-vieja-barca-sin-remos.html' title='Una vieja barca sin remos'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-2225373325291861124</id><published>2011-10-18T11:01:00.000+02:00</published><updated>2011-10-18T11:01:58.771+02:00</updated><title type='text'>Sólo el amor (Silvio Rodríguez)</title><content type='html'>Debes amar la arcilla que va en tus manos.&lt;br /&gt;Debes amar su arena hasta la locura.&lt;br /&gt;Y si no, no la emprendas que será en vano.&lt;br /&gt;Sólo el amor alumbra lo que perdura.&lt;br /&gt;Sólo el amor convierte en milagro el barro.&lt;br /&gt;Sólo el amor alumbra lo que perdura.&lt;br /&gt;Sólo el amor convierte en milagro el barro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debes amar el tiempo de los intentos.&lt;br /&gt;Debes amar la hora que nunca brilla.&lt;br /&gt;Y si no, no pretendas tocar lo cierto.&lt;br /&gt;Sólo el amor engendra la maravilla.&lt;br /&gt;Sólo el amor consigue encender lo muerto.&lt;br /&gt;Sólo el amor engendra la maravilla.&lt;br /&gt;Sólo el amor consigue encender lo muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Silvio Rodríguez, 1978)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=FQqasc0GYMo"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: blue;"&gt;Escuchar aquí&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: blue;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-2225373325291861124?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/2225373325291861124/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/10/solo-el-amor-silvio-rodriguez.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2225373325291861124'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2225373325291861124'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/10/solo-el-amor-silvio-rodriguez.html' title='Sólo el amor (Silvio Rodríguez)'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-3153870101783014497</id><published>2011-08-22T18:40:00.001+02:00</published><updated>2011-09-30T10:38:04.991+02:00</updated><title type='text'>La tetera celestial, según Bertrand Russell</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Extracto del libro El espejismo de Dios, de Richard Dawkins&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Muchas personas ortodoxas hablan como si pensaran que es asunto de los escépticos refutar los dogmas recibidos en vez de que sean los dogmáticos quienes los prueben. Por supuesto, esto es un error. Si yo fuera a sugerir que entre la Tierra y Marte hay una tetera china girando alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de desmentir mi aserción, dado que yo he tenido cuidado de añadir que la tetera es demasiado pequeña para ser descubierta incluso por uno de nuestros más poderosos telescopios. Pero si luego yo digo que, como mi aserción no puede refutarse, es una presunción intolerable por parte de la razón humana dudar de ello, pensarán de mí, con toda la razón del mundo, que estoy diciendo sinsentidos. Sin embargo, si en los libros antiguos se afirmara la existencia de esa tetera, enseñada como la sacra verdad cada domingo, e instilada en las mentes de los niños en la escuela, la duda a la hora de creer en su existencia se convertiría en una seña de excentricidad y harían que un psiquiatra reconociera al dubitativo en una era ilustrada, o un inquisidor en una anterior. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-3153870101783014497?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/3153870101783014497/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/08/la-tetera-celestial-segun-bertrand.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/3153870101783014497'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/3153870101783014497'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/08/la-tetera-celestial-segun-bertrand.html' title='La tetera celestial, según Bertrand Russell'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-2944271405861188212</id><published>2011-08-12T17:21:00.000+02:00</published><updated>2011-08-12T17:21:59.157+02:00</updated><title type='text'>La ciudad de los gatos, de Haruki Murakami</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Extracto del libro 1Q84, de Haruki Murakami&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como equipaje. No tenía un destino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un lugar que le atraía, se apeaba. Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba, volvía a subirse al tren. Así era como pasaba siempre sus vacaciones.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Desde la ventana del tren se veía un hermoso río serpenteante, a lo largo del cual se extendían elegantes colinas verdes. En la falda de aquellas colinas había un pueblecillo en el que se respiraba un ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquel paisaje lo cautivó. Allí quizá podría probar deliciosos platos a base de trucha de arroyo. Cuando el tren se detuvo en la estación, el joven se apeó con su maleta. Ningún otro pasajero se bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En la estación no había empleados. Debía de ser una estación poco transitada. El joven atravesó el puente de piedra y caminó hasta el pueblo. Estaba completamente en silencio. No se veía a nadie. Todos los comercios tenían las persianas bajadas y en el ayuntamiento no había ni un alma. En la recepción del único hotel del pueblo tampoco había nadie. Llamó al timbre, pero nadie acudió. Parecía un pueblo deshabitado. A lo mejor todos estaban echando la siesta. Pero todavía eran las diez y media de la mañana. Demasiado temprano para echar una siesta. O quizá, por algún motivo, la gente había abandonado el pueblo y se había marchado. En cualquier caso, hasta la mañana del día siguiente no llegaría el próximo tren, así que no le quedaba más remedio que pasar allí la noche. Para matar el tiempo, se paseó por el pueblo sin rumbo fijo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pero en realidad aquél era el pueblo de los gatos. Cuando el sol se ponía, numerosos gatos atravesaban el puente de piedra y acudían a la ciudad. Gatos de diferentes tamaños y diferentes especies. Aunque más grandes que un gato normal, seguían siendo gatos. Sorprendido al ver aquello, el joven subió deprisa al campanario que había en medio del pueblo y se escondió. Como si fuera algo rutinario, los gatos abrieron las persianas de las tiendas, o se sentaron delante de los escritorios del ayuntamiento, y cada un empezó su trabajo. Al cabo de un rato, un grupo aún más numeroso de gatos atravesó el puente y fue a la ciudad. Unos entraban en los comercios y hacían la compra, iban al ayuntamiento y despachaban papeleo burocrático o comían en el restaurante del hotel. Otros bebían cerveza en las tabernas y cantaban alegres canciones gatunas. Unos tocaban el acordeón y otros bailaban al compás. Al poseer visión nocturna, apenas necesitaban luz, pero gracias a que aquella noche la luna llena iluminaba hasta el último rincón del pueblo, el joven pudo observarlo todo desde lo alto del campanario. Cerca del amanecer, los gatos cerraron las tiendas, ultimaron sus respectivos trabajos y ocupaciones y fueron regresando a su lugar de origen atravesando el puente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Al amanecer los gatos ya se habían ido y el pueblo se había quedado desierto de nuevo, entonces el joven bajó, se metió en una cama del hotel y durmió todo cuanto quiso. Cuando le entró hambre, se comió el pan y el pescado que habían sobrado en la cocina del hotel. Luego, cuando a su alrededor todo empezó a oscurecer, volvió a esconderse en lo alto del campanario y observó hasta el albor el comportamiento de los gatos. El tren paraba en la estación antes del mediodía y antes del atardecer. Si se subía en el de la mañana, podría continuar su viaje, y si se subía en el de la tarde, podría regresar al lugar del que procedía. Ningún pasajero se apeaba ni nadie cogía el tren en aquella estación. Y sin embargo el ferrocarril siempre se detenía cumplidamente y partía un minuto después. Por lo tanto, si así lo deseara, podría subirse al tren y abandonar el pueblo de los gatos en cualquier momento. Pero no quiso .Era joven, sentía una profunda curiosidad y estaba lleno de ambición y de ganas de vivir aventuras. Deseaba seguir observando aquel enigmático pueblo de los gatos. Quería saber, si era posible, desde cuándo habían ocupado los gatos aquel pueblo, cómo funcionaba el pueblo y qué demonios hacían allí aquellos animales. Nadie más, aparte de él, debía de haber sido testigo de aquel misterioso espectáculo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A la tercera noche, se armó cierto revuelo en la plaza que había bajo el campanario.&amp;nbsp;«¿Qué es eso? ¿No os huele a humano?», soltó uno de los gatos.&amp;nbsp;«Pues ahora que lo dices, últimamente tengo la impresión de que huele raro», asintió olfateando uno de ellos.&amp;nbsp;«La verdad es que yo también lo he notado», añadió otro.&amp;nbsp;«¡Qué raro! Porque no creo que haya venido ningún ser humano», comentó otro de los gatos.&amp;nbsp;«Sí, tienes razón. No es posible que un humano haya entrado en el pueblo de los gatos.»&amp;nbsp;«Pero no cabe duda de que huele a uno de ellos.»&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los gatos formaron varios grupos e inspeccionaron hasta el último rincón del pueblo, como una patrulla vecinal. Cuando se lo toman en serio, los gatos tienen un olfato excelente. No tardaron mucho en darse cuenta de que el olor procedía de lo alto del campanario. El joven oía cómo sus blandas patas subían ágilmente por las escaleras del campanario.&amp;nbsp;«¡Esto es el fin!», pensó. Los gatos parecían muy excitados y enfadados por el olor a humano. Tenían las uñas grandes y aguzadas y los dientes blancos y afilados. Además, aquél era un pueblo en el que los seres humanos no debían adentrarse. No sabía que suerte le esperaría cuando lo encontraran, pero no creía que fueran a permitirle irse de allí habiendo descubierto el secreto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tres de los gatos subieron hasta el campanario y se pusieron a olfatear.&amp;nbsp;«¡Qué extraño!», dijo uno sacudiendo sus largos bigotes.&amp;nbsp;«Aunque huele a humano, no hay nadie.»&amp;nbsp;«¡Sí que es raro!», comentó otro.&amp;nbsp;«En todo caso, aquí no hay nadie. Busquemos en otra parte.»&amp;nbsp;«¡Esto es de locos!»&amp;nbsp;Movieron extrañados la cabeza y se fueron. Los gatos bajaron las escaleras sin hacer ruido y se esfumaron en medio de la oscuridad nocturna. El joven soltó un suspiro de alivio; a él también le parecía de locos. Los gastos y él habían estado literalmente a un palmo de distancia en un lugar angosto. No habría podido escapárseles. Y sin embargo, parecían no haberlo visto. El joven examinó sus manos.&amp;nbsp;«Las estoy viendo. No me he vuelto invisible. ¡Qué raro! En cualquier caso, por la mañana iré a la estación y me marcharé de este pueblo en el primer tren. Quedarme aquí es demasiado peligroso. La suerte no puede durar siempre.»&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pero al día siguiente, el tren de la mañana no se detuvo en la estación. Pasó delante de sus ojos sin disminuir siquiera la velocidad. Lo mismo ocurrió con el tren de la tarde. Se veía al conductor en su asiento y los rostros de los pasajeros al lado de las ventanillas. Pero el tren no dio señales de que fuera a pararse. Era como si la silueta del joven que esperaba el tren no se reflejara en los ojos de la gente. O como si fuera la estación la que no se reflejara. Cuando el tren de la tarde desapareció a lo lejos, a su alrededor se hizo un silencio absoluto, como nunca antes había sentido. Entonces, el sol empezó a ponerse.&amp;nbsp;«Va siendo hora de que los gatos aparezcan.»&amp;nbsp;El joven supo que se había perdido.&amp;nbsp;«Éste no es el pueblo de los gatos», se dio cuenta al fin. Aquél era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-2944271405861188212?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/2944271405861188212/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/08/la-ciudad-de-los-gatos-de-haruki.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2944271405861188212'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2944271405861188212'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/08/la-ciudad-de-los-gatos-de-haruki.html' title='La ciudad de los gatos, de Haruki Murakami'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-8436117532241879075</id><published>2011-06-29T13:04:00.004+02:00</published><updated>2011-07-07T10:18:55.595+02:00</updated><title type='text'>Sale el sol, de nuevo</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;i&gt;A lo único que tenemos que temer&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;es al miedo por sí mismo.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;i&gt;Franklin Delano Roosevelt&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;1. Tan joven&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Aquel llanto era nuevo, y de una naturaleza tal que en un principio desconcertó, y después asustó, a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta.&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;Llevaba vigilando con atención las evoluciones de su hijo desde que nació, hacía ya casi año y medio, y creía haber aprendido a reconocer el motivo concreto por el que lloraba en cada momento. Habitualmente le bastaba con el tono y la intensidad del llanto, si bien en ocasiones precisaba, además, de una rápida exploración. Así, cuando David lloraba, sabía si lo hacía porque tenía hambre o sueño, porque le dolían los dientes, los oídos o la tripa por gases, porque se había caído o asustado, porque había que cambiarle los pañales, o bien, simplemente, porque pedía que le hicieran caso. Sin embargo, aquel llanto era distinto, de otra índole que le resultaba por completo ajena: el tono y la intensidad indicaban verdadero pánico, pues, más que llorar, gritaba como un conejo asustado, o, peor, como un cerdo al que estuvieran degollando, pero, ¿pánico a qué?, ¿qué podría estar pasando? Con el corazón en un puño, se acercó a toda prisa a su cunita, que ya empezaba a resultarle pequeña, y observó, atónita, que David estaba ¡dormido! Continuaba llorando, o más bien dando alaridos, despavorido, revolviéndose ligeramente, a todas luces agitado, pero no había duda: dormía. ¿Acaso estaba soñando? Todo parecía indicar que sí, pero, ¿qué demonios, y nunca mejor dicho, podía soñar un crío de apenas año y medio que le hiciera sufrir de esa manera? Sin saber muy bien lo que hacía, lo tomó en brazos y lo acunó, «¿qué te pasa, mi niño?», hasta que lo despertó. A partir de ese momento, los ojos abiertos de par en par, pareció relajarse algo, su respiración se tornó más normal y Marta&amp;nbsp;suspiró aliviada. Sin embargo, no dio muestras de reconocerla ni de saber dónde se encontraba: estaba como desorientado, confundido. «Tranquilo, mi cielo, soy mamá», le dijo con ternura, y entonó los primeros compases de una nana. Transcurridos unos minutos, cuando el prolongado estado de confusión de su hijo empezaba a preocuparla, David volvió en sí y sonrió al fin, «mamá», balbució, ya tranquilo, instantes antes de quedarse nuevamente dormido. Conteniendo la respiración, lo dejó en la cuna, lo tapó con una pequeña toquilla de color azul pastel y salió de puntillas del dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El reloj del salón dio las diez de la noche, y Miguel, que a mediodía, desde Coruña, le había prometido estar de regreso como muy tarde a las ocho, no había llegado aún. «¿Dónde estará este hombre?», se preguntó. Le llamó al móvil, para oír que su teléfono seguía apagado o fuera de cobertura. «Cuando vuelva me va a oír, que no es la primera vez que llega más tarde de lo que dice, y ya está bien de tenerme con el alma en un puño». Sabía que no ganaba nada con ello, pero llamó otra vez, y otra, y otra, con idéntico resultado, si bien cortaba la comunicación en cuanto oía a la chica del contestador. «Porque no le habrá pasado nada, ¿verdad? A estas horas tiene que estar llegando o de camino, por lo que el problema no es que esté sin cobertura, ya que lleva así desde que le llamé a las ocho y media. No, lo que pasa es que tiene el teléfono apagado o sin batería, que ya le ha pasado más veces; por eso le compré un cargador para el coche. Pero entonces no lo puede tener sin batería, porque lo cargaría, así que está apagado. Y, si lo tiene apagado, ¿por qué no lo enciende, si sabe que estoy esperándole? Ay, dios, ¿y si le ha pasado algo? Puede haber tenido un accidente por la carretera, pero me habrían avisado, ¿verdad? Primero lo de David, y ahora esto, ¿es que no voy a ganar para sustos? Cuando llegue me va a oír, vaya que sí». Todo esto y mucho más le pasó&amp;nbsp;por la cabeza&amp;nbsp;a Marta, que a las diez y cuarto era un manojo de nervios que empezaba a desvariar imaginando las más disparatadas explicaciones a la demora de su marido: secuestrado en una lancha por traficantes de cocaína, herido de bala en un ajuste de cuentas entre dos bandas callejeras, ingresado en la uci a causa de un infarto agudo de miocardio... No es pues de extrañar que, cuando finalmente oyó una llave accionando la cerradura y, acto seguido, vio a Miguel hacer su aparición en el zaguán, se quedara paralizada por la sorpresa y sin saber muy bien cómo reaccionar.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ya estoy en casa, cariño —dijo en voz baja al verla, al tiempo que cerraba la puerta. Su voz denotaba un cansancio no exento de alivio.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando se aproximó a ella, su primer impulso fue lanzarse a sus brazos, buscar su calor. Lo necesitaba. Pero no lo hizo: la enfureció verlo tan tranquilo, como si nada hubiera pasado, como si nada más se hubiera retrasado diez minutos al bajar a comprar el pan y no dos horas y media después de tres días fuera de casa, y, sobre todo, sin dar muestra alguna de arrepentimiento o comprensión ante su preocupación.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Dónde estabas —le preguntó con voz seca, sin entonación, ofreciéndole la mejilla derecha, que él besó sin dudar.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué tal la tarde, Marta?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Por qué tienes el teléfono apagado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué pasa, estás enfadada? —enarcó las cejas y la miró fijamente, sorprendido.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tú qué crees.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Por qué, por la hora? He salido tarde porque he tenido que esperar a Revilla, un urólogo que estaba terminando una operación, y se ha retrasado, no ha sido culpa mía.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y por qué tienes el teléfono apagado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Que lo tengo apagado? No, está encendido, mira... —Sacó el móvil del bolsillo interior de su americana—. Anda, pues es verdad, tienes razón. —Sacudió la cabeza con incredulidad mientras lo encendía—. No sé, lo apagaría después de hablar contigo, sin querer, y luego no me di cuenta de encenderlo. Perdona.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y por qué no me has llamado para decir que llegabas más tarde? —preguntó&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;recuperando la entonación habitual: de pronto no le importaba tanto quejarse como conocer la respuesta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Joder,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;, no lo sé, se me olvidó —la interrumpió Miguel, que sí parecía haber captado el matiz.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Te habrías dado cuenta de que tenías el teléfono apagado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —He estado trabajando mucho y no he podido estar a todo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tras una brevísima pausa, en la que ambos procesaron lo que había dicho el otro, puesto que habían hablado prácticamente a la vez,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;prosiguió:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pero mientras volvías ya no trabajabas.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es verdad.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y no se trata de estar a todo, sino simplemente pensar que yo estaría preocupada.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Estabas preocupada? ¿Por qué? —preguntó Miguel con cara de extrañeza.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues sí, pensé que te podía haber pasado algo. Como no llegabas. No te imaginas la de cosas que he llegado a imaginar. Qué tonta. —Al ver que él esbozaba una leve sonrisa, elevó el tono—: Pero la culpa es tuya, Miguel, ¡tenías que haberme llamado! No sé cómo me sigo preocupando por ti, no te lo mereces. Tú ni siquiera te acuerdas de que tienes una mujer y un hijo en casa, se ve que te importamos una mierda —sollozó.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Venga, mujer, no llores —la abrazó por detrás, ya que se había girado, la cabeza baja, y la besó en el pelo; ella no opuso resistencia—, y no digas eso, que no es verdad, claro que me importáis, y mucho. Perdóname, ¿vale? Tienes razón, tenía que haberte llamado. —Despacio,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;asintió en silencio, sorbió la nariz y se relajó un tanto—. Por cierto, ¿qué tal David? ¿qué tal ha pasado el día?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Mal —repuso sollozando de nuevo —, no sé qué le pasa pero no está bien.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Miguel tomó aire.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Cómo que no está bien, Marta? ¿Qué le pasa?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ahora está dormido y tranquilo, pero antes ha llorado de una forma muy rara.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Antes, cuándo? ¿Cómo de rara?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Hacia las nueve. Estaba dormido, y de repente empezó a gritar como si estuviera muerto de miedo, parecía un cochino en plena matanza.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡Bueno, qué exagerada! Si dices que estaba dormido, imagino que sería una pesadilla, ¿no?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No exagero, si hubieras estado en casa lo habrías visto con tus propios ojos. Yo también pensé que era una pesadilla, hasta que le desperté y vi que no me reconocía. Tardó tanto en reaccionar que no sé qué pensar. Aunque te digo una cosa: no me extrañaría que todo sea que echa de menos a un padre en condiciones. Si es que casi no te conoce, vergüenza debía darte.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No empieces. Mañana lo llevamos al pediatra y que nos diga, ¿te parece?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y no podrías llamar hoy a alguien?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Cariño, es muy tarde. Mejor mañana.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Supongo que tienes razón.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y hambre. Vamos a cenar algo, venga, que me da que no has cenado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, vamos.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Al día siguiente acudieron a la consulta de Sánchez Marcos, el pediatra que llevaba el seguimiento de David y que, según Miguel, «tenía apellidos de árbitro de fútbol». Como era costumbre, fue su mujer la encargada de salir a recibirlos y conducirlos al despacho donde él los estaba aguardando. Olía a perfume caro. Después de levantarse brevemente a estrecharles la mano, se sentó, sacó una hoja blanca con membrete y, tomando una estilográfica de oro, escribió en su parte superior la fecha y el nombre y apellidos de David.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;no acababa de explicarse el sentido del membrete: ¿para qué, si luego iba a archivar la hoja con las demás que formaban la historia, y que nadie aparte de él había de consultar? «La verdad es que una hoja con membrete tiene su aquel», se dijo a sí misma, comprendiendo que todo en el despacho estaba dispuesto para impresionar. Tras preguntarles el motivo de su visita, lo anotó con calma y se levantó para medir, pesar y examinar al niño con detenimiento —ojos, oídos, dientes, cuello, espalda, abdomen, testículos, brazos y piernas—, lo que acrecentó la buena opinión que ya tenía Marta de él. «Tendrá apellidos de árbitro, pero salta a la vista que es muy competente», pensó. A continuación, volvió a su enorme sillón de cuero negro para, inclinándose sobre la hoja con membrete, realizar las anotaciones que estimó pertinentes, con una parsimonia que a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;se le antojó exasperante, a pesar de lo cual lo escrito no parecía otra cosa que una sucesión de garabatos, en esa letra propia de los médicos, indescifrable en ocasiones hasta para ellos mismos. Cuando por fin terminó, se quitó las gafas, las dejó con afectación sobre la mesa y, mirándolos alternativamente, dictaminó:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —A David no le sucede nada extraño. La exploración es perfectamente normal. Por lo que me cuentan, el crío ha tenido un episodio de terror nocturno, que no es un sueño como tal sino una reacción repentina de angustia que tiene lugar durante la transición de sueño profundo no rem a la fase rem. No sabemos por qué sucede, si bien todo indica que su sistema nervioso central, que regula los estados de sueño y vigilia, está madurando todavía, por lo que puede que tenga más episodios similares hasta que madure del todo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Hay algo que podamos hacer, doctor? —preguntó Miguel, que hasta entonces había permanecido callado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Yo les recomiendo que se lo tomen con calma —negó—, que procuren que esté tranquilo y que mantengan una rutina a la hora de acostarlo. Ah, y que no lo despierten, es preferible que se le pase solo —a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;le pareció que Miguel, de reojo, le decía «tenlo en cuenta», y respiró fuerte, indignada, para calmarse—. ¿Alguno de ustedes padeció de niño episodios de sonambulismo? ¿No? Es extraño, porque suele guardar relación. Lo que me sorprende es su edad: en treinta años de profesión, jamás había tratado de terrores nocturnos a alguien tan joven. Pero, en fin —añadió encogiéndose de hombros—, estas cosas pasan.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Doctor, esa angustia de la que habla, ¿podría ser miedo al abandono? —preguntó&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Podría —&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;dirigió una mirada cargada de intención a Miguel, pero éste tenía la mirada fija en su hijo—, ya le digo que las causas no están muy claras, pero no lo creo: si ya es muy joven para un terror nocturno, que es una reacción física, imagínense para una emoción más elaborada. Verán, a lo largo de nuestra vida todos tenemos que aprender a convivir con el miedo, y a David en cierto sentido le toca ahora por primera vez. Dejémosle que aprenda a gestionarlo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;2. Toda una vida&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A sus setenta y tres años, plantado frente al espejo mientras terminaba de ajustarse el nudo de la corbata, Eugenio estaba emocionado como un adolescente dispuesto a ir al baile de graduación con su primera novia. No podía peinarse un tupé, no tenía una figura estilizada, no disponía de un imponente&amp;nbsp;&lt;i&gt;chevrolet del cincuenta y dos&lt;/i&gt;&amp;nbsp;con el que pasar a recoger a su chica, ella no aparecería con un vestido vaporoso, corto y con mucho vuelo, no bailarían&amp;nbsp;&lt;i&gt;swing&amp;nbsp;&lt;/i&gt;o&amp;nbsp;&lt;i&gt;rock and roll&lt;/i&gt;&amp;nbsp;juntos por primera vez al son de una gran orquesta, y, en un determinado momento, no se escabullirían al frescor de la noche para, fuera del alcance de miradas indiscretas, besarse, explorarse, despertar a la vida. No, definitivamente no sería el protagonista de una de tantas películas norteamericanas ambientadas en los años cincuenta que había visto en alguna ocasión, sino mucho más. Protagonizaría, de nuevo, como venía haciendo los últimos cincuenta años, desde que conoció a Adela, su propia película.&amp;nbsp;Una película como ninguna otra, pues había sido, y aún lo era, real&amp;nbsp;como solo puede serlo&amp;nbsp;la propia vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;El nudo, como siempre que le temblaban los dedos, se le resistió, hasta que llegó a un punto en el que fue consciente que no conseguiría mejorarlo, y se resignó, antes de seguir y arriesgarse a arrugar la corbata de forma irremediable. A continuación, se atusó con un peine minúsculo el escaso pelo que aún conservaba en los laterales de su cabeza y, tras dirigir una última mirada al espejo y comprobar que la imagen que éste le devolvía era aceptable a pesar de la cada vez mayor prominencia de su nariz, salió del cuarto de baño.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando entró en el salón, Adela estaba colgando el auricular del teléfono.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Llegamos tarde —la apremió—. ¿Quién era?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ya estoy —dijo ella incorporándose con cierta dificultad que a Eugenio no le pasó desapercibida—. Era tu hijo. Llamaba para contar que ayer fueron al pediatra.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Le pasa algo al niño? —de los cinco nietos que tenían,&amp;nbsp;&lt;i&gt;el niño&lt;/i&gt;&amp;nbsp;era el único varón, y por ende el preferido de Eugenio —. Hueles bien.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Adulador. Vamos, te cuento por el camino. ¿Tomaste la medicación? —le preguntó al tiempo que lo empujaba fuera de casa.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, pesada. ¿Qué le pasa al niño?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Resulta que tiene terrores nocturnos. El pediatra les ha dicho que no hay que preocuparse, que se le pasará solo. Y que así aprenderá a superar el miedo. Les ha preguntado si de pequeños fueron funámbulos, Miguel o&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;, y ya le dijeron que no: ninguno de los dos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sonámbulos.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Eso, sonámbulos, ja, ja.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Miguel no lo fue? ¿Y por qué lo llevamos al médico si no?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Esa memoria, Eugenio. Que yo confundiré las palabras pero tú... No, no fue sonámbulo. Tuvo problemas para dormirse, nada más.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ea, eso es. Sonámbulo fui yo.&amp;nbsp;Mi madre me lo dijo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y eso?&amp;nbsp;¿Cómo no me lo habías contado nunca? Ten cuidado, que viene un coche.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es un paso de cebra. No sé, no habrá habido ocasión. Me pusieron a trabajar a los siete años, con mi padre. «Menos trabajar y más comer», dijo el médico. Y se me pasó. ¿Deberíamos decírselo?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿A quién, a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;? ¿Para qué? No, fíjate que a mí me parece que ella tiene algo que ver en todo esto: es demasiado aprensiva, siempre con el ayayay. No me extrañaría que le hubiese contagiado algún miedo al niño.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pobre mujer, según tú tiene la culpa de todo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Me dirás que no.&amp;nbsp;A&amp;nbsp;ver si a ti ahora&amp;nbsp;te gusta.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ni sí ni no, es muy miedosa y ya sabes lo que opino del miedo, pero si Miguel está con ella será porque es parecido. Ojalá espabilara...&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y la dejara? Eso no lo digas ni en broma, Eugenio.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —O se buscara a otra, aunque ni para eso tiene cojones tu hijo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡Esa lengua! A ver si ahora va a resultar que la hombría se demuestra huyendo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tu hijo de ninguna manera. Ni siquiera sabe lo que es. ¡Bah!&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Hay que ver qué mal genio tienes a veces. Luego te quejas de que tus hijos no te tienen confianza. Anda&amp;nbsp;—dijo Adela, agarrándose con fuerza a su brazo—, cuéntame otra vez lo que piensas sobre el miedo, que me gusta oírtelo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;«Y a mí que te aprietes así contra mí», pensó Eugenio, tardando un rato en contestar. Lo hizo cuando ella le animó.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Venga, cuéntamelo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Y Eugenio relató a su mujer por enésima vez sus reflexiones sobre el miedo. Le contó que el miedo y la felicidad eran como el agua y el aceite, y que él recordaba haber pasado mucho miedo. A la oscuridad que había en el pueblo, en plena posguerra, sin alumbrado eléctrico. A los ratones que correteaban alrededor del viejo jergón de lana, en el ático, adonde lo mandaban a dormir sus padres. Al frío que entraba por el desvencijado ventanuco del ático. A tardar mucho en conciliar el sueño, tapado hasta los ojos con una manta llena de mugre. A la polio. A la mili. A que lo expulsaran de la fábrica. A que les pasara algo, a Adela y él o a los niños. Y, así, a tantas y tantas cosas, hasta que entendió que la felicidad consistía en despojarse de los miedos y disfrutar cada momento como si fuera el último. Se dio cuenta de que podía, y lo hizo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Ahora ya no tengo miedo a nada, ni siquiera a la flaca&amp;nbsp;—terminó.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿A nada?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —A nada.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y eres feliz?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Eugenio no contestó. Se limitó a mirarla, sonrió y apretó, lo que pudo, el paso.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No tardaron en llegar al centro de mayores, el único lugar relativamente cercano donde en aquella ocasión había algo parecido a una verbena (cada vez se hacía más difícil encontrar una, y eso que estaban a mediados de junio). La música se oía desde la calle: un pasodoble. Se trataba de&amp;nbsp;&lt;i&gt;Suspiros de España&lt;/i&gt;, a Eugenio no le cabía la menor duda, ¡cuántas veces no lo habría bailado con Adela! Esta vez no llegaban a tiempo,&amp;nbsp;pero ya habría otros, pensó.&amp;nbsp;«Será por pasodobles». Con la emoción ya había olvidado que su salud no era lo que fue, mucho menos la de Adela,&amp;nbsp;y que sus piernas sólo le permitirían bailar uno o dos pasodobles y algún bolero.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; En cuanto entraron al salón donde se desarrollaba el baile, la armonía de los instrumentos de viento y percusión, resonando con fuerza en los enormes altavoces de un potente equipo de sonido, lo transportó al instante a otro tiempo, cada vez más difuminado en su memoria, pero que en ocasiones como aquella se le presentaba con una nitidez&amp;nbsp;inusitada.&amp;nbsp;Era un tiempo, cincuenta años atrás, en el que todo tenía otro sabor: más auténtico, más fresco, o tal vez únicamente más suyo, no en vano era al cual hacía referencia siempre que decía «mi época». Durante unos minutos, disfrutó quedándose quieto&amp;nbsp;en un extremo de la sala, callado, ensimismado, observándolo todo, empapándose de esa agua fresca, como de botijo, traída de un remoto pasado. Adela, mientras, se hizo a un lado y procuró entablar conversación con algún conocido.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Era un tiempo&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;más auténtico&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;—&lt;span class="Apple-style-span"&gt;cavilaba Eugenio&lt;/span&gt;—&amp;nbsp;porque era pródigo en carencias y privaciones, razón por la cual había una mayor consciencia de las propias limitaciones y, por esto mismo, se valoraba&amp;nbsp;en su justa medida&amp;nbsp;aquello de lo que se disponía. Además, es sabido que el hambre agudiza el ingenio, y la música no era una excepción: la falta de orquestas sinfónicas se suplía, sobre todo en las zonas rurales como su pueblo, con bandas de música, ya fueran municipales, militares o sinfónicas, para las que se transcribían obras propias de las orquestas sinfónicas. Estas bandas tocaban, ¡y de qué manera!, en las principales diversiones de aquel entonces, que no eran otras, fiestas patronales al margen, que los desfiles, los toros y, por supuesto, el baile. Entre su repertorio figuraba, como no podía ser de otra manera, el pasodoble. Eugenio había escuchado muchos, pero si algo tenía claro era que ninguno como los taurinos, tanto a nivel musical como de baile.&amp;nbsp;&lt;i&gt;El gato montés&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;La gracia de Dios&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;España cañí&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;Francisco alegre&lt;/i&gt;, la lista era interminable. En sus años mozos había llegado a aprender pasos específicos para cada uno de ellos, siempre con la pose del torero en el ruedo, y las chicas se lo rifaban a la hora de bailar. Ahora ya no había bandas como antes, ni casi orquestas, y los pasodobles, si se oían, eran enlatados y, por muy bueno que fuese el equipo de sonido,&amp;nbsp;ya no eran lo mismo; nada lo era.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;A continuación, empezó a sonar&amp;nbsp;&lt;i&gt;La cumparsita&lt;/i&gt;&amp;nbsp;en versión instrumental, sin duda más adecuada para bailarla, pero a ningún nivel comparable, en su opinión, a la cantada por el gran Gardel, en la que la melodía de la versión instrumental se convertía en el acompañamiento.&amp;nbsp;&lt;i&gt;«&lt;/i&gt;&lt;i&gt;Si supieras que aún dentro de mi alma conservo aquel cariño que tuve para ti; quién sabe si supieras que nunca te he olvidado, volviendo a tu pasado te acordarás de mí&lt;/i&gt;&lt;i&gt;».&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;&amp;nbsp;Así rezaba la letra, con la que se sentía de pronto identificado. Nunca supo bailar tango, le parecía demasiado complicado, pero sí había escuchado, y memorizado, muchos.&amp;nbsp;&lt;i&gt;Madreselva&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;Volver&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Adiós muchachos&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;La cieguita&lt;/i&gt;... Mientras resonaban los ecos del bandoneón, buscó una silla en la que sentarse, pues la cabeza empezaba a darle vueltas.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;i&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Sí, en su época las chicas se lo rifaban, y él se dejaba querer, le hacía sentir vivo, pero si algo tenía claro era que no se encadenaría a nadie como Manolín, obligado a casarse con una infeliz a la que había dejado embarazada. Así, procuró siempre no dar pasos que pudieran comprometerlo más de la cuenta, lo cual le generó no pocos comentarios a su alrededor. Era joven, tenía toda la vida por delante, iba a comerse el mundo, se sentía feliz de estar solo. Ya habría tiempo de conocer a&amp;nbsp;&lt;i&gt;alguien&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;El tango dio paso a un bolero, pues así lo indicaban el contrabajo y las maracas que acompañaban al violín, pero sin letra no distinguía de cuál se trataba. Una mujer menuda se le acercó, sonriendo, haciendo un gesto con los brazos:&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Baila?&amp;nbsp;—le preguntó.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Perdone, no puedo. Estoy esperando a alguien&amp;nbsp;—respondió Eugenio mirando a su alrededor. Se levantó.&amp;nbsp;«¿Dónde se habrá metido esta mujer?»&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Ante la negativa, la mujer se dio la vuelta y se alejó en busca de una pareja con quien bailar.&amp;nbsp;Recordó&amp;nbsp;una calurosa noche de junio en que conoció a una chica distinta a todas las demás. Lo supo desde el primer instante que la vio. Se habían mirado, él había&amp;nbsp;intuido un atisbo de sonrisa, y la había sacado a bailar. «Claro», respondió ella con seguridad y, todavía lo recordaba, con una dulzura solo comparable a la de su rostro. Mientras bailaban, separados por una prudente distancia, el cantante entonaba&amp;nbsp;&lt;em&gt;Bésame mucho&lt;/em&gt;. No se atrevió a hacerlo, mucho menos a pedírselo, aunque ganas no le faltaron. Ella no dijo una sola palabra, de vez en cuando miraba a su alrededor con la cabeza alta, como desde un pedestal a él&amp;nbsp;vedado, y, después, cuando se separaron, desapareció. Eugenio la buscó largo rato, vagando por entre los bailarines como en una pesadilla, sin dar con ella. ¿Quién era? ¿Con quién estaría? ¿Acaso se habría ido? Cuando ya pensaba que no volvería a verla, sintió a su derecha el peso de una mirada y se giró: allí estaba ella, observándolo fijamente.&amp;nbsp;Como aquella lejana noche,&amp;nbsp;también ahora se giró, y vio a su derecha a Adela, esperándolo. Al igual que entonces, no dudó en dirigirse hacia ella. Por un momento, no supo qué Adela tenía ante sí, pues la imagen que veía era, superpuesta, la de aquella jovencísima y sonriente Adela, y comprendió que era la imagen que guardaba de ella en su corazón.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;em&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/em&gt;—Creí que no iba a volver a verte —exclamó Eugenio, con idéntico alivio al de tantos años atrás.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Aquí estoy —respondió ella con el mismo brillo en la mirada—, ¿bailas?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Bailaron muy tranquilos, sus cabezas casi tocándose, ora un pequeño paso con&amp;nbsp;un pie&amp;nbsp;&lt;/span&gt;—&lt;span class="Apple-style-span"&gt;el derecho de él, el izquierdo de ella&lt;/span&gt;—&lt;span class="Apple-style-span"&gt;, ora dos con el otro, al compás de la música de Antonio Machín.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;em&gt;«Toda una vida me estaría contigo, no me importa en qué forma, ni dónde ni cómo, pero junto a ti.&amp;nbsp;Toda una vida te estaría mimando, te estaría cuidando, como cuido mi vida, que la vivo por ti.»&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Con cada estribillo, Eugenio la atraía&amp;nbsp;con mayor intensidad&amp;nbsp;hacia sí, percibiendo su progresiva fragilidad, y sintiendo, con ello,&amp;nbsp;una punzada&amp;nbsp;de creciente desasosiego en su pecho. Ojalá aquel bolero no acabara nunca, pensaba, casi con vértigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando terminó, se separaron ligeramente, y Adela, sin soltar su mano, le dijo con dulzura:&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Feliz aniversario.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;3. Noche cerrada&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Se puso el cigarrillo entre los labios, lo encendió y le dio una primera y prolongada calada. Tragó el humo, esperó apenas unos segundos y lo dejó salir poco a poco, mirando fijamente, los ojos entrecerrados, cómo se esparcía por el lugar al tiempo que dibujaba caprichosas formas azuladas. Idéntica tonalidad presentaban las cortinas, las paredes, el techo, los muebles, a causa de la tenue luz crepuscular que se colaba por las rendijas de la persiana. No tardarían en ser devorados por la oscuridad, pensó con aprensión, mientras dejaba el mechero sobre la mesilla.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Estás bien? —preguntó ella, quitándole el cigarrillo y llevándoselo a sus labios—. Llevas un rato callado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Él no contestó, se limitó a asentir en silencio, por lo que ella insistió:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué piensas? Anda, cuéntamelo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pronto será noche cerrada —respondió él.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué, te da miedo la oscuridad? —preguntó burlona.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No exactamente.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues a mí, estar contigo en la cama, así, desnuditos y abrazaditos, sin prisa, mientras afuera la luz desaparece por completo, me encanta.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y a mí, pero yo me refería a otra cosa. Hoy me he dado cuenta de que algún día dejaré de vivir. Que mi vida, como este cigarrillo —le dio otra calada—, se consumirá un día para siempre. Del todo. Que moriré, vaya. Y como no soy religioso, y no espero un cielo o un infierno, ese día supondrá el fin con mayúsculas. Supondrá volver al mismo estado que antes de nacer. ¿Te has parado a pensar alguna vez que la vida no es más que un fugaz paréntesis? Pues ese día yo cerraré el mío. ¿Y qué sucederá? Nada en absoluto. Simplemente pasaré de estar vivo a no estar, de ser a no ser, de pensar que pienso luego existo a no poder pensar. Y ya. Por eso soy incapaz de imaginar cómo será ese paso, qué sentiré al darlo. Hoy lo he intentado, pero no lo he conseguido. Esta tarde, al salir del hospital y entrar en el coche, me senté, cerré los ojos y me pareció verme flotando en el espacio, rodeado de estrellas (siempre tuve el sueño de ser astronauta), hasta que advertí, primero, que no alcanzaba a divisar ninguna pues no me encontraba en el espacio sino en medio de una oscuridad impenetrable, y comprendí, después, que ni siquiera estaba, pues lo que acertaba a imaginar no era una presencia sino, como no podía ser de otra manera, una ausencia: mi propia ausencia. Y, jo, es una sensación agobiante. Parecido a esas pesadillas infantiles en que muere tu padre, o tu madre, o ambos, pero mucho peor, pues esto no es un sueño del que puedas despertar.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Bueno, yo también lo he pensado alguna vez, cómo no, pero para eso todavía falta mucho, cielo; no ganas nada con agobiarte. Sobre todo porque es algo que sucederá y no puedes cambiarlo sino valorar que la vida será un paréntesis fugaz como dices, sí, pero un paréntesis maravilloso —dijo acurrucándose cariñosa.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Le había llamado «cielo» con la delicadeza —le pareció— de una mariposa que, después de revolotear inquieta por la habitación, se hubiera posado al fin sobre su pecho, infundiéndole un calor especial: el de una madre consolando a su hijito asustado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Da igual cuánto falte —continuó, en apariencia impasible, luego de otra calada—. No me agobia la sensación sino el hecho de no desprenderme de ella, pues recuerdo haber sentido algo parecido ya de niño. Una especie de sueño recurrente, o más bien de pensamiento obsesivo, a eso de los ocho o nueve años.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y te acuerdas?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Cómo olvidarlo. Toma —le pasó el cigarrillo—. Antes de dormirme, o si me despertaba a media noche, en ese estado en que no tienes sueño y el cerebro da vueltas libremente, la oscuridad de la habitación me llevaba a imaginar cómo sería la ciudad a aquellas horas.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y cómo era?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Oscura, como la noche. No sé por qué, pero la noche siempre la imaginaba cerrada, sin luna. La iluminación de las calles era muy precaria, sin más luz que la amarillenta de aquellas titilantes y tenebrosas farolas antiguas, y no se veía un alma por ningún sitio. En un determinado momento se oía el silbato de una locomotora, pero, para cuando quería llegar al paso a nivel que había a escasos quinientos metros de la casa en la que vivía con mis padres, el tren de mercancías ya había pasado. Allí no había ni vigilante ni coches esperando a cruzar. No había nadie. Únicamente el brillo metálico de los viejos raíles me decía que no estaba ante los vestigios de una vía abandonada. Otras veces oía la sirena de una ambulancia, y al instante estaba deambulando por los pasillos vacíos del hospital, donde solo había luz en el cuarto en el que debían estar las enfermeras, pero de las que tampoco había ni rastro. Y otro tanto pasaba con el esporádico rugido del camión de la basura: siempre se encontraba en otra calle. En aquel tiempo, a diferencia de ahora, apenas se oían ruidos por la noche: la vida a ciertas horas quedaba como suspendida. Y yo lo sabía, pero lo que me inquietaba no era tanto no encontrar a nadie sino saber que yo tampoco estaba allí, que yo allí no era más que una ilusión, y que cuando de verdad hubiera alguien, de seguro no iba a notar mi ausencia. ¿Te das cuenta? Es la misma sensación que ahora, con cuarenta años, cuando pienso en el día en que cerraré el puñetero paréntesis.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Vaya, ¿y qué decían tus padres? ¿Llegaron a enterarse?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No lo sé. Sabían que me costaba dormir, así que un día me llevaron a un psicólogo, un tal Luis, que tenía el pelo grasiento, estaba a medio afeitar y fumaba tabaco negro. Me hizo un montón de preguntas, y recuerdo que&amp;nbsp;me recomendó leer las aventuras de un tal&amp;nbsp;&lt;i&gt;bombilla&lt;/i&gt;. Eran dos libros, uno rojo y el otro azul, con dibujos muy básicos, de una bombilla que volaba y competía con los pájaros a probar su puntería sobre los pobres peatones. Una bombilla: no me digas que no te parece ridículo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues no más que una esponja, la verdad. Y mira el éxito que tiene. La verdad, bichín, es que a los niños les gustan las historias desde la perspectiva de alguien como ellos, con su imaginación y con su inocencia. Por eso entiendo que te recomendaran esos libros, porque necesitabas llevar una vida conforme a tu edad, y esos pensamientos... no eran los que corresponden a un niño.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Puede ser&amp;nbsp;—le había gustado eso de «bichín»—. Aunque no tengo muy claro qué pensamientos corresponden a un niño y cuáles no, y, sobre todo, de quién es la responsabilidad.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Por qué dices eso?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Él no se dio prisa en contestar. Antes de hacerlo, inspiró profundamente:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Mi hijo lleva una semana con terrores nocturnos. El pediatra dice que todo es normal, que su sistema nervioso central tiene que madurar, o algo así, y que sólo le sorprende lo joven que es.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Cuántos años tiene?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ayer cumplió dieciocho meses. Mi mujer dice que la culpa es mía, y, ¿sabes?, estoy por pensar que tiene razón.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es muy joven para tener terrores nocturnos, sí.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ella dice que los tengo desatendidos, y que el niño tiene miedo al abandono; al mío, claro. Imagino que ella también, no es tonta. Y lo cierto es que viajo bastante, qué te voy a contar a ti, pero es lo que hay: de alguna manera hay que meter dinero en casa, aunque vender medicamentos no sea muy edificante que digamos.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Cariño, ¿y tú qué dices? No te sentirás culpable, ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —En parte sí. Desde que nació David,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;se volcó con él, como es normal, y yo pasé a un segundo plano. Todas las atenciones, todos los mimos, todas las palabras cariñosas, eran para él, y yo empecé a sentirme desplazado. Ya sé que son celos infantiles, pero no por convertirte en padre dejas de tener ciertas necesidades, y yo también necesitaba cariño, aunque eso ella parecía ignorarlo. Así que en el trabajo acepté la vacante de un puesto en el que prácticamente me doblaban el sueldo a costa de viajar más, de pasar más tiempo fuera de casa, y poco a poco fui alejándome de&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;. Y en estas te he conocido a ti, que me das lo que necesito, aunque nos veamos a cuentagotas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tal vez por eso mismo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tal vez. El caso es que no tengo nada claro lo que siento por ella. Y tampoco sé si quiero saberlo por el momento. En cuanto a David, cuando estoy en casa procuro pasar con él todo el tiempo que puedo, pero tengo la sensación de que no es suficiente, de que nada lo es, y me siento fatal. Y no te digo hoy que me he dado cuenta de que el pobre lleva el miedo en los genes, heredado de su padre.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Anda, ven.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Como un bebé que se aferra al pecho de su madre y succiona con ansia del pezón en pos de alimento, así sumergió su cabeza en los brazos que ella le ofrecía en busca de consuelo. No tardó en calmarse, y se habría quedado dormido si no hubiesen empezado a sonar las primeras notas de la&amp;nbsp;&lt;i&gt;marcha Radetzky&lt;/i&gt;. Era su teléfono móvil, que iluminaba la habitación desde la mesilla. Tras musitar unas palabras de disculpa, se incorporó, hizo un gesto pidiendo silencio y lo cogió.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Sí?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Hola, Miguel, vaya voz que tienes, ¿te he despertado?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Hola, Marta. Pues no, pero casi, estoy en la habitación del hotel —le alivió no tener que mentir—, ¿pasa algo?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, acaba de llamar tu hermana para decir que tu padre está en el hospital. No sabía que estabas otra vez en Galicia y ha llamado a casa.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué le ha pasado a mi padre?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Al parecer, tiene una embolia pulmonar. Está muy grave.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;4. Calienta el sol&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Paula tenía treinta y ocho años y una hija de nueve. Madre soltera, no había vuelto a estar con un hombre desde que el padre de Sofía, cuyo nombre no se atrevía aún a mencionar, desapareció de la noche a la mañana con una compañera de trabajo&amp;nbsp;—según supo después—, estando ella embarazada de dos meses. Por una de esas casualidades del destino, él no llegó a enterarse de su embarazo, pues Paula, que quería darle una sorpresa por su segundo aniversario, no se lo dijo en cuanto lo supo, a las siete semanas, y luego ya no hubo aniversario que celebrar ni destinatario a quien dar la noticia.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Al principio el shock fue tan grande que no fue capaz ni tan siquiera de odiarlo; antes al contrario, se culpaba a sí misma de que hubiera preferido a otra, y lamentaba no haberle dicho a tiempo que estaba encinta, pues tal vez así no se hubiera ido. Después, conforme pasaban los meses y su tripa aumentaba de volumen sin tener noticias suyas ni modo de localizarlo, empezó a cambiar de opinión. Para cuando nació Sofía, se alegraba de no habérselo dicho: él no la merecía&amp;nbsp;—«si no me quieres no me mereces», solía repetirse—, mucho menos a su hija, y la perspectiva de criarla sola ya no le parecía tan desoladora. En el registro inscribió a Sofía con sus mismos apellidos, como dictaba la ley, pero en orden inverso, y como nombre paterno eligió el de su padre: Francisco.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Cuidar de su hija le ayudó a superar el trauma&amp;nbsp;poco a poco. Era enfermera, y se reincorporó al trabajo&amp;nbsp;después de la baja por maternidad, por lo que aceptó gustosa la ayuda de sus padres para no desatender a Sofía.&amp;nbsp;«No tendrás padre, pero no te faltarán unos abuelos como Dios manda», solía decirle el abuelo Francisco a la niña. Con el tiempo, sus sentimientos con respecto al padre de su hija se asentaron y pudo analizarlos con la calma debida. Había sido el amor de su vida, y sabía que, si un día volvía para quedarse, y se lo demostraba,&amp;nbsp;terminaría por recibirlo con los brazos abiertos a pesar de todo,&amp;nbsp;pero al mismo tiempo era consciente de que aquello no sucedería, y que más le valía que él no supiera que tenía una hija si no quería tener serios problemas&amp;nbsp;a cuenta de la custodia. Lo mejor sería olvidarlo por completo, si bien no tardó en comprender que no podría por más que se lo propusiera: un sentimiento tan intenso y, no le dolía reconocerlo, tan maravilloso como el que había sentido, era imposible de olvidar. Además, estaba convencida de que jamás volvería a sentir algo parecido, por lo que optó por dejar que el recuerdo de aquel sentimiento le hiciese compañía en el futuro, ¿qué mal podría hacerle? En cuanto al dolor por la pérdida, confiaba en que con el tiempo acabaría desapareciendo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Paula se levantó del sillón, sacó un botellín de cerveza del frigorífico, lo abrió y bebió un trago. «Mami, ¿por qué no te echas novio?», había preguntado su hija al acostarse, y ella la había despachado con una evasiva: «Anda, duérmete, que es muy tarde; mañana hablamos, ¿vale?» Con el botellín en la mano, volvió a sentarse. Cerró los ojos.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Transcurridos nueve años, el dolor había remitido por entero, no así el recuerdo de aquel amor, que seguía acompañándola, insistente, día tras día, y que empezaba a revelarse como dañino. Llevaba mucho tiempo diciéndose que cuando&amp;nbsp;el amor&amp;nbsp;volviera a encontrarla no dudaría en tomarlo, pero lo cierto era que ese recuerdo inseparable actuaba como una de esas&amp;nbsp;&lt;em&gt;carabinas&lt;/em&gt;&amp;nbsp;que antaño acompañaban a las señoritas para evitar que hicieran algo&amp;nbsp;«indecoroso»: en los últimos años había tenido varios pretendientes, mas ninguno a la altura de su recuerdo; con ninguno se ilusionaba como una vez se ilusionó, y por lo tanto con ninguno adivinaba que pudiera sentirse especial y plena como aquella vez se sintió y como&amp;nbsp;&lt;em&gt;sabía&lt;/em&gt;&amp;nbsp;que se podía y debía sentir.&amp;nbsp;Por supuesto,&amp;nbsp;todos terminaban arrojando la toalla sin saber que, además, a causa de ese recuerdo&amp;nbsp;de ninguno se fiaba ya...&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Apuró la cerveza y, dado que no había nada interesante en la televisión, aquel domingo decidió acostarse un poco antes de lo normal. «No me vendrá mal descansar, que mañana toca madrugar de nuevo». Presentía que le costaría dormir, por lo que tomó media pastilla de tranquilizante.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; A la mañana siguiente, después de tomar un café en casa y otro, muy cargado, en la cafetería del hospital, se puso la bata y se dirigió rauda a la seiscientos tres, según correspondía. Allí se encontró con Charo, auxiliar de enfermería, que estaba terminando de hacer la cama que hasta el día anterior ocupara un paciente con angina de pecho. En la otra cama dormía Eugenio, el anciano&amp;nbsp;a quien debía cambiar el suero y tomar la temperatura y&amp;nbsp;que se recuperaba de una embolia pulmonar. A diferencia de la semana pasada, estaba fuera de peligro, y por eso ya no le acompañaba su esposa. La habitación presentaba una tonalidad azul claro: amanecía.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Buenos días, Charo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Hola, Paula, ¿qué tal estás? ¿Cómo está tu hija?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Ay, chica, no me hables, he dormido fatal. ¿Sabes lo que me dijo anoche Sofía? Que por qué no me ¡echo novio! ¿Tú te crees?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Madre del amor hermoso, qué niña! ¿Y qué le dijiste?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Nada, qué le voy a decir. Supongo que debería hablar con ella, ¿no crees?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Por eso has dormido mal.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Si. Me da miedo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Pues nada, mujer, le puedes decir que estas cosas no se buscan, se encuentran, y que el mercado está muy mal&amp;nbsp;—sentenció Charo, saliendo de la habitación&amp;nbsp;—. Seguro que lo entiende&amp;nbsp;—añadió desde el pasillo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Y que lo digas&amp;nbsp;—se dijo para sí misma.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Una vez hubo cambiado el suero, Paula le colocó el termómetro a Eugenio, que ya estaba despierto, en la axila. No se le escapó la mirada de desconfianza del anciano al termómetro digital.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Buenos días, Eugenio. Veo que está mejor, ¡cuánto me alegro!&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Eugenio no contestó.&amp;nbsp;A Paula le pareció que una sombra cruzaba por su mirada, ¿acaso no estaba contento? Por el movimiento de la cabeza, se diría que no encontraba las palabras adecuadas.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Su hija tiene razón&amp;nbsp;—dijo al final.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Perdone?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Su hija tiene razón&amp;nbsp;—repitió—, debería echarse novio. ¿Por qué no lo hace?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Pero bueno! ¿No sabe usted que no es de buena educación escuchar conversaciones ajenas?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Comprenderá que a mi edad me importa poco lo que es o no de buena educación.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Además no es mi hija. Sofía es la hija de una amiga.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Una amiga? Vaya, entendí mal, disculpe. Y, perdone que le pregunte, ¿por qué su amiga no se echa novio? Seguro que es joven y con toda la vida por delante. Y guapa, como usted.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Pues porque no es fácil, Eugenio&amp;nbsp;—contestó, áspera, pese a que la había halagado el cumplido—. Verá, a mi amiga la abandonó su novio, a quien quería con locura, estando embarazada, y ahora no se fía de cualquiera.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Ni con cualquiera llega a sentir lo que sintió.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Exacto. Además ya casi tiene cuarenta años, y a esa edad encontrar a alguien que merezca la pena es poco menos que imposible.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Escúcheme. Yo creo que su amiga tiene miedo a fracasar. Pero también a disfrutar, y a vivir. El miedo es una cosa tremenda, se extiende como la peste. Dígale de mi parte que no fracasó ella sino el malnacido que la abandonó, que la vida es muy corta como para perder el tiempo en miedos y lamentaciones, y que tenemos la obligación moral de disfrutarla, pues es lo único, me refiero a la vida, que de verdad nos pertenece.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Eso es cierto&amp;nbsp;—reconoció, sorprendida ante la repentina simpatía que sentía por aquel anciano. Era la primera vez que hablaba de este tema con alguien de distinto sexo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Ah, y dígale también que no intente volver a sentir lo mismo porque eso es imposible, pero que si tiene un poco de paciencia al principio, después vendrá todo rodado. Siempre hay gente que merece la pena, se lo dice uno que ha vivido mucho y que lleva nada menos que cincuenta años con su mujer.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Caray! Pues sí, cuando la vea, se lo diré, guarde cuidado.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—No tarde. El tiempo es oro. Y recuerde: no hay que tener miedo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Se oyó un pitido. Era el termómetro: treinta y seis con ocho.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Eugenio, está usted como una rosa. Lo que no me explico es cómo ha podido usted olvidarse de tomar el&amp;nbsp;&lt;i&gt;sintrom&lt;/i&gt;&amp;nbsp;durante una semana. Vaya memoria la suya. Dígale a su mujer que se lo recuerde. Ha estado usted a punto de morir.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; El hombre asintió lentamente, muy serio, antes de hablar:&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Sabe usted? Yo también tenía un amigo.&amp;nbsp;—&lt;i&gt;«Touché»&lt;/i&gt;, se dijo Paula—. Su mujer estaba enferma y vivía obsesionado con lo que sería de él si ella moría antes, pues no se llevaba bien con sus hijos. Seguro que lo meterían en un asilo y se olvidarían de él, solía decir. Todos los días tomaba un medicamento para la hipertensión, hasta que un día se le ocurrió que si dejaba de tomarlo a lo mejor el problema se le resolvería. Y... no se le resolvió.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Eso intentó su&amp;nbsp;&lt;i&gt;amigo&lt;/i&gt;? Un poco egoísta por su parte, ¿no cree?&amp;nbsp;Por cierto, ¿qué decía usted antes del miedo?&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Esto último lo dijo mientras salía por la puerta, indignada. Sin embargo, cuando a mediodía volvió a casa y recordó la conversación mantenida con el viejo, le pareció que el sol calentaba con otra fuerza.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;junio 2011&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-8436117532241879075?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/8436117532241879075/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/sale-el-sol-de-nuevo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/8436117532241879075'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/8436117532241879075'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/sale-el-sol-de-nuevo.html' title='Sale el sol, de nuevo'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-2945033166452432055</id><published>2011-06-29T13:00:00.006+02:00</published><updated>2011-07-06T13:15:35.452+02:00</updated><title type='text'>1. Tan joven</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Aquel llanto era nuevo, y de una naturaleza tal que en un principio desconcertó, y después asustó, a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta.&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;Llevaba vigilando con atención las evoluciones de su hijo desde que nació, hacía ya casi año y medio, y creía haber aprendido a reconocer el motivo concreto por el que lloraba en cada momento. Habitualmente le bastaba con el tono y la intensidad del llanto, si bien en ocasiones precisaba, además, de una rápida exploración. Así, cuando David lloraba, sabía si lo hacía porque tenía hambre o sueño, porque le dolían los dientes, los oídos o la tripa por gases, porque se había caído o asustado, porque había que cambiarle los pañales, o bien, simplemente, porque pedía que le hicieran caso. Sin embargo, aquel llanto era distinto, de otra índole que le resultaba por completo ajena: el tono y la intensidad indicaban verdadero pánico, pues, más que llorar, gritaba como un conejo asustado, o, peor, como un cerdo al que estuvieran degollando, pero, ¿pánico a qué?, ¿qué podría estar pasando? Con el corazón en un puño, se acercó a toda prisa a su cunita, que ya empezaba a resultarle pequeña, y observó, atónita, que David estaba ¡dormido! Continuaba llorando, o más bien dando alaridos, despavorido, revolviéndose ligeramente, a todas luces agitado, pero no había duda: dormía. ¿Acaso estaba soñando? Todo parecía indicar que sí, pero, ¿qué demonios, y nunca mejor dicho, podía soñar un crío de apenas año y medio que le hiciera sufrir de esa manera? Sin saber muy bien lo que hacía, lo tomó en brazos y lo acunó, «¿qué te pasa, mi niño?», hasta que lo despertó. A partir de ese momento, los ojos abiertos de par en par, pareció relajarse algo, su respiración se tornó más normal y Marta&amp;nbsp;suspiró aliviada. Sin embargo, no dio muestras de reconocerla ni de saber dónde se encontraba: estaba como desorientado, confundido. «Tranquilo, mi cielo, soy mamá», le dijo con ternura, y entonó los primeros compases de una nana. Transcurridos unos minutos, cuando el prolongado estado de confusión de su hijo empezaba a preocuparla, David volvió en sí y sonrió al fin, «mamá», balbució, ya tranquilo, instantes antes de quedarse nuevamente dormido. Conteniendo la respiración, lo dejó en la cuna, lo tapó con una pequeña toquilla de color azul pastel y salió de puntillas del dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El reloj del salón dio las diez de la noche, y Miguel, que a mediodía, desde Coruña, le había prometido estar de regreso como muy tarde a las ocho, no había llegado aún. «¿Dónde estará este hombre?», se preguntó. Le llamó al móvil, para oír que su teléfono seguía apagado o fuera de cobertura. «Cuando vuelva me va a oír, que no es la primera vez que llega más tarde de lo que dice, y ya está bien de tenerme con el alma en un puño». Sabía que no ganaba nada con ello, pero llamó otra vez, y otra, y otra, con idéntico resultado, si bien cortaba la comunicación en cuanto oía a la chica del contestador. «Porque no le habrá pasado nada, ¿verdad? A estas horas tiene que estar llegando o de camino, por lo que el problema no es que esté sin cobertura, ya que lleva así desde que le llamé a las ocho y media. No, lo que pasa es que tiene el teléfono apagado o sin batería, que ya le ha pasado más veces; por eso le compré un cargador para el coche. Pero entonces no lo puede tener sin batería, porque lo cargaría, así que está apagado. Y, si lo tiene apagado, ¿por qué no lo enciende, si sabe que estoy esperándole? Ay, dios, ¿y si le ha pasado algo? Puede haber tenido un accidente por la carretera, pero me habrían avisado, ¿verdad? Primero lo de David, y ahora esto, ¿es que no voy a ganar para sustos? Cuando llegue me va a oír, vaya que sí». Todo esto y mucho más le pasó&amp;nbsp;por la cabeza&amp;nbsp;a Marta, que a las diez y cuarto era un manojo de nervios que empezaba a desvariar imaginando las más disparatadas explicaciones a la demora de su marido: secuestrado en una lancha por traficantes de cocaína, herido de bala en un ajuste de cuentas entre dos bandas callejeras, ingresado en la uci a causa de un infarto agudo de miocardio... No es pues de extrañar que, cuando finalmente oyó una llave accionando la cerradura y, acto seguido, vio a Miguel hacer su aparición en el zaguán, se quedara paralizada por la sorpresa y sin saber muy bien cómo reaccionar.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ya estoy en casa, cariño —dijo en voz baja al verla, al tiempo que cerraba la puerta. Su voz denotaba un cansancio no exento de alivio.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando se aproximó a ella, su primer impulso fue lanzarse a sus brazos, buscar su calor. Lo necesitaba. Pero no lo hizo: la enfureció verlo tan tranquilo, como si nada hubiera pasado, como si nada más se hubiera retrasado diez minutos al bajar a comprar el pan y no dos horas y media después de tres días fuera de casa, y, sobre todo, sin dar muestra alguna de arrepentimiento o comprensión ante su preocupación.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Dónde estabas —le preguntó con voz seca, sin entonación, ofreciéndole la mejilla derecha, que él besó sin dudar.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué tal la tarde, Marta?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Por qué tienes el teléfono apagado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué pasa, estás enfadada? —enarcó las cejas y la miró fijamente, sorprendido.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tú qué crees.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Por qué, por la hora? He salido tarde porque he tenido que esperar a Revilla, un urólogo que estaba terminando una operación, y se ha retrasado, no ha sido culpa mía.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y por qué tienes el teléfono apagado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Que lo tengo apagado? No, está encendido, mira... —Sacó el móvil del bolsillo interior de su americana—. Anda, pues es verdad, tienes razón. —Sacudió la cabeza con incredulidad mientras lo encendía—. No sé, lo apagaría después de hablar contigo, sin querer, y luego no me di cuenta de encenderlo. Perdona.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y por qué no me has llamado para decir que llegabas más tarde? —preguntó&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;recuperando la entonación habitual: de pronto no le importaba tanto quejarse como conocer la respuesta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Joder,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;, no lo sé, se me olvidó —la interrumpió Miguel, que sí parecía haber captado el matiz.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Te habrías dado cuenta de que tenías el teléfono apagado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —He estado trabajando mucho y no he podido estar a todo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tras una brevísima pausa, en la que ambos procesaron lo que había dicho el otro, puesto que habían hablado prácticamente a la vez,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;prosiguió:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pero mientras volvías ya no trabajabas.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es verdad.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y no se trata de estar a todo, sino simplemente pensar que yo estaría preocupada.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Estabas preocupada? ¿Por qué? —preguntó Miguel con cara de extrañeza.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues sí, pensé que te podía haber pasado algo. Como no llegabas. No te imaginas la de cosas que he llegado a imaginar. Qué tonta. —Al ver que él esbozaba una leve sonrisa, elevó el tono—: Pero la culpa es tuya, Miguel, ¡tenías que haberme llamado! No sé cómo me sigo preocupando por ti, no te lo mereces. Tú ni siquiera te acuerdas de que tienes una mujer y un hijo en casa, se ve que te importamos una mierda —sollozó.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Venga, mujer, no llores —la abrazó por detrás, ya que se había girado, la cabeza baja, y la besó en el pelo; ella no opuso resistencia—, y no digas eso, que no es verdad, claro que me importáis, y mucho. Perdóname, ¿vale? Tienes razón, tenía que haberte llamado. —Despacio,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;asintió en silencio, sorbió la nariz y se relajó un tanto—. Por cierto, ¿qué tal David? ¿qué tal ha pasado el día?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Mal —repuso sollozando de nuevo —, no sé qué le pasa pero no está bien.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Miguel tomó aire.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Cómo que no está bien, Marta? ¿Qué le pasa?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ahora está dormido y tranquilo, pero antes ha llorado de una forma muy rara.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Antes, cuándo? ¿Cómo de rara?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Hacia las nueve. Estaba dormido, y de repente empezó a gritar como si estuviera muerto de miedo, parecía un cochino en plena matanza.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡Bueno, qué exagerada! Si dices que estaba dormido, imagino que sería una pesadilla, ¿no?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No exagero, si hubieras estado en casa lo habrías visto con tus propios ojos. Yo también pensé que era una pesadilla, hasta que le desperté y vi que no me reconocía. Tardó tanto en reaccionar que no sé qué pensar. Aunque te digo una cosa: no me extrañaría que todo sea que echa de menos a un padre en condiciones. Si es que casi no te conoce, vergüenza debía darte.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No empieces. Mañana lo llevamos al pediatra y que nos diga, ¿te parece?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y no podrías llamar hoy a alguien?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Cariño, es muy tarde. Mejor mañana.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Supongo que tienes razón.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y hambre. Vamos a cenar algo, venga, que me da que no has cenado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, vamos.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Al día siguiente acudieron a la consulta de Sánchez Marcos, el pediatra que llevaba el seguimiento de David y que, según Miguel, «tenía apellidos de árbitro de fútbol». Como era costumbre, fue su mujer la encargada de salir a recibirlos y conducirlos al despacho donde él los estaba aguardando. Olía a perfume caro. Después de levantarse brevemente a estrecharles la mano, se sentó, sacó una hoja blanca con membrete y, tomando una estilográfica de oro, escribió en su parte superior la fecha y el nombre y apellidos de David.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;no acababa de explicarse el sentido del membrete: ¿para qué, si luego iba a archivar la hoja con las demás que formaban la historia, y que nadie aparte de él había de consultar? «La verdad es que una hoja con membrete tiene su aquel», se dijo a sí misma, comprendiendo que todo en el despacho estaba dispuesto para impresionar. Tras preguntarles el motivo de su visita, lo anotó con calma y se levantó para medir, pesar y examinar al niño con detenimiento —ojos, oídos, dientes, cuello, espalda, abdomen, testículos, brazos y piernas—, lo que acrecentó la buena opinión que ya tenía Marta de él. «Tendrá apellidos de árbitro, pero salta a la vista que es muy competente», pensó. A continuación, volvió a su enorme sillón de cuero negro para, inclinándose sobre la hoja con membrete, realizar las anotaciones que estimó pertinentes, con una parsimonia que a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;se le antojó exasperante, a pesar de lo cual lo escrito no parecía otra cosa que una sucesión de garabatos, en esa letra propia de los médicos, indescifrable en ocasiones hasta para ellos mismos. Cuando por fin terminó, se quitó las gafas, las dejó con afectación sobre la mesa y, mirándolos alternativamente, dictaminó:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —A David no le sucede nada extraño. La exploración es perfectamente normal. Por lo que me cuentan, el crío ha tenido un episodio de terror nocturno, que no es un sueño como tal sino una reacción repentina de angustia que tiene lugar durante la transición de sueño profundo no rem a la fase rem. No sabemos por qué sucede, si bien todo indica que su sistema nervioso central, que regula los estados de sueño y vigilia, está madurando todavía, por lo que puede que tenga más episodios similares hasta que madure del todo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Hay algo que podamos hacer, doctor? —preguntó Miguel, que hasta entonces había permanecido callado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Yo les recomiendo que se lo tomen con calma —negó—, que procuren que esté tranquilo y que mantengan una rutina a la hora de acostarlo. Ah, y que no lo despierten, es preferible que se le pase solo —a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;le pareció que Miguel, de reojo, le decía «tenlo en cuenta», y respiró fuerte, indignada, para calmarse—. ¿Alguno de ustedes padeció de niño episodios de sonambulismo? ¿No? Es extraño, porque suele guardar relación. Lo que me sorprende es su edad: en treinta años de profesión, jamás había tratado de terrores nocturnos a alguien tan joven. Pero, en fin —añadió encogiéndose de hombros—, estas cosas pasan.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Doctor, esa angustia de la que habla, ¿podría ser miedo al abandono? —preguntó&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Podría —&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;dirigió una mirada cargada de intención a Miguel, pero éste tenía la mirada fija en su hijo—, ya le digo que las causas no están muy claras, pero no lo creo: si ya es muy joven para un terror nocturno, que es una reacción física, imagínense para una emoción más elaborada. Verán, a lo largo de nuestra vida todos tenemos que aprender a convivir con el miedo, y a David en cierto sentido le toca ahora por primera vez. Dejémosle que aprenda a gestionarlo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;junio 2011&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://david-conde.blogspot.com/2011/06/toda-una-vida.html"&gt;Leer     2. Toda una vida&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-2945033166452432055?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/2945033166452432055/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/07/1-tan-joven.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2945033166452432055'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2945033166452432055'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/07/1-tan-joven.html' title='1. Tan joven'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-4665541364907702012</id><published>2011-06-29T12:59:00.009+02:00</published><updated>2011-07-03T13:40:55.018+02:00</updated><title type='text'>2. Toda una vida</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A sus setenta y tres años, plantado frente al espejo mientras terminaba de ajustarse el nudo de la corbata, Eugenio estaba emocionado como un adolescente dispuesto a ir al baile de graduación con su primera novia. No podía peinarse un tupé, no tenía una figura estilizada, no disponía de un imponente&amp;nbsp;&lt;i&gt;chevrolet del cincuenta y dos&lt;/i&gt;&amp;nbsp;con el que pasar a recoger a su chica, ella no aparecería con un vestido vaporoso, corto y con mucho vuelo, no bailarían&amp;nbsp;&lt;i&gt;swing&amp;nbsp;&lt;/i&gt;o&amp;nbsp;&lt;i&gt;rock and roll&lt;/i&gt;&amp;nbsp;juntos por primera vez al son de una gran orquesta, y, en un determinado momento, no se escabullirían al frescor de la noche para, fuera del alcance de miradas indiscretas, besarse, explorarse, despertar a la vida. No, definitivamente no sería el protagonista de una de tantas películas norteamericanas ambientadas en los años cincuenta que había visto en alguna ocasión, sino mucho más. Protagonizaría, de nuevo, como venía haciendo los últimos cincuenta años, desde que conoció a Adela, su propia película.&amp;nbsp;Una película como ninguna otra, pues había sido, y aún lo era, real&amp;nbsp;como solo puede serlo&amp;nbsp;la propia vida.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;El nudo, como siempre que le temblaban los dedos, se le resistió, hasta que llegó a un punto en el que fue consciente que no conseguiría mejorarlo, y se resignó, antes de seguir y arriesgarse a arrugar la corbata de forma irremediable. A continuación, se atusó con un peine minúsculo el escaso pelo que aún conservaba en los laterales de su cabeza y, tras dirigir una última mirada al espejo y comprobar que la imagen que éste le devolvía era aceptable a pesar de la cada vez mayor prominencia de su nariz, salió del cuarto de baño.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando entró en el salón, Adela estaba colgando el auricular del teléfono.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Llegamos tarde —la apremió—. ¿Quién era?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ya estoy —dijo ella incorporándose con cierta dificultad que a Eugenio no le pasó desapercibida—. Era tu hijo. Llamaba para contar que ayer fueron al pediatra.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Le pasa algo al niño? —de los cinco nietos que tenían,&amp;nbsp;&lt;i&gt;el niño&lt;/i&gt;&amp;nbsp;era el único varón, y por ende el preferido de Eugenio —. Hueles bien.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Adulador. Vamos, te cuento por el camino. ¿Tomaste la medicación? —le preguntó al tiempo que lo empujaba fuera de casa.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, pesada. ¿Qué le pasa al niño?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Resulta que tiene terrores nocturnos. El pediatra les ha dicho que no hay que preocuparse, que se le pasará solo. Y que así aprenderá a superar el miedo. Les ha preguntado si de pequeños fueron funámbulos, Miguel o&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;, y ya le dijeron que no: ninguno de los dos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sonámbulos.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Eso, sonámbulos, ja, ja.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Miguel no lo fue? ¿Y por qué lo llevamos al médico si no?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Esa memoria, Eugenio. Que yo confundiré las palabras pero tú... No, no fue sonámbulo. Tuvo problemas para dormirse, nada más.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ea, eso es. Sonámbulo fui yo.&amp;nbsp;Mi madre me lo dijo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y eso?&amp;nbsp;¿Cómo no me lo habías contado nunca? Ten cuidado, que viene un coche.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es un paso de cebra. No sé, no habrá habido ocasión. Me pusieron a trabajar a los siete años, con mi padre. «Menos trabajar y más comer», dijo el médico. Y se me pasó. ¿Deberíamos decírselo?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿A quién, a&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;? ¿Para qué? No, fíjate que a mí me parece que ella tiene algo que ver en todo esto: es demasiado aprensiva, siempre con el ayayay. No me extrañaría que le hubiese contagiado algún miedo al niño.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pobre mujer, según tú tiene la culpa de todo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Me dirás que no.&amp;nbsp;A&amp;nbsp;ver si a ti ahora&amp;nbsp;te gusta.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ni sí ni no, es muy miedosa y ya sabes lo que opino del miedo, pero si Miguel está con ella será porque es parecido. Ojalá espabilara...&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y la dejara? Eso no lo digas ni en broma, Eugenio.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —O se buscara a otra, aunque ni para eso tiene cojones tu hijo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡Esa lengua! A ver si ahora va a resultar que la hombría se demuestra huyendo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tu hijo de ninguna manera. Ni siquiera sabe lo que es. ¡Bah!&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Hay que ver qué mal genio tienes a veces. Luego te quejas de que tus hijos no te tienen confianza. Anda&amp;nbsp;—dijo Adela, agarrándose con fuerza a su brazo—, cuéntame otra vez lo que piensas sobre el miedo, que me gusta oírtelo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;«Y a mí que te aprietes así contra mí», pensó Eugenio, tardando un rato en contestar. Lo hizo cuando ella le animó.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Venga, cuéntamelo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Y Eugenio relató a su mujer por enésima vez sus reflexiones sobre el miedo. Le contó que el miedo y la felicidad eran como el agua y el aceite, y que él recordaba haber pasado mucho miedo. A la oscuridad que había en el pueblo, en plena posguerra, sin alumbrado eléctrico. A los ratones que correteaban alrededor del viejo jergón de lana, en el ático, adonde lo mandaban a dormir sus padres. Al frío que entraba por el desvencijado ventanuco del ático. A tardar mucho en conciliar el sueño, tapado hasta los ojos con una manta llena de mugre. A la polio. A la mili. A que lo expulsaran de la fábrica. A que les pasara algo, a Adela y él o a los niños. Y, así, a tantas y tantas cosas, hasta que entendió que la felicidad consistía en despojarse de los miedos y disfrutar cada momento como si fuera el último. Se dio cuenta de que podía, y lo hizo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Ahora ya no tengo miedo a nada, ni siquiera a la flaca&amp;nbsp;—terminó.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿A nada?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —A nada.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y eres feliz?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Eugenio no contestó. Se limitó a mirarla, sonrió y apretó, lo que pudo, el paso.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No tardaron en llegar al centro de mayores, el único lugar relativamente cercano donde en aquella ocasión había algo parecido a una verbena (cada vez se hacía más difícil encontrar una, y eso que estaban a mediados de junio). La música se oía desde la calle: un pasodoble. Se trataba de&amp;nbsp;&lt;i&gt;Suspiros de España&lt;/i&gt;, a Eugenio no le cabía la menor duda, ¡cuántas veces no lo habría bailado con Adela! Esta vez no llegaban a tiempo,&amp;nbsp;pero ya habría otros, pensó.&amp;nbsp;«Será por pasodobles». Con la emoción ya había olvidado que su salud no era lo que fue, mucho menos la de Adela,&amp;nbsp;y que sus piernas sólo le permitirían bailar uno o dos pasodobles y algún bolero.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; En cuanto entraron al salón donde se desarrollaba el baile, la armonía de los instrumentos de viento y percusión, resonando con fuerza en los enormes altavoces de un potente equipo de sonido, lo transportó al instante a otro tiempo, cada vez más difuminado en su memoria, pero que en ocasiones como aquella se le presentaba con una nitidez&amp;nbsp;inusitada.&amp;nbsp;Era un tiempo, cincuenta años atrás, en el que todo tenía otro sabor: más auténtico, más fresco, o tal vez únicamente más suyo, no en vano era al cual hacía referencia siempre que decía «mi época». Durante unos minutos, disfrutó quedándose quieto&amp;nbsp;en un extremo de la sala, callado, ensimismado, observándolo todo, empapándose de esa agua fresca, como de botijo, traída de un remoto pasado. Adela, mientras, se hizo a un lado y procuró entablar conversación con algún conocido.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Era un tiempo&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;más auténtico&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;—&lt;span class="Apple-style-span"&gt;cavilaba Eugenio&lt;/span&gt;—&amp;nbsp;porque era pródigo en carencias y privaciones, razón por la cual había una mayor consciencia de las propias limitaciones y, por esto mismo, se valoraba&amp;nbsp;en su justa medida&amp;nbsp;aquello de lo que se disponía. Además, es sabido que el hambre agudiza el ingenio, y la música no era una excepción: la falta de orquestas sinfónicas se suplía, sobre todo en las zonas rurales como su pueblo, con bandas de música, ya fueran municipales, militares o sinfónicas, para las que se transcribían obras propias de las orquestas sinfónicas. Estas bandas tocaban, ¡y de qué manera!, en las principales diversiones de aquel entonces, que no eran otras, fiestas patronales al margen, que los desfiles, los toros y, por supuesto, el baile. Entre su repertorio figuraba, como no podía ser de otra manera, el pasodoble. Eugenio había escuchado muchos, pero si algo tenía claro era que ninguno como los taurinos, tanto a nivel musical como de baile.&amp;nbsp;&lt;i&gt;El gato montés&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;La gracia de Dios&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;España cañí&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;Francisco alegre&lt;/i&gt;, la lista era interminable. En sus años mozos había llegado a aprender pasos específicos para cada uno de ellos, siempre con la pose del torero en el ruedo, y las chicas se lo rifaban a la hora de bailar. Ahora ya no había bandas como antes, ni casi orquestas, y los pasodobles, si se oían, eran enlatados y, por muy bueno que fuese el equipo de sonido,&amp;nbsp;ya no eran lo mismo; nada lo era.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;A continuación, empezó a sonar&amp;nbsp;&lt;i&gt;La cumparsita&lt;/i&gt;&amp;nbsp;en versión instrumental, sin duda más adecuada para bailarla, pero a ningún nivel comparable, en su opinión, a la cantada por el gran Gardel, en la que la melodía de la versión instrumental se convertía en el acompañamiento.&amp;nbsp;&lt;i&gt;«&lt;/i&gt;&lt;i&gt;Si supieras que aún dentro de mi alma conservo aquel cariño que tuve para ti; quién sabe si supieras que nunca te he olvidado, volviendo a tu pasado te acordarás de mí&lt;/i&gt;&lt;i&gt;».&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;&amp;nbsp;Así rezaba la letra, con la que se sentía de pronto identificado. Nunca supo bailar tango, le parecía demasiado complicado, pero sí había escuchado, y memorizado, muchos.&amp;nbsp;&lt;i&gt;Madreselva&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;Volver&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Adiós muchachos&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;,&amp;nbsp;&lt;i&gt;La cieguita&lt;/i&gt;... Mientras resonaban los ecos del bandoneón, buscó una silla en la que sentarse, pues la cabeza empezaba a darle vueltas.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;i&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Sí, en su época las chicas se lo rifaban, y él se dejaba querer, le hacía sentir vivo, pero si algo tenía claro era que no se encadenaría a nadie como Manolín, obligado a casarse con una infeliz a la que había dejado embarazada. Así, procuró siempre no dar pasos que pudieran comprometerlo más de la cuenta, lo cual le generó no pocos comentarios a su alrededor. Era joven, tenía toda la vida por delante, iba a comerse el mundo, se sentía feliz de estar solo. Ya habría tiempo de conocer a&amp;nbsp;&lt;i&gt;alguien&lt;/i&gt;.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;El tango dio paso a un bolero, pues así lo indicaban el contrabajo y las maracas que acompañaban al violín, pero sin letra no distinguía de cuál se trataba. Una mujer menuda se le acercó, sonriendo, haciendo un gesto con los brazos:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Baila?&amp;nbsp;—le preguntó.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Perdone, no puedo. Estoy esperando a alguien&amp;nbsp;—respondió Eugenio mirando a su alrededor. Se levantó.&amp;nbsp;«¿Dónde se habrá metido esta mujer?»&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Ante la negativa, la mujer se dio la vuelta y se alejó en busca de una pareja con quien bailar.&amp;nbsp;Recordó&amp;nbsp;una calurosa noche de junio en que conoció a una chica distinta a todas las demás. Lo supo desde el primer instante que la vio. Se habían mirado, él había&amp;nbsp;intuido un atisbo de sonrisa, y la había sacado a bailar. «Claro», respondió ella con seguridad y, todavía lo recordaba, con una dulzura solo comparable a la de su rostro. Mientras bailaban, separados por una prudente distancia, el cantante entonaba&amp;nbsp;&lt;em&gt;Bésame mucho&lt;/em&gt;. No se atrevió a hacerlo, mucho menos a pedírselo, aunque ganas no le faltaron. Ella no dijo una sola palabra, de vez en cuando miraba a su alrededor con la cabeza alta, como desde un pedestal a él&amp;nbsp;vedado, y, después, cuando se separaron, desapareció. Eugenio la buscó largo rato, vagando por entre los bailarines como en una pesadilla, sin dar con ella. ¿Quién era? ¿Con quién estaría? ¿Acaso se habría ido? Cuando ya pensaba que no volvería a verla, sintió a su derecha el peso de una mirada y se giró: allí estaba ella, observándolo fijamente.&amp;nbsp;Como aquella lejana noche,&amp;nbsp;también ahora se giró, y vio a su derecha a Adela, esperándolo. Al igual que entonces, no dudó en dirigirse hacia ella. Por un momento, no supo qué Adela tenía ante sí, pues la imagen que veía era, superpuesta, la de aquella jovencísima y sonriente Adela, y comprendió que era la imagen que guardaba de ella en su corazón.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;em&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/em&gt;—Creí que no iba a volver a verte —exclamó Eugenio, con idéntico alivio al de tantos años atrás.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Aquí estoy —respondió ella con el mismo brillo en la mirada—, ¿bailas?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Bailaron muy tranquilos, sus cabezas casi tocándose, ora un pequeño paso con&amp;nbsp;un pie&amp;nbsp;&lt;/span&gt;—&lt;span class="Apple-style-span"&gt;el derecho de él, el izquierdo de ella&lt;/span&gt;—&lt;span class="Apple-style-span"&gt;, ora dos con el otro, al compás de la música de Antonio Machín.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;em&gt;«Toda una vida me estaría contigo, no me importa en qué forma, ni dónde ni cómo, pero junto a ti.&amp;nbsp;Toda una vida te estaría mimando, te estaría cuidando, como cuido mi vida, que la vivo por ti.»&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Con cada estribillo, Eugenio la atraía&amp;nbsp;con mayor intensidad&amp;nbsp;hacia sí, percibiendo su progresiva fragilidad, y sintiendo, con ello,&amp;nbsp;una punzada&amp;nbsp;de creciente desasosiego en su pecho. Ojalá aquel bolero no acabara nunca, pensaba, casi con vértigo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando terminó, se separaron ligeramente, y Adela, sin soltar su mano, le dijo con dulzura:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Feliz aniversario.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;junio 2011&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://david-conde.blogspot.com/2011/06/noche-cerrada.html"&gt;Leer   3. Noche cerrada&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-4665541364907702012?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/4665541364907702012/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/toda-una-vida.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4665541364907702012'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4665541364907702012'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/toda-una-vida.html' title='2. Toda una vida'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-5089961149225708634</id><published>2011-06-29T12:58:00.003+02:00</published><updated>2011-07-07T10:19:11.302+02:00</updated><title type='text'>3. Noche cerrada</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Se puso el cigarrillo entre los labios, lo encendió y le dio una primera y prolongada calada. Tragó el humo, esperó apenas unos segundos y lo dejó salir poco a poco, mirando fijamente, los ojos entrecerrados, cómo se esparcía por el lugar al tiempo que dibujaba caprichosas formas azuladas. Idéntica tonalidad presentaban las cortinas, las paredes, el techo, los muebles, a causa de la tenue luz crepuscular que se colaba por las rendijas de la persiana. No tardarían en ser devorados por la oscuridad, pensó con aprensión, mientras dejaba el mechero sobre la mesilla.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Estás bien? —preguntó ella, quitándole el cigarrillo y llevándoselo a sus labios—. Llevas un rato callado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Él no contestó, se limitó a asentir en silencio, por lo que ella insistió:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué piensas? Anda, cuéntamelo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pronto será noche cerrada —respondió él.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué, te da miedo la oscuridad? —preguntó burlona.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No exactamente.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues a mí, estar contigo en la cama, así, desnuditos y abrazaditos, sin prisa, mientras afuera la luz desaparece por completo, me encanta.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Y a mí, pero yo me refería a otra cosa. Hoy me he dado cuenta de que algún día dejaré de vivir. Que mi vida, como este cigarrillo —le dio otra calada—, se consumirá un día para siempre. Del todo. Que moriré, vaya. Y como no soy religioso, y no espero un cielo o un infierno, ese día supondrá el fin con mayúsculas. Supondrá volver al mismo estado que antes de nacer. ¿Te has parado a pensar alguna vez que la vida no es más que un fugaz paréntesis? Pues ese día yo cerraré el mío. ¿Y qué sucederá? Nada en absoluto. Simplemente pasaré de estar vivo a no estar, de ser a no ser, de pensar que pienso luego existo a no poder pensar. Y ya. Por eso soy incapaz de imaginar cómo será ese paso, qué sentiré al darlo. Hoy lo he intentado, pero no lo he conseguido. Esta tarde, al salir del hospital y entrar en el coche, me senté, cerré los ojos y me pareció verme flotando en el espacio, rodeado de estrellas (siempre tuve el sueño de ser astronauta), hasta que advertí, primero, que no alcanzaba a divisar ninguna pues no me encontraba en el espacio sino en medio de una oscuridad impenetrable, y comprendí, después, que ni siquiera estaba, pues lo que acertaba a imaginar no era una presencia sino, como no podía ser de otra manera, una ausencia: mi propia ausencia. Y, jo, es una sensación agobiante. Parecido a esas pesadillas infantiles en que muere tu padre, o tu madre, o ambos, pero mucho peor, pues esto no es un sueño del que puedas despertar.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Bueno, yo también lo he pensado alguna vez, cómo no, pero para eso todavía falta mucho, cielo; no ganas nada con agobiarte. Sobre todo porque es algo que sucederá y no puedes cambiarlo sino valorar que la vida será un paréntesis fugaz como dices, sí, pero un paréntesis maravilloso —dijo acurrucándose cariñosa.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Le había llamado «cielo» con la delicadeza —le pareció— de una mariposa que, después de revolotear inquieta por la habitación, se hubiera posado al fin sobre su pecho, infundiéndole un calor especial: el de una madre consolando a su hijito asustado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Da igual cuánto falte —continuó, en apariencia impasible, luego de otra calada—. No me agobia la sensación sino el hecho de no desprenderme de ella, pues recuerdo haber sentido algo parecido ya de niño. Una especie de sueño recurrente, o más bien de pensamiento obsesivo, a eso de los ocho o nueve años.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y te acuerdas?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Cómo olvidarlo. Toma —le pasó el cigarrillo—. Antes de dormirme, o si me despertaba a media noche, en ese estado en que no tienes sueño y el cerebro da vueltas libremente, la oscuridad de la habitación me llevaba a imaginar cómo sería la ciudad a aquellas horas.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y cómo era?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Oscura, como la noche. No sé por qué, pero la noche siempre la imaginaba cerrada, sin luna. La iluminación de las calles era muy precaria, sin más luz que la amarillenta de aquellas titilantes y tenebrosas farolas antiguas, y no se veía un alma por ningún sitio. En un determinado momento se oía el silbato de una locomotora, pero, para cuando quería llegar al paso a nivel que había a escasos quinientos metros de la casa en la que vivía con mis padres, el tren de mercancías ya había pasado. Allí no había ni vigilante ni coches esperando a cruzar. No había nadie. Únicamente el brillo metálico de los viejos raíles me decía que no estaba ante los vestigios de una vía abandonada. Otras veces oía la sirena de una ambulancia, y al instante estaba deambulando por los pasillos vacíos del hospital, donde solo había luz en el cuarto en el que debían estar las enfermeras, pero de las que tampoco había ni rastro. Y otro tanto pasaba con el esporádico rugido del camión de la basura: siempre se encontraba en otra calle. En aquel tiempo, a diferencia de ahora, apenas se oían ruidos por la noche: la vida a ciertas horas quedaba como suspendida. Y yo lo sabía, pero lo que me inquietaba no era tanto no encontrar a nadie sino saber que yo tampoco estaba allí, que yo allí no era más que una ilusión, y que cuando de verdad hubiera alguien, de seguro no iba a notar mi ausencia. ¿Te das cuenta? Es la misma sensación que ahora, con cuarenta años, cuando pienso en el día en que cerraré el puñetero paréntesis.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Vaya, ¿y qué decían tus padres? ¿Llegaron a enterarse?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No lo sé. Sabían que me costaba dormir, así que un día me llevaron a un psicólogo, un tal Luis, que tenía el pelo grasiento, estaba a medio afeitar y fumaba tabaco negro. Me hizo un montón de preguntas, y recuerdo que&amp;nbsp;me recomendó leer las aventuras de un tal&amp;nbsp;&lt;i&gt;bombilla&lt;/i&gt;. Eran dos libros, uno rojo y el otro azul, con dibujos muy básicos, de una bombilla que volaba y competía con los pájaros a probar su puntería sobre los pobres peatones. Una bombilla: no me digas que no te parece ridículo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues no más que una esponja, la verdad. Y mira el éxito que tiene. La verdad, bichín, es que a los niños les gustan las historias desde la perspectiva de alguien como ellos, con su imaginación y con su inocencia. Por eso entiendo que te recomendaran esos libros, porque necesitabas llevar una vida conforme a tu edad, y esos pensamientos... no eran los que corresponden a un niño.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Puede ser&amp;nbsp;—le había gustado eso de «bichín»—. Aunque no tengo muy claro qué pensamientos corresponden a un niño y cuáles no, y, sobre todo, de quién es la responsabilidad.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Por qué dices eso?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Él no se dio prisa en contestar. Antes de hacerlo, inspiró profundamente:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Mi hijo lleva una semana con terrores nocturnos. El pediatra dice que todo es normal, que su sistema nervioso central tiene que madurar, o algo así, y que sólo le sorprende lo joven que es.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Cuántos años tiene?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ayer cumplió dieciocho meses. Mi mujer dice que la culpa es mía, y, ¿sabes?, estoy por pensar que tiene razón.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es muy joven para tener terrores nocturnos, sí.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ella dice que los tengo desatendidos, y que el niño tiene miedo al abandono; al mío, claro. Imagino que ella también, no es tonta. Y lo cierto es que viajo bastante, qué te voy a contar a ti, pero es lo que hay: de alguna manera hay que meter dinero en casa, aunque vender medicamentos no sea muy edificante que digamos.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Cariño, ¿y tú qué dices? No te sentirás culpable, ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —En parte sí. Desde que nació David,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;se volcó con él, como es normal, y yo pasé a un segundo plano. Todas las atenciones, todos los mimos, todas las palabras cariñosas, eran para él, y yo empecé a sentirme desplazado. Ya sé que son celos infantiles, pero no por convertirte en padre dejas de tener ciertas necesidades, y yo también necesitaba cariño, aunque eso ella parecía ignorarlo. Así que en el trabajo acepté la vacante de un puesto en el que prácticamente me doblaban el sueldo a costa de viajar más, de pasar más tiempo fuera de casa, y poco a poco fui alejándome de&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Marta&lt;span class="Apple-style-span"&gt;. Y en estas te he conocido a ti, que me das lo que necesito, aunque nos veamos a cuentagotas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tal vez por eso mismo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Tal vez. El caso es que no tengo nada claro lo que siento por ella. Y tampoco sé si quiero saberlo por el momento. En cuanto a David, cuando estoy en casa procuro pasar con él todo el tiempo que puedo, pero tengo la sensación de que no es suficiente, de que nada lo es, y me siento fatal. Y no te digo hoy que me he dado cuenta de que el pobre lleva el miedo en los genes, heredado de su padre.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Anda, ven.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Como un bebé que se aferra al pecho de su madre y succiona con ansia del pezón en pos de alimento, así sumergió su cabeza en los brazos que ella le ofrecía en busca de consuelo. No tardó en calmarse, y se habría quedado dormido si no hubiesen empezado a sonar las primeras notas de la&amp;nbsp;&lt;i&gt;marcha Radetzky&lt;/i&gt;. Era su teléfono móvil, que iluminaba la habitación desde la mesilla. Tras musitar unas palabras de disculpa, se incorporó, hizo un gesto pidiendo silencio y lo cogió.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Sí?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Hola, Miguel, vaya voz que tienes, ¿te he despertado?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Hola, Marta. Pues no, pero casi, estoy en la habitación del hotel —le alivió no tener que mentir—, ¿pasa algo?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, acaba de llamar tu hermana para decir que tu padre está en el hospital. No sabía que estabas otra vez en Galicia y ha llamado a casa.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué le ha pasado a mi padre?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Al parecer, tiene una embolia pulmonar. Está muy grave.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;junio 2011&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://david-conde.blogspot.com/2011/06/calienta-el-sol.html"&gt;Leer 4. Calienta el sol&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-5089961149225708634?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/5089961149225708634/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/noche-cerrada.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5089961149225708634'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5089961149225708634'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/noche-cerrada.html' title='3. Noche cerrada'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-7515072049884606434</id><published>2011-06-29T12:57:00.002+02:00</published><updated>2011-07-06T13:15:53.226+02:00</updated><title type='text'>4. Calienta el sol</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Paula tenía treinta y ocho años y una hija de nueve. Madre soltera, no había vuelto a estar con un hombre desde que el padre de Sofía, cuyo nombre no se atrevía aún a mencionar, desapareció de la noche a la mañana con una compañera de trabajo&amp;nbsp;—según supo después—, estando ella embarazada de dos meses. Por una de esas casualidades del destino, él no llegó a enterarse de su embarazo, pues Paula, que quería darle una sorpresa por su segundo aniversario, no se lo dijo en cuanto lo supo, a las siete semanas, y luego ya no hubo aniversario que celebrar ni destinatario a quien dar la noticia.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Al principio el shock fue tan grande que no fue capaz ni tan siquiera de odiarlo; antes al contrario, se culpaba a sí misma de que hubiera preferido a otra, y lamentaba no haberle dicho a tiempo que estaba encinta, pues tal vez así no se hubiera ido. Después, conforme pasaban los meses y su tripa aumentaba de volumen sin tener noticias suyas ni modo de localizarlo, empezó a cambiar de opinión. Para cuando nació Sofía, se alegraba de no habérselo dicho: él no la merecía&amp;nbsp;—«si no me quieres no me mereces», solía repetirse—, mucho menos a su hija, y la perspectiva de criarla sola ya no le parecía tan desoladora. En el registro inscribió a Sofía con sus mismos apellidos, como dictaba la ley, pero en orden inverso, y como nombre paterno eligió el de su padre: Francisco.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Cuidar de su hija le ayudó a superar el trauma&amp;nbsp;poco a poco. Era enfermera, y se reincorporó al trabajo&amp;nbsp;después de la baja por maternidad, por lo que aceptó gustosa la ayuda de sus padres para no desatender a Sofía.&amp;nbsp;«No tendrás padre, pero no te faltarán unos abuelos como Dios manda», solía decirle el abuelo Francisco a la niña. Con el tiempo, sus sentimientos con respecto al padre de su hija se asentaron y pudo analizarlos con la calma debida. Había sido el amor de su vida, y sabía que, si un día volvía para quedarse, y se lo demostraba,&amp;nbsp;terminaría por recibirlo con los brazos abiertos a pesar de todo,&amp;nbsp;pero al mismo tiempo era consciente de que aquello no sucedería, y que más le valía que él no supiera que tenía una hija si no quería tener serios problemas&amp;nbsp;a cuenta de la custodia. Lo mejor sería olvidarlo por completo, si bien no tardó en comprender que no podría por más que se lo propusiera: un sentimiento tan intenso y, no le dolía reconocerlo, tan maravilloso como el que había sentido, era imposible de olvidar. Además, estaba convencida de que jamás volvería a sentir algo parecido, por lo que optó por dejar que el recuerdo de aquel sentimiento le hiciese compañía en el futuro, ¿qué mal podría hacerle? En cuanto al dolor por la pérdida, confiaba en que con el tiempo acabaría desapareciendo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Paula se levantó del sillón, sacó un botellín de cerveza del frigorífico, lo abrió y bebió un trago. «Mami, ¿por qué no te echas novio?», había preguntado su hija al acostarse, y ella la había despachado con una evasiva: «Anda, duérmete, que es muy tarde; mañana hablamos, ¿vale?» Con el botellín en la mano, volvió a sentarse. Cerró los ojos.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Transcurridos nueve años, el dolor había remitido por entero, no así el recuerdo de aquel amor, que seguía acompañándola, insistente, día tras día, y que empezaba a revelarse como dañino. Llevaba mucho tiempo diciéndose que cuando&amp;nbsp;el amor&amp;nbsp;volviera a encontrarla no dudaría en tomarlo, pero lo cierto era que ese recuerdo inseparable actuaba como una de esas&amp;nbsp;&lt;em&gt;carabinas&lt;/em&gt;&amp;nbsp;que antaño acompañaban a las señoritas para evitar que hicieran algo&amp;nbsp;«indecoroso»: en los últimos años había tenido varios pretendientes, mas ninguno a la altura de su recuerdo; con ninguno se ilusionaba como una vez se ilusionó, y por lo tanto con ninguno adivinaba que pudiera sentirse especial y plena como aquella vez se sintió y como&amp;nbsp;&lt;em&gt;sabía&lt;/em&gt;&amp;nbsp;que se podía y debía sentir.&amp;nbsp;Por supuesto,&amp;nbsp;todos terminaban arrojando la toalla sin saber que, además, a causa de ese recuerdo&amp;nbsp;de ninguno se fiaba ya...&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Apuró la cerveza y, dado que no había nada interesante en la televisión, aquel domingo decidió acostarse un poco antes de lo normal. «No me vendrá mal descansar, que mañana toca madrugar de nuevo». Presentía que le costaría dormir, por lo que tomó media pastilla de tranquilizante.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; A la mañana siguiente, después de tomar un café en casa y otro, muy cargado, en la cafetería del hospital, se puso la bata y se dirigió rauda a la seiscientos tres, según correspondía. Allí se encontró con Charo, auxiliar de enfermería, que estaba terminando de hacer la cama que hasta el día anterior ocupara un paciente con angina de pecho. En la otra cama dormía Eugenio, el anciano&amp;nbsp;a quien debía cambiar el suero y tomar la temperatura y&amp;nbsp;que se recuperaba de una embolia pulmonar. A diferencia de la semana pasada, estaba fuera de peligro, y por eso ya no le acompañaba su esposa. La habitación presentaba una tonalidad azul claro: amanecía.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Buenos días, Charo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Hola, Paula, ¿qué tal estás? ¿Cómo está tu hija?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Ay, chica, no me hables, he dormido fatal. ¿Sabes lo que me dijo anoche Sofía? Que por qué no me ¡echo novio! ¿Tú te crees?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Madre del amor hermoso, qué niña! ¿Y qué le dijiste?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Nada, qué le voy a decir. Supongo que debería hablar con ella, ¿no crees?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Por eso has dormido mal.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Si. Me da miedo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Pues nada, mujer, le puedes decir que estas cosas no se buscan, se encuentran, y que el mercado está muy mal&amp;nbsp;—sentenció Charo, saliendo de la habitación&amp;nbsp;—. Seguro que lo entiende&amp;nbsp;—añadió desde el pasillo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Y que lo digas&amp;nbsp;—se dijo para sí misma.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Una vez hubo cambiado el suero, Paula le colocó el termómetro a Eugenio, que ya estaba despierto, en la axila. No se le escapó la mirada de desconfianza del anciano al termómetro digital.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Buenos días, Eugenio. Veo que está mejor, ¡cuánto me alegro!&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Eugenio no contestó.&amp;nbsp;A Paula le pareció que una sombra cruzaba por su mirada, ¿acaso no estaba contento? Por el movimiento de la cabeza, se diría que no encontraba las palabras adecuadas.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Su hija tiene razón&amp;nbsp;—dijo al final.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Perdone?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Su hija tiene razón&amp;nbsp;—repitió—, debería echarse novio. ¿Por qué no lo hace?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Pero bueno! ¿No sabe usted que no es de buena educación escuchar conversaciones ajenas?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Comprenderá que a mi edad me importa poco lo que es o no de buena educación.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Además no es mi hija. Sofía es la hija de una amiga.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Una amiga? Vaya, entendí mal, disculpe. Y, perdone que le pregunte, ¿por qué su amiga no se echa novio? Seguro que es joven y con toda la vida por delante. Y guapa, como usted.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Pues porque no es fácil, Eugenio&amp;nbsp;—contestó, áspera, pese a que la había halagado el cumplido—. Verá, a mi amiga la abandonó su novio, a quien quería con locura, estando embarazada, y ahora no se fía de cualquiera.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Ni con cualquiera llega a sentir lo que sintió.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Exacto. Además ya casi tiene cuarenta años, y a esa edad encontrar a alguien que merezca la pena es poco menos que imposible.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Escúcheme. Yo creo que su amiga tiene miedo a fracasar. Pero también a disfrutar, y a vivir. El miedo es una cosa tremenda, se extiende como la peste. Dígale de mi parte que no fracasó ella sino el malnacido que la abandonó, que la vida es muy corta como para perder el tiempo en miedos y lamentaciones, y que tenemos la obligación moral de disfrutarla, pues es lo único, me refiero a la vida, que de verdad nos pertenece.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Eso es cierto&amp;nbsp;—reconoció, sorprendida ante la repentina simpatía que sentía por aquel anciano. Era la primera vez que hablaba de este tema con alguien de distinto sexo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Ah, y dígale también que no intente volver a sentir lo mismo porque eso es imposible, pero que si tiene un poco de paciencia al principio, después vendrá todo rodado. Siempre hay gente que merece la pena, se lo dice uno que ha vivido mucho y que lleva nada menos que cincuenta años con su mujer.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¡Caray! Pues sí, cuando la vea, se lo diré, guarde cuidado.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—No tarde. El tiempo es oro. Y recuerde: no hay que tener miedo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Se oyó un pitido. Era el termómetro: treinta y seis con ocho.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—Eugenio, está usted como una rosa. Lo que no me explico es cómo ha podido usted olvidarse de tomar el&amp;nbsp;&lt;i&gt;sintrom&lt;/i&gt;&amp;nbsp;durante una semana. Vaya memoria la suya. Dígale a su mujer que se lo recuerde. Ha estado usted a punto de morir.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; El hombre asintió lentamente, muy serio, antes de hablar:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Sabe usted? Yo también tenía un amigo.&amp;nbsp;—&lt;i&gt;«Touché»&lt;/i&gt;, se dijo Paula—. Su mujer estaba enferma y vivía obsesionado con lo que sería de él si ella moría antes, pues no se llevaba bien con sus hijos. Seguro que lo meterían en un asilo y se olvidarían de él, solía decir. Todos los días tomaba un medicamento para la hipertensión, hasta que un día se le ocurrió que si dejaba de tomarlo a lo mejor el problema se le resolvería. Y... no se le resolvió.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Eso intentó su&amp;nbsp;&lt;i&gt;amigo&lt;/i&gt;? Un poco egoísta por su parte, ¿no cree?&amp;nbsp;Por cierto, ¿qué decía usted antes del miedo?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Esto último lo dijo mientras salía por la puerta, indignada. Sin embargo, cuando a mediodía volvió a casa y recordó la conversación mantenida con el viejo, le pareció que el sol calentaba con otra fuerza.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;junio 2011&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-7515072049884606434?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/7515072049884606434/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/calienta-el-sol.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/7515072049884606434'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/7515072049884606434'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/06/calienta-el-sol.html' title='4. Calienta el sol'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-5027339373660806128</id><published>2011-04-08T00:54:00.008+02:00</published><updated>2011-04-08T10:10:31.991+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='mano de barbero'/><title type='text'>Mano de barbero</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Conocí a &lt;i&gt;Umbral &lt;/i&gt;una fría mañana de sábado. No recuerdo el mes, ni el año,&amp;nbsp;pero sí que los cristales estaban completamente empañados y que la campanilla sobre la puerta apenas sonó&amp;nbsp;cuando entró. Me figuro que era un rasgo de su carácter&amp;nbsp;—el intentar pasar desapercibido, o acaso el no molestar—, porque siempre entró con la máxima cautela, hasta el punto de llegar a sobresaltarme en alguna ocasión. Era un tipo peculiar.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Siéntese, caballero&amp;nbsp;—le dije una vez hube terminado de medio barrer el suelo.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Gracias.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Cómo lo quiere?&amp;nbsp;—le pregunté mientras le colocaba la capa y se la anudaba al cuello.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Corto en los laterales y en la parte de abajo, y no muy corto por arriba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Muy bien.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Es que tengo dos remolinos&amp;nbsp;—añadió bajando la cabeza, no sé si para mostrarme el cogote, donde se hallaban los remolinos, o para tratar, inútilmente, de vérselos en el espejo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Fue aquel primer día cuando, al disponerme a arreglarle las patillas —de roquero, como Elvis: anchas y terminadas en punta hacia la nariz—, rocé su mejilla con el dorso de mi mano. Su piel reaccionó con un escalofrío, pero no se quejó; únicamente al cabo de un rato comentó:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Sabe qué le oí decir una vez a Paco Umbral?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Dígame.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Hay tres cosas siempre frías. Nalga de mujer —hizo una pausa, observándome a través del espejo, y esbozó una levísima sonrisa: esperaba la mía—, hocico de perro —otra nueva pausa, más larga que la anterior—...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿... y?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Y mano de barbero.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;No pude reprimir una carcajada. Él sonreía con la satisfacción de quien ve cumplido su propósito. Me pregunté cuántas&amp;nbsp;nalgas de mujer habría tocado aquel muchacho de apenas veinte años, pero no tardé en decirme que probablemente más que yo, y eso que podría ser su padre. «La próxima vez que venga, si es que hay próxima vez, ya sé cómo le llamaré: &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;», pensé. Y con &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt; se quedó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Debió quedar conforme con el resultado, porque, habiendo otras tres peluquerías de caballeros en el barrio, volvió al mes siguiente y sucesivos. Como un reloj suizo, acudía a cortarse el pelo cada cuatro o cinco semanas, y así, huelga decirlo, pronto se convirtió en uno de mis mejores clientes.&amp;nbsp;Cada vez que venía, entraba con su habitual precaución y, acto seguido, teníamos un breve intercambio de palabras&amp;nbsp;que con el tiempo se hizo costumbre: «¿Qué tal, &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;? Siéntese. ¿Cómo lo quiere?» «Hola. Gracias. Corto en los laterales y en la parte de abajo, y no muy corto por arriba, que tengo dos remolinos.» A continuación, miraba fijamente su imagen en el espejo y caía por momentos en un mutismo (en ocasiones daba la impresión de llegar incluso a dormirse) del que salía&amp;nbsp;para darme su parecer sobre alguna noticia que estuvieran comentando en la radio o&amp;nbsp;—cuando compré una—&amp;nbsp;en la televisión, o para hacerme partícipe de sus pensamientos sobre cualquier cuestión que le interesara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Umbral&lt;/i&gt; tenía un elevado sentido de la justicia, como puso de manifiesto con motivo del genocidio de Ruanda:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Es indignante&amp;nbsp;—me dijo—, un millón de muertos y nadie hace nada. Y eso que, según dijeron el sábado en &lt;i&gt;Informe Semanal&lt;/i&gt;, en Francia, Bélgica, Alemania y Estados Unidos sabían lo que estaba pasando, y todos han mirado para otro lado. Eso, claro, si no han propiciado&amp;nbsp;de alguna manera&amp;nbsp;la masacre, que no me extrañaría lo más mínimo. Y en Chechenia lo mismo: mueren decenas de miles de civiles, de inocentes, que para mí todos los muertos civiles son inocentes, y la comunidad internacional se lava las manos; luego decimos de Pilatos. Que paren el mundo que me bajo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Lo cierto es que, por aquella época, &lt;i&gt;Umbral &lt;/i&gt;se sentía en guerra&amp;nbsp;permanente&amp;nbsp;con el mundo. Así, no se perdía ninguna noticia negativa, con lo que se crispaba cada vez más. Y como en los noticiarios&amp;nbsp;parecía que solo eran noticia las negativas, el resultado era que no ganaba para disgustos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Si se acuerda, en enero murieron más de seis mil personas en el terremoto de Kobe. Eso fue una&amp;nbsp;desgracia. Ahora los serbios han matado a más de ocho mil civiles, ci-vi-les, en Bosnia. Esto no es una desgracia: es una&amp;nbsp;auténtica vergüenza. Es que me hierve la sangre de solo pensarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Poco a poco fue cogiendo confianza, y sus comentarios ya no se circunscribieron a las noticias sino que empezó a compartir sus reflexiones, aunque nunca se explayó más de lo estrictamente necesario. Ahora entiendo que necesitaba soltarlo para desahogarse, pero entrar en materia ya no le interesaba tanto.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Luis Ángel&amp;nbsp;—me preguntó un día—, si te chupas un dedo, ¿eres capaz de distinguir el dedo que estás chupando de la lengua que está chupándote el dedo? O, si te tocas un brazo, ¿eres capaz de distinguir el brazo que tocas de la mano que te toca?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Pues... no me he parado a pensarlo nunca, pero imagino que sí. O no, espera. ¡Vaya pregunta!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Es que, verás, cuando nos dormimos sobre un brazo y nos despertamos, si lo sostenemos con el otro la sensación es extrañísima: no sabes si estás sosteniendo tu brazo, que parece el de un muerto, o el de otra persona.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Es cierto, ¿por qué será?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Yo creo que el cerebro se confunde cuando le llegan varios estímulos a la vez. Por eso es tan difícil quererse a uno mismo, ¿no te parece? O tener una buena autoestima.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;No me había dado cuenta, pero, en la radio, un gurú de esos que empezaban a recorrer los medios de comunicación vendiendo su libro de autoayuda estaba diciendo que para ser feliz había que empezar por quererse a uno mismo, y en su libro daba indicaciones de cómo conseguirlo. Sin descuidar las tijeras y el peine, le dirigí una fugaz mirada&amp;nbsp;a través del&amp;nbsp;espejo. Con los ojos entrecerrados, como apesadumbrado,&amp;nbsp;&lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;&amp;nbsp;no parecía muy feliz. No sé por qué lo hice, pero, como quien no quiere la cosa, de repente le pregunté:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Oye, &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;, ¿tú tienes novia?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Al momento, cuando vi que se ponía rojo como la grana, lamenté haber hecho esa pregunta, pero ya no podía volverme atrás y esperé su respuesta. ¿Qué otra cosa&amp;nbsp;podía hacer sino esperar?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—No&amp;nbsp;—me respondió—, y no es que no quiera. La verdad es que, hasta ahora, he tenido mala suerte...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Desde que abrí la peluquería, tengo por norma no hablar de más con los clientes, sino, al contrario, dejarles a ellos que se explayen cuanto quieran, pues&amp;nbsp;no soportaría parecerme a un charlatán como mis antepasados los barberos que iban de pueblo en pueblo vendiendo productos milagrosos. Pero hay otro motivo que no me importa reconocer aquí: he comprobado que la gente necesita hablar, sentir que alguien les presta atención,&amp;nbsp;desahogarse,&amp;nbsp;confesarse en cierto modo (ahora que los confesionarios han caído en desuso), y estoy convencido de que,&amp;nbsp;sin dejar de cumplir con tu trabajo, si sabes darles conversación, hablando poco y en voz baja, y les dejas que cojan confianza, que estén a gusto, entonces vuelven sin dudarlo.&amp;nbsp;En esta ocasión había sobrepasado todos mis límites, reconocí con pesar, y cambié&amp;nbsp;rápidamente&amp;nbsp;de conversación. Por suerte, él no pareció darle mayor importancia.&amp;nbsp;Desde aquel día, me propuse, al menos con &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;, extremar la precaución. No tengo claro que fuese una decisión acertada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;No transcurrieron ni tres semanas cuando regresó. Fue un lunes, al día siguiente del domingo en que asesinaron a Miguel Ángel Blanco y que tan conmocionados nos dejó a todos. Entró cabizbajo, tan lento que la campanilla ni se inmutó. Me dirigió una mirada breve, intensa, que me recordó a un perro abandonado, y se sentó en el sofá a esperar su turno. En la radio no hablaban de otra cosa.&amp;nbsp;«Todos somos Miguel Ángel blanco», repetían una y otra vez, mientras, de fondo, un violonchelo triste y solitario ponía la banda sonora a un día en el que no conseguíamos despertar de la pesadilla. Ninguno decíamos nada: ver el rostro de la barbarie nos había dejado mudos. Cuando terminé, le indiqué a &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt; que se sentara con un simple movimiento de cabeza, y me pareció que agradecía mi silencio mientras se hundía en el sillón. No había venido a cortarse el pelo, pues aún lo tenía corto, y él sabía que yo lo sabía, así que se lo arreglé mínimamente. No despegó los labios hasta que se levantó, momento en el que, tras un suspiro, dijo en voz queda:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Siento que ha muerto algo dentro de mí.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Sí, convine, el lugar donde aún conservábamos los últimos jirones de lo que tiempo atrás fue la inocencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Pasaron los años y continuaron nuestras rutinas:&amp;nbsp;&lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;, viniendo cada cuatro o cinco semanas y entrando cada vez con mayor sigilo, y&amp;nbsp;yo, cortándole el pelo de idéntica manera —con raya&amp;nbsp;en el lado derecho— tras intercambiar con él las mismas palabras de siempre; lo único que variaba era la anchura, la&amp;nbsp;longitud y la forma de sus patillas. La radio, por su parte,&amp;nbsp;no descansaba,&amp;nbsp;y escupía sin cesar noticias de todo tipo, cobrando cada vez más protagonismo las deportivas; entre las importantes, es decir, todas las demás, había algunas positivas como el fin de la violencia armada en Irlanda y las referidas a la Estación Espacial Internacional y al Genoma Humano,&amp;nbsp;pero&amp;nbsp;&lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;&amp;nbsp;sólo&amp;nbsp;tenía palabras para las negativas,&amp;nbsp;que eran legión: terremotos, inundaciones, el&amp;nbsp;&lt;i&gt;11-S&lt;/i&gt;, el&amp;nbsp;&lt;i&gt;Prestige&lt;/i&gt;, la Guerra de Iraq,&amp;nbsp;el&amp;nbsp;&lt;i&gt;11-M&lt;/i&gt;, el tsunami de Indonesia... La única noticia positiva sobre la que se pronunció fue&amp;nbsp;la absolución a causa de la presión internacional de una mujer nigeriana que iba a ser lapidada por adulterio, en los siguientes términos:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Menos mal, aunque no tengo claro que esto sea una buena noticia. Para ella sí, claro, pero allí no van a abandonar esas creencias tan atrasadas, están demasiado arraigadas, y menos cuando esto para ellos es una demostración de que su sistema funciona bien. En cambio, aquí en occidente esto nos hace&amp;nbsp;enorgullecernos de&amp;nbsp;lo avanzados que estamos, cuando en realidad aún tenemos mucho machismo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Pero poco a poco lo vamos dejando atrás, ¿no crees?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Demasiado poco a poco. Fíjate en el cine, por ejemplo: las actrices deben ser jóvenes y guapas, y sin embargo no importa que los actores no lo sean. Siempre ha sido así, y así sigue siendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Un buen día, la campanilla tintineó con inusitada alegría. Cuál no sería mi sorpresa al ver que quien había entrado era no otro que &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;. Estaba mirando algo en su teléfono móvil, y abrió la puerta con despreocupación. Hasta que llegó su turno, no dejó de mirar y, me pareció, escribir algo en su teléfono.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Qué tal,&amp;nbsp;&lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;? Siéntese.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Hola. Gracias.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Cómo lo quiere?&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Corto en los laterales y en la parte de abajo, y no muy corto por arriba, que tengo dos remolinos. Como siempre, vamos.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Muy bien.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Mientras le humedecía el cabello antes de disponerme a cortárselo, observé que tenía la cara caliente y le brillaban los ojos. Estaba contento, incluso emocionado.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Qué tal estamos?&amp;nbsp;—le pregunté.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Bien, bien&amp;nbsp;—respondió, y cerró los ojos.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;No volví a hablar.&amp;nbsp;En el televisor, que ocupaba el lugar de la vieja radio, hablaban de los atentados en el metro de Londres, pero permaneció indiferente. No dijo nada. Parecía que no le importara lo que pasaba. O tal vez era que ni siquiera lo oía. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Al terminar, le quité la capa, sacudí sus hombros con un cepillo y me dirigí a la caja, adonde me siguió y me pagó el importe exacto. Eso también era novedad. Tenía prisa, pues sólo dijo «hasta la próxima, gracias», esto último ya desde la calle. La campanilla se quejó, ofendida.&amp;nbsp;Aquel comportamiento me sorprendió, pero tenía la peluquería llena y mucho trabajo por delante, y no podía distraerme.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Que &lt;em&gt;Umbral&lt;/em&gt; había cambiado era algo que saltaba a la vista, y podía hacerme una idea de por qué.&amp;nbsp;De pronto&amp;nbsp;venía cada cuatro semanas justas, no se preocupaba por la campanilla y le traían sin cuidado las noticias. Lo que no descuidaba en absoluto era su aspecto, en concreto sus patillas, que lucían estrechas y largas, por debajo de la oreja, tal y como se empezaban a poner de moda por aquella época. Yo diría que disfrutaba más de la vida, se le veía más reposado, y que, desde su nueva situación, observaba su realidad con otro prisma. Así, y aunque sus comentarios seguían siendo más bien escuetos, en ellos se percibía el regusto de un nuevo y altivo punto de vista. Por ejemplo, cuando en la televisión hablaron de lo que había cambiado la industria del sexo a causa de internet, sentenció:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Yo creo que el sexo está sobrevalorado.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿En serio? A ver, explícame eso.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Sí, y por eso mueve las cantidades de dinero que mueve. Yo creo que los tíos pensamos demasiado en el sexo, y me incluyo aunque yo ahora pienso de otra manera&amp;nbsp;—«¿tal vez porque&amp;nbsp;ahora&amp;nbsp;&lt;i&gt;lo tienes&lt;/i&gt;?», pensé, pero me callé—. Y es un error, porque lo idealizamos tanto que al final lo terminamos banalizando, y cuando llega el momento no lo disfrutamos como podríamos. Es una cuestión de expectativas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Creo que entiendo lo que quieres decir. Algo así como lo que le sucede a alguien con un ansia tan desmedida por la comida que no puede saborearla porque en realidad no la come: la engulle.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Equilicuá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Reflexiones de este tipo hubo unas cuantas por aquel entonces. De vez en cuando incurría en alguna contradicción. ¿O tal vez era que su pensamiento evolucionaba?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Pareces cansado&amp;nbsp;—le dije un día.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Sí, este fin de semana he tenido despedida de soltero.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Y qué tal?&amp;nbsp;—no quise preguntarle si era la suya por si acaso le incomodaba; ya me lo contaría él si quería.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Pues bien, pero me ha dejado pensativo&amp;nbsp;—yo seguía a lo mío, instándole a seguir con la mirada—.&amp;nbsp;¿Sabes, Luis Ángel? Me he dado cuenta de que me voy haciendo mayor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¡Toma! Pues si tú eres mayor, imagínate yo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Resulta que el sábado terminamos en una discoteca. Me llamó la atención lo guapas que eran las chicas. Pero todas, ¿eh? Y muy jóvenes: veinte años la que más. Eran como... como rosas que acabaran de desplegar sus pétalos en medio del rocío.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Vaya, qué poético.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Es que es lo que pensé.&amp;nbsp;Recuerdo que a su edad las chicas no me parecían tan guapas; vamos, ni de lejos. Llevo dos días pensándolo, y he llegado a la conclusión de que ni antes eran más feas ni ahora son más guapas, qué va; lo que pasaba era que yo, al ser joven como ellas no era capaz de valorar su juventud como el elemento de belleza que es.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Juventud, divino tesoro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Pues sí. Y ahora comprendo que siempre le haya parecido guapo a mi abuela o que en las grandes películas de&amp;nbsp;Hollywood haya actrices jóvenes. Ya ves, eternamente jóvenes, eternamente guapas. En realidad es todo un canto a la belleza.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Y tanto.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Por cierto&amp;nbsp;—dijo inclinando la cabeza—, se me empieza a ver el cartón, ¿verdad?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Para nada, todavía tienes mucho pelo —y no sé si le mentí a él o también a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Supe que la despedida de soltero había sido la suya cuando, tres semanas después, un viernes, vino a que le arreglase el pelo para su boda al día siguiente. &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt; me dijo que se iban a ir a vivir a un piso en las afueras, pero que de ninguna manera iba a cambiar de peluquería, si bien ahora tendría que venir en coche en lugar de andando. Le deseé suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;En el verano de aquel año se jugaron los Juegos Olímpicos en Pekín, aunque ahora, por alguna razón que desconocía, había pasado a llamarse Beijing.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Los anillos simbolizan los cinco continentes que se han unido para competir fraternalmente cada cuatro años. Es curioso que estén engarzados como los dos anillos del emblema clásico del matrimonio. O una contradicción, porque, ¿desde cuándo es fraternal el matrimonio?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—A la larga se convierte en algo así&amp;nbsp;—le contesté, pues tal era mi caso.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Si va bien, porque si va mal es todo lo contrario a fraternal.&amp;nbsp;—Apretó los labios, como pensándose si decir o no algo. Al final, lo soltó—: Joder, no llevo ni cinco meses casado y ya me parece que son cuatro años, qué digo cuatro, ¡toda la vida!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Ay, &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;, a ciertas situaciones nos habituamos muy rápido, y luego el tiempo vuela.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Pero yo sabía que no era el paso del tiempo lo que le preocupaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Desde entonces se volvió más reservado. Entraba serio, sin prestar atención a la campanilla ni al resto de clientes que pudiera haber en la peluquería, me saludaba con un casi imperceptible movimiento de cabeza y se sentaba a esperar su turno. Yo le notaba cada vez más apesadumbrado, diría incluso que agobiado, y abstraído: apenas hacía comentarios, y, si le preguntaba algo, respondía prácticamente con monosílabos. Por mi parte, intenté que no variara un ápice mi trato hacia él: seguí saludándole calurosamente al entrar, manteniendo al principio el trato de usted, y no dejé de preguntarle, aunque de sobra me sabía la respuesta,&amp;nbsp;cómo quería que se lo cortara. Pensaba que &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;&amp;nbsp;estaba pasando una mala racha que algún día terminaría, y que, si proseguía con mis rutinas, tal vez él volviera a ellas el día menos pensado.&amp;nbsp;Alguna vez al irse lo seguí un momento con la mirada, y comprobé que caminaba despacio, cabizbajo, por lo que&amp;nbsp;no me&amp;nbsp;resultó extraño que me dijera:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Te has fijado que las aceras están llenas de lunares negros? Son restos de chicles, que vuelven a su ser: el alquitrán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Aun con reservas, una luz pareció iluminarle cuando, durante la ceremonia de investidura de Obama como «el&amp;nbsp;presidente número cuarenta y cuatro de los Estados Unidos de América»&amp;nbsp;(dato que repitieron hasta la saciedad), oímos cantar a Aretha Franklin.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Madre de Dios, vaya forma de cantar. Parece un gato maullando.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Sí? A mí me parece que no lo hace mal. Además, ten en cuenta que están a menos seis grados y que ya tiene sus años...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Lo que tú digas, pero yo creo que&amp;nbsp;mi hijo llorando suena mejor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Perdón? ¿Has dicho &lt;i&gt;tu hijo&lt;/i&gt;?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Sí, ¿no te he contado que he sido padre? Pues ya tiene dos semanas. Se llama igual que yo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Alguna vez me dijo su nombre, pero no lo recordaba. Con&amp;nbsp;&lt;i&gt;Umbral&amp;nbsp;&lt;/i&gt;me bastaba, ¿no? ¿Para qué quería yo memorizar otro nombre? Me arrepentí por no haber prestado atención en su momento, pues preguntarle habría supuesto una tremenda desconsideración.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—No, no me lo habías dicho, pero me alegro mucho. Enhorabuena.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Asintió con una sombra de resignación en la mirada. Como si, en lugar de felicitarle, le hubiera dicho&amp;nbsp;«lo siento».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Meses después, la selección española ganó el mundial de fútbol, lo cual fue una de las pocas alegrías para una sociedad golpeada por los embates de la crisis económica. El contraste entre la algarabía general y la gravedad de &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt; era notable. Hablaba por teléfono mientras yo terminaba de atender al niño del frutero. De vez en cuando, y para que no le oyéramos, salía a la calle, pero no consiguió evitar que alcanzara a oírle un par de frases. «No puedo consentir que esa zorra, encima, se quede con mi hijo... Así que tú verás cómo lo haces».&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Qué, jaleos de abogados?&amp;nbsp;—le pregunté cuando se sentó.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Sí&amp;nbsp;—respondió luego de un elocuente suspiro—, y no soy muy optimista que digamos, a ver&amp;nbsp;cómo termina todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Terminó mal, a juzgar por su aspecto descuidado. Empezó a espaciar sus visitas, y su pelo, de súbito entreverado de canas y visiblemente más ralo, lucía cada vez más largo. La barba de varios días no contribuía a mejorar su imagen, y sus patillas, en exceso pobladas, evidenciaban que, como del pelo, yo era el único que se ocupaba de ellas. En consecuencia, me esmeraba en asearle cuanto podía, llegando a lamentar en alguna ocasión no disponer ya de los útiles de barbero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;El desastre de Japón pareció despertarle de su letargo:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Pobre gente. Imagínate: partes de la nada, con mucho esfuerzo y sacrificio consigues levantar una casa, crear un hogar, y ¿para qué? Para que luego, de repente, venga una ola y se lo lleve todo, familia incluida, arrojándote, si&amp;nbsp;tienes —sacó las manos de debajo de la capa y dibujó en el aire dos grandes comillas— la suerte&amp;nbsp;de sobrevivir,&amp;nbsp;a&amp;nbsp;la nada más absoluta. Y esta segunda nada no tiene nada que ver con la primera. Es infinitamente peor, te lo puedo asegurar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Es terrible. Sin embargo, lo que más me llama la atención es que ellos&amp;nbsp;—señalé con la cabeza al televisor—&amp;nbsp;lo aguantan sin protestar. Me recuerdan a cuando de joven en el pueblo destrozábamos el nido de algún jilguero, no se paraba a quejarse sino que empezaba de nuevo a construir otro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Bueno, una cosa es que los japoneses no se lamenten en público, de qué les serviría, y otra que no les duela o que no tengan sentimientos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Ya imagino.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Sabes lo que es el &lt;em&gt;seppuku&lt;/em&gt;, Luis Ángel?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿El qué? Ni idea.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Y el &lt;em&gt;haraquiri&lt;/em&gt;?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pues... no exactamente. Sé que tiene algo que ver con abrirse el vientre, ¿no? &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Sí, el &lt;i&gt;seppuku&lt;/i&gt; o &lt;i&gt;haraquiri&lt;/i&gt; es el suicidio ritual japonés. Significan lo mismo, pero el término &lt;i&gt;haraquiri&lt;/i&gt; allí se considera vulgar. El &lt;i&gt;seppuku&lt;/i&gt;&amp;nbsp;era una práctica común entre los samuráis, a quienes la muerte natural les parecía poca cosa. Antes de ver su vida manchada por un delito, o si les condenaban a muerte, se mataban desgarrándose el abdomen. Pero no se mataban de cualquier manera, no: antes bebían &lt;em&gt;sake&lt;/em&gt;, una bebida alcohólica hecha a partir del arroz, parecido a la cerveza, y componían un poema de despedida sobre el &lt;em&gt;tessen&lt;/em&gt; o abanico de guerra.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—Caray.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;—¿Sabes quién fue Yukio Mishima?&amp;nbsp;—Negué con la cabeza—. Fue un escritor japonés que pudo haber ganado el nobel de literatura. Bueno, pues murió así en los años setenta. La verdad es que los japoneses ven el suicidio de otra manera que en occidente. Y me dan cierta envidia por ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;Esta fue la última conversación que mantuve con &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;, y la última vez que lo vi, pues desde aquel día no volvió por la peluquería.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;A lo largo de los más de treinta y cinco años que llevo en la profesión, he perdido&amp;nbsp;numerosos clientes. Unos, porque cambian de lugar de residencia; son los menos, y también los únicos que se despiden, y yo se lo agradezco y les deseo suerte. Otros, porque deciden ir a otra peluquería&amp;nbsp;—son libres de hacerlo—, hecho del que no soy consciente hasta que, pasado un tiempo sin atenderlos, los veo por la calle con el pelo cortado por otro que no soy yo; en este caso me planteo hasta qué punto mis precios son competitivos y si mi trabajo y mi trato son mejorables. Los hay que se compran una máquina cortapelo y se lo cortan ellos mismos en casa: suelen ser relativamente jóvenes y con problemas de alopecia; me doy cuenta cuando me los encuentro por ahí con la cabeza mal rapada. También están los que&amp;nbsp;desaparecen sin que se sepa qué fue de ellos. Por último, están los que se mueren, ya sea por edad, enfermedad o accidente, y se diferencian de los desaparecidos en que dejan de serlo en cuanto algún vecino o amigo tiene a bien darme la noticia.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;A &lt;i&gt;Umbral &lt;/i&gt;no sé en qué categoría ubicarlo.&amp;nbsp;Al principio fue el televisor, con sus deprimentes noticiarios y huérfano de sus comentarios ingeniosos, el que me recordaba que los meses pasaban y &lt;em&gt;Umbral&lt;/em&gt; no volvía, y que cada vez entraba más dentro de lo posible que no volviera jamás. Motivos había para opinar así. Lo cierto es que sentía una viva curiosidad por saber qué había sido&amp;nbsp;de él pero, ¿de qué forma&amp;nbsp;podía&amp;nbsp;averiguar algo? No sabía&amp;nbsp;su número de teléfono, pues nunca llamó para pedir hora, no sabía dónde vivía, no sabía ni tan siquiera su nombre. Y no le vi hablar&amp;nbsp;nunca&amp;nbsp;con nadie, por lo que tampoco sabía de nadie que le conociera. En definitiva, no tenía forma de saber de él, así que lo dejé pasar. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; He de reconocer que, una vez han dejado de venir, no me quita el sueño lo que pueda haberles sucedido a mis clientes, por mucho cariño que haya podido cogerle a alguno como a &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt;, pues de sobra sé que lo que tengo que hacer es trabajar sin desmayo para atraer a nuevos clientes si no quiero que el negocio se hunda. No hay tiempo para contemplaciones. Así es como concibo esta profesión, y puedo afirmar sin rubor que me ha ido muy bien. Quizá pienses que soy frío&amp;nbsp;—como mi mano—, calculador, insensible, y puede que lo sea en cierto modo, pero te invito a considerar la vida como un negocio en el que, si te paras y te lamentas más de la cuenta por lo perdido ayer, lo único que consigues es perder más hoy y, de rebote, mañana, y tal vez cambies de opinión. A &lt;i&gt;Umbral&lt;/i&gt; le habría ido mejor.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;br /&gt;abril 2011&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-5027339373660806128?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/5027339373660806128/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/04/mano-de-barbero.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5027339373660806128'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5027339373660806128'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/04/mano-de-barbero.html' title='Mano de barbero'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-8169751274601668947</id><published>2011-03-19T16:47:00.008+01:00</published><updated>2011-03-19T16:57:16.792+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Albert Jacquard mundo finito'/><title type='text'>El mundo finito, según Albert Jacquard</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Extracto del libro "Éste es el tiempo del mundo finito", de Albert Jacquard (Acento Editorial, 1994, pgs. 93 a 95)&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Es un hecho reciente la constatación de la finitud de la tierra de los hombres. No ha entrado aún en nuestra conciencia. La mayoría de nuestros reflejos, y hasta de nuestros razonamientos, están basados en la idea implícita de que nuestro dominio es infinito y sobre todo inagotable. Hemos tomado en nuestras manos el devenir sin saberlo. Nos hemos comportado como niños despreocupados, convencidos de que encuentran sin fin a su alrededor todo lo necesario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No ha faltado nunca el espacio. Durante mucho tiempo los hombres han sido nómadas; cuando los recursos parecían insuficientes la tribu migraba hacia un emplazamiento mejor. Poco a poco, el ingenio se desarrolló hasta el punto que los hombres se instalaron de manera durable en zonas donde ningún primate habría podido subsistir.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Cómo no recordar aquí a Angmagssalik, ese pequeño pueblo de la costa este de Groenlandia, donde unos centenares de inuit (esquimales) vivieron totalmente aislados durante muchos siglos hasta la llegada de un explorador danés en 1884? Allí no crece ningún árbol, el invierno dura diez meses, la nieve y el hielo recubren los peñascos y el mar; pero el inmenso fiordo donde los glaciares, descendiendo de los casquetes polares, envían icebergs al océano, está poblado de focas. Éstas proporcionan su carne, el aceite, las ropas de piel, y sus huesos se convierten en armas que permiten cazar a otras focas. Allí han subsistido los hombres demandando a la naturaleza sólo recursos renovados de manera constante por el ciclo de las estaciones; se ha desarrollado una civilización basada en la foca. Los amassalimiut han hecho mucho más que sobrevivir. Han construido cierta alegría de vivir y han encontrado respuestas a la angustia de la desaparición final: para ello los muertos se reencarnan, enriquecidos con toda la experiencia acumulada durante su vida, en el primer bebé que nace. Una noria de unos centenares de almas gira sin fin. Y ello es verdad tanto para las focas como para los hombres. Matar a una foca no se considera como una victoria en la lucha entre el Hombre y el animal. La víctima ha aceptado su suerte. antes de comer, cada uno decía, a guisa de &lt;em&gt;benedicte&lt;/em&gt;: «Gracias, foca, por haberme dado tu carne».&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Para los inuit de Angmagssalik, el tiempo [...] giraba sobre sí mismo, renovado sin cesar. El ciclo del nacimiento, de la vida y luego de la muerte seguida de un nuevo nacimiento, era semejante al ciclo de las estaciones, el verano sigue al invierno y precede al invierno. El equilibrio del grupo era fluctuante, según la abundancia de las focas, pero era durable, tan durable como el planeta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Brutalmente llegó la civilización o, mejor dicho, nuestra civilización. La época no era ya la de la colonización y la sumisión de los «salvajes» descubiernos en parajes lejanos. Los inuit fueron tratados con respeto, occidentalizados, evangelizados, puestos bajo control. El resultado es un etnocidio. En menos de un siglo, se ha perdido y olvidado definitivamente lo esencial de su cultura; ya no saben construir &lt;em&gt;kayak&lt;/em&gt;, esa lancha de pesca hecha con piel de foca; prefieren los platos europeos a la carne de foca y ahogan en el alcohol la tristeza de su ociosidad. Habían sido siempre unos 400 o 500. Hoy, gracias a un sistema sanitario eficaz, son más de 3.000. Sus casas prefabricadas provienen de Dinamarca, el gasóleo de su calefacción o de los motores de sus embarcaciones llega de Estados Unidos. Tan dependientes del resto de la humanidad como unos cosmonautas en tránsito por la Luna, ya no están en «su casa».&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La humanidad ha vivido a través de este siglo una aventura semejante a la de los habitantes de Angmagssalik. No la ha transformado, sin duda, un explorador venido de fuera, sino que ella misma ha segregado su transromación. Todos los equilibrios se han roto, en especial el equilibrio demográfico. Para los inuit, el etnocidio no ha sido acompañado de un genocidio; han podido sobrevivir gracias a los recursos llegados de fuera. Para la humanidad no hay un «afuera». Si no encontramos nuevos equilibrios, el autoetnocidio actualmente en marcha sólo podrá desembocar en un suicidio colectivo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Cómo imaginar estos nuevos equilibrios?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-8169751274601668947?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/8169751274601668947/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/03/la-tierra-es-finita-segun-albert.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/8169751274601668947'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/8169751274601668947'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/03/la-tierra-es-finita-segun-albert.html' title='El mundo finito, según Albert Jacquard'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-4073766987321335404</id><published>2011-02-28T23:55:01.910+01:00</published><updated>2011-03-08T14:22:08.690+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='imagen mariposas estómago raymond carver'/><title type='text'>Mariposas en el estómago</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los dedos tamborileaban inquietos sobre el volante: lo hacían al ritmo de la música pero ya no, se dijo Iván, apagando la radio y aferrándose al volante con firmeza. El pie derecho temblaba intranquilo en el pedal de freno: llegaba tarde y el semáforo en rojo lo exasperaba, ¡qué lento transcurría el tiempo!&amp;nbsp;Sin embargo, no iba a ganar nada impacientándose, por lo que trató de mantener el pie quieto y relajado; no lo consiguió hasta que, pisando el pedal a fondo, encontró un punto de apoyo.&amp;nbsp;En ese preciso&amp;nbsp;instante, un dolor sordo en el estómago reclamó su atención: no eran nervios sino hambre, decidió, ya que llevaba sin probar bocado no menos de cuatro horas (olvidaba que había comido un&amp;nbsp;bocadillo de tamaño considerable antes de salir de casa). Inspiró profundamente, y el aroma de un perfume con toques&amp;nbsp;de incienso y lima, de ámbar gris y pimienta rosa, su perfume más especial, con el que llamaba la atención allá donde fuera, le impidió seguir ignorando la realidad: estaba emocionado como un niño el día de su cumpleaños. Y es que por primera vez en dos años volvía de fiesta a Valladolid, de donde no le había quedado otro remedio que marcharse huyendo de la crisis. Por primera vez&amp;nbsp;iba a reunirse&amp;nbsp;con los que hasta dos años atrás habían sido, más que amigos, su vida, y a quienes, por unos u otros motivos, no había vuelto a ver desde entonces. ¿Qué aspecto tendrían? ¿Cómo lo encontrarían? ¿Les gustaría su perfume? Pero también, ¡ay!, por primera vez desde que&amp;nbsp;estaba con Laura&amp;nbsp;—con quien vivía en Salamanca desde hacía cinco meses— salía a divertirse por su cuenta, sin ella, lo cual le producía una vertiginosa sensación de libertad: le apetecía estar a solas con sus amigos, pero al mismo tiempo este anhelo le remordía un poco la conciencia, pues presentía que aquella salida le iba a traer consecuencias. En aquel momento el disco rojo dio paso al verde, y aceleró, en un intento por dejar atrás los malos augurios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; No tuvo problemas para encontrar aparcamiento, y llegó al bar cuando pasaban apenas unos minutos de las diez, pero para entonces ya estaban todos esperándolo (más tarde le comentarían que habían quedado a las nueve y media para que nadie se despistara). Sin esperar siquiera a que se quitara el abrigo, se reunieron a su alrededor como si fuera un novio que acaba de dar el «sí, quiero» y al que se ha de felicitar, y lo abrazaron efusivamente. «Hola, guapo, ¡qué alegría verte!» «Ya veo que te tratan bien en Salamanca.» «Iván, te echamos mucho de menos.» «Te sientan bien las canas, te hacen más interesante.» «Sin ti no es lo mismo.»&amp;nbsp;«Qué bien hueles, ¿qué te has echado?»&amp;nbsp;«Veo que no engordas, cabrón.» «A ver cuándo te vuelves a Pucela.»&amp;nbsp;Abrumado ante tamaña profusión de cumplidos, no fue consciente de si respondía correctamente en cada caso o si entremezclaba unas respuestas con otras, pero ¿qué importaba eso? Eran sus amigos, ya se las apañarían ellos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Cuando cesaron los abrazos, dejó el abrigo sobre una silla y se acercó a&amp;nbsp;José Antonio, alias &lt;i&gt;bienivós&lt;/i&gt;, quien, tímido y taciturno como acostumbraba, se había hecho a un lado esperando, si llegaba, su turno, y se dieron la mano.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué tal, José Antonio?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Bien, ¿y vos?&amp;nbsp;—sonrió, cómplice—&amp;nbsp;¿Qué tal, hombre?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues ya ves, aquí en Pucela, a ver a mi gente. ¡Que estáis igual!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No faltaba ni un ápice a la verdad, comprobó mirando a su alrededor. Tal vez porque se encontraban en una de esas edades, la primera mitad de los treinta, en las que el tiempo parece detenerse, dejando notar su huella&amp;nbsp;únicamente&amp;nbsp;al cabo de unos años, lo cierto es que tenían, todos sin excepción, el mismo aspecto físico que recordaba. Y no era solamante el aspecto físico sino todo lo demás: Patricia exhibía la misma vitalidad; Luis, idéntica fanfarronería; Enrique, el aire bohemio y ausente; Carlos, su figura bonachona; Paula, su nerviosismo innato; Marta, su espléndida sonrisa. Tan solo Raquel había cambiado, y&amp;nbsp;a mejor: ahora estaba aún más guapa; cada vez que la miraba sentía una ligera punzada en el estómago. Parecía como si no hubieran existido los últimos dos años. &lt;br /&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; No tardaron en ponerlo al día de las novedades. En realidad eran pocas, y de ámbito laboral: a Carlos lo habían despedido del banco pero acababan de contratarlo para llevar la contabilidad de un hipermercado,&amp;nbsp;Paula había obtenido al fin la acreditación para quedarse en la universidad, y José Antonio había pasado a llevar él solo el negocio familiar: una joyería.&amp;nbsp;En cuanto a los demás, mantenían su trabajo, que no era poco, si bien en algún caso con más pena que gloria.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Quiero ampliar el negocio&amp;nbsp;—le confió José Antonio—, y por eso estoy haciendo un curso sobre diamantes.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡¿Diamantes?! ¡Qué bueno! ¿Y qué&amp;nbsp;te enseñan en ese curso?&amp;nbsp;—preguntó Iván.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues muchas cosas, pero sobre todo los métodos para aprender a clasificarlos según el peso, la talla, la pureza y el color.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Anda, ¿pero no son todos transparentes?&amp;nbsp;—se interesó.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —La mayoría sí, blancos o casi incoloros, aunque hay muchos que, por impurezas o defectos en la red cristalina, son de otro color. Un defecto en la red es, por ejemplo, el intercambio de un átomo de carbono por uno de nitrógeno, y entonces el diamante será amarillento. Si en lugar de nitrógeno es boro, el diamante será azul grisáceo. Y, así, hay diamantes incoloros, los más comunes, seguidos por los amarillos y marrones, luego por los azules, verdes, negros, blancos translúcidos, rosados, violetas, naranjas, morados, y los más raros, los rojos. Todos, claro, en tonos muy suaves que apenas se distinguen unos de otros. Para poder determinar el color real, hay que mirarlos diagonalmente sobre un fondo blanco.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Vaya, veo que dominas el tema&amp;nbsp;—nunca le había oído hablar tanto de forma continuada.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es que me gusta mucho&amp;nbsp;—sonrió José Antonio, bajando la mirada—. ¿Sabes cuánto se llegó a pagar por un diamante hace dos años, en 2009?&amp;nbsp;—preguntó, con un brillo repentino en los ojos—.&amp;nbsp;Nada menos que siete millones de euros, y solo pesaba&amp;nbsp;treinta y cinco&amp;nbsp;quilates, un gramo y medio.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡Joder!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Aquellas palabras permanecieron un rato flotando en algún lugar de su mente. Igual que el cubito de hielo que sobrevivía en&amp;nbsp;su gintónic semivacío.&amp;nbsp;Sonrió. Parecía azul, ¿de qué color&amp;nbsp;sería&amp;nbsp;exactamente?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En un determinado momento, Raquel le refirió que seguía viviendo con su novio, pero que las cosas no iban del todo como ella se había imaginado y no sabía qué hacer: ¿había de aceptar las cosas tal y como estaban, o tenía que plantearse &lt;i&gt;algo&lt;/i&gt;? &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Cuántos años lleváis juntos, tres?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Qué va, cinco.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; «Claro, cinco, tres más dos».&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Creo, Raquel, que lo que deberíais hacer Jesús y tú es hablar más, comunicaros mejor —respondió despacio, eligiendo cada palabra&amp;nbsp;con sumo cuidado.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Qué pena que&amp;nbsp;no nos veamos más a menudo, Iván&amp;nbsp;—dijo ella, ¿se estaba tocando el pelo? Sintió ganas de besarla, pero un pálido recuerdo, el de Laura en Salamanca, lo atenazó—. ¿Sabes? Me viene muy bien hablar contigo, me ayudas a pensar mejor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Menos mal que no se había lanzado. Sin embargo, cosa extraña, el recuerdo de Laura permanecía sin brillo, ¿qué estaba pasando? Desde que se había reunido con sus amigos, le acompañaba la sensación de haber retrocedido dos años en el tiempo. De pronto esa sensación era más vívida, tanto que empezaba a considerar seriamente la posibilidad de que los últimos&amp;nbsp;—o más bien&amp;nbsp;los &lt;i&gt;próximos&lt;/i&gt;—&amp;nbsp;dos años no fueran más que un producto de su imaginación, un sueño del que acababa de despertar, en el que había vivido de forma &lt;i&gt;paralela&lt;/i&gt;&amp;nbsp;algo&amp;nbsp;que cada vez se hallaba más y más distante...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Poco después, Raquel se marchó. «Espero verte muy pronto», le dijo dedicándole una mirada intensa, llena de un significado que no acertó a captar. Detectó cariño, sí, pero, ¿qué más? Se preguntó si no debería salir en pos de ella, pero Enrique lo llamó&amp;nbsp;—«¿Otra copa?» «Mejor una cerveza, que tengo que conducir.»—, y lo dejó pasar, como quien divisa, en la distancia, su tren, que ya se ha puesto en marcha.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Fue la última cerveza antes de irse. Sin apenas darse cuenta, entre risas y copas habían dado ya las dos y media, y, como le daba pánico quedarse dormido conduciendo, decidió&amp;nbsp; que ya era hora de irse. Esta vez fue Iván quien acudió a despedirse, uno a uno, de sus amigos, y en todos vio la misma mirada intensa, una mirada en la que, comprendió, se condensaban calor, afecto y cariño. Se despidió con un&amp;nbsp;«hasta mañana» que a él mismo le sorprendió.&amp;nbsp;¿Hasta mañana? Deseaba tanto borrar los dos últimos años del calendario y de su mente, deseaba tanto poder regresar para quedarse, que en cierto modo lo consiguió, como no tardaría en darse cuenta, aunque no de la forma que él, en ese momento, hubiera elegido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; En el coche, de vuelta a Salamanca, una cara iluminaba sus pensamientos: era Raquel, invitándolo &amp;nbsp;una y otra vez a irse con ella. Estaba convencido de que, de haber sido otras las circunstancias&amp;nbsp;—la había conocido siempre con novio—, se habría enamorado de ella, «quién sabe si en un futuro...», a pesar de que, era muy consciente de ello, apenas tenían nada en común y enamorarse no le habría ocasionado más que disgustos. Pero tenía un rostro que le fascinaba: la boca pequeña, como la barbilla y la nariz, con labios tirando a gruesos que decían «bésame», y que con frecuencia se ensanchaban, siguiendo una serie que podría detallar con absoluta precisión, en una sonrisa especial, diferente, única, y que descubría unos dientes blanquísimos; los ojos,&amp;nbsp;levemente separados y&amp;nbsp;de un color negro azabache, transmitían una mirada prístina, intensa, cautivadora, en la que invitaban a zambullirse; la piel era muy clara, ligeramente rosácea en las mejillas y de una tersura que suplicaba «acaríciame»; el pelo, negro y liso, se disponía de forma estudiada en media melena, mostrando una frente despejada y ocultando unas orejas que se adivinaban menudas, en cuyos lóbulos reposaban dos minúsculos brillantes. Una imagen sumamente nítida, sí, perturbadora incluso, también, pero una imagen alojada tan solo en su memoria visual, que no había penetrado aún en su corazón,&amp;nbsp;que no había interiorizado&amp;nbsp;y de la que no formaba parte todavía, y que, por tanto, no dejaba de ser más que una simple imagen en dos dimensiones. Pensándolo bien, mejor así.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Se acordó entonces de Laura, mas su recuerdo se le aparecía ya tan difuminado que casi era transparente. La única imagen de ella que consiguió visualizar, vacilante y con los contornos difusos como un holograma, fue la de su cara el día que la conoció, tres años atrás, en una fiesta de disfraces en Salamanca. Iba disfrazada de &lt;i&gt;Minnie Mouse&lt;/i&gt;, él de espartano, y estaba preciosa. Recordaba bien aquel día, y la impresión tan honda que le causó: alta, distante, lejana, inalcanzable. Tenía todos los ingredientes para&amp;nbsp;convertirse en una imagen en tres dimensiones, pero casi no habló con ella y no volvió a verla hasta un año después,&amp;nbsp;y la encontró, claro, distinta, por lo que&amp;nbsp;su aspecto de aquella primera vez, probablemente idealizado,&amp;nbsp;permaneció inmaculado en su&amp;nbsp;memoria, sin posibilidad alguna de crecimiento, como una masa a la que le falta la levadura. En esa segunda ocasión, hacía ahora dos años, se gustaron, y pocas semanas después empezaron a salir. Laura no tardó en enamorarse, y él, que confiaba en que con el tiempo&amp;nbsp;le sucedería lo propio, se dejó llevar por la inercia de los acontecimientos. Sin embargo, ahora comprobaba con cierto pesar que no había sido así. Y&amp;nbsp;le extrañaba porque ella le gustaba y la quería, y la consideraba inteligente y muy guapa, aunque esto último no podría asegurarlo en la oscuridad de la autovía, pues ni siquiera era capaz de recordar su cara.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Nada que ver con Eva, la primera imagen tridimensional que había atesorado en su vida. Era de Zaragoza, y tenía, como él, cuatro o cinco años. La vio durante tres veranos seguidos en el pueblo, y tenía una cara angelical, pero jamás se atrevió a mirarla&amp;nbsp;siquiera&amp;nbsp;a los ojos, mucho menos a dirigirle la palabra, por lo que la imagen no pasó de ser una mera escultura inanimada, aunque a su juicio la pudiera haber firmado el mismísimo Miguel Ángel, habida cuenta de su absoluta&amp;nbsp;perfección...&amp;nbsp;Cristina era una compañera de su clase, tenía diez años&amp;nbsp;y no era &lt;i&gt;perfecta&lt;/i&gt;, pues a veces había observado restos negros de suciedad en sus uñas, algo que le parecía incompatible con su afición a comérselas —no se explicaba cómo determinados detalles, por lo intrascendente, podían sobrevivir más de veinte años en su memoria—.&amp;nbsp;También era cursi&amp;nbsp;como ella sola, pero Iván lo pasaba todo&amp;nbsp;por alto porque admiraba&amp;nbsp;la seguridad en sí misma que irradiaba, la contagiosa vitalidad que brillaba en sus pupilas... y sus notas: las mejores de la clase.&amp;nbsp;A diferencia de Eva, Cristina no era una estatua inanimada: se le aparecía mirando hacia delante, hacia el futuro, parloteando ilusionada de sus sueños.&amp;nbsp;Tenía el pelo largo, moreno&amp;nbsp;y liso, los ojos color&amp;nbsp;miel, y el labio superior algo elevado&amp;nbsp;hacia la nariz; las mejillas decían «pellízcame».&amp;nbsp;No llegó a entablar una conversación propiamente dicha con ella, pero se pasaba los fines de semana deseando que llegara el lunes...&amp;nbsp;A Beatriz la conoció en una obra de teatro, en el instituto; ella hacía de Desdémona, y él, del moro Otelo. La noche siguiente a la actuación fue la primera que pasó en vela a causa de una chica: no conseguía apartar de su mente su imagen declamando con ardor versos de distintos pasajes de la obra, vestida de noble veneciana; en su ancha cara, destacaba un lunar en la barbilla, hoyuelos en ambas mejillas, ojos vivaces y una abundante cabellera pelirroja. Por primera vez sintió ese estremecimiento intenso del corazón. Días después la vio paseando por la calle con un Cassio cualquiera, y experimentó, también por primera vez, el indecible sufrimiento de los celos bien fundados... Inés fue su primer amor correspondido, la primera imagen que penetró&amp;nbsp;en su corazón, ocupando todo el espacio disponible, y de la que llegó a formar parte. No era especialmente guapa, pero tenía algo que llamó poderosamente la atención de Iván. Supo de qué se trataba cuando se besaron por primera vez: era la expresión que ponía cuando besaba con pasión&amp;nbsp;—tanta que le fallaban las piernas—, la que afloraba cuando se entregaba, perceptible sólo a escasos centímetros de distancia: la boca entreabierta, los ojos entrecerrados, la respiración contenida, la mirada perdida. Pasó el tiempo, pasaron muchas cosas, pero nunca pudo disociar esa expresión de su recuerdo...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Mientras el coche devoraba los kilómetros que separaban Valladolid de Salamanca, ante Iván continuaron desfilando los rostros de todas las chicas en las que se había fijado alguna vez. La cara es el espejo del alma, se dijo, y de todas ellas había captado un pedacito de alma que guardaba consigo. Ahora bien, se preguntó al entrar en las calles de la capital charra, ¿dónde estaba el alma de Laura? ¿Por qué en su corazón no se hallaba su impronta como la de las demás? De repente cayó en la cuenta de que llevaban saliendo dos años y que lo que sentía por ella se parecía mucho a lo que recordaba sentir cuando empezaron: el recuerdo lejano de una fiesta de disfraces y la impresión de tenerlo todo para construir algo bonito; nada más. ¿A qué se debía esto? Cualquiera diría que en efecto había retrocedido dos años en el tiempo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Abrió la puerta poniendo especial cuidado en no hacer ruido, y caminó con sigilo por el pasillo hasta llegar al cuarto de baño y después al dormitorio. No quería despertar a Laura, ya hablarían al día siguiente, mas no contaba con que estuviera despierta, esperándolo. Cuando entró en el dormitorio, ella se incorporó, encendió la luz y lo miró aliviada. Parecía que, tras varias horas conteniendo la respiración, por fin hubiera podido dejar salir todo el aire de golpe. Tenía el pelo revuelto y los ojos hinchados.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Hola, cariño, ¿qué tal te ha ido?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Muy bien, ¿cómo es que estás despierta?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—He tenido una pesadilla: me soñé que no volvías.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Anda, &lt;i&gt;mesoñé&lt;/i&gt;, vaya unos sueños que tienes —le dijo tumbándose sobre ella—, ya me dirás dónde iba a ir, tonta.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Al abrir la puerta de casa, un aroma conocido le había inundado los pulmones, infundiéndole una familiar sensación de bienestar, pero no fue hasta que se halló en brazos de Laura que se sintió «en casa». La besó con ternura. Le sorprendieron sus labios, tan suaves y carnosos, y su delicadeza al corresponderle, al mordisquearle el labio inferior, y recordó haberse congratulado de igual forma la primera vez que la besó, en su coche, largo tiempo atrás. Su lengua, firme y decidida, se abrió paso a través de aquellos labios, enlazándose con la de Iván en una deliciosa danza circular. Hicieron el amor, y el torrente de sensaciones que le brindó sumergirse en aquel cuerpo, por momentos vagamente familiar, fue idéntico al de la primera vez que se entregaron el uno al otro, en esa misma cama, una remota noche de octubre. Como entonces, observó que su rostro se transformaba bajo el efecto de las emociones y sensaciones que experimentaba. Era algo asombroso. Le recordó el ecualizador gráfico de un equipo de alta fidelidad.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Antes de apagar la luz y quedarse dormido, dirigió una última mirada hacia Laura, acostada a su izquierda. Vuelta hacia él, sonreía beatífica, con los ojos cerrados como los de un bebé,&amp;nbsp;las manos bajo la almohada,&amp;nbsp;el pelo sobre la frente y la respiración pausada. ¿Llegaría a enamorarse algún día de ella?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Durante los días siguientes, Iván no cesó de observar a Laura, y descubrió con sorpresa que no solo cambiaba su expresión según el estado de ánimo por el que atravesara, sino que los propios rasgos faciales variaban, y no poco, de unos días a otros.&amp;nbsp;Tímida de por sí, solía encontrar cobijo detrás de sus gafas de blanca montura y anchas patillas, y realmente la cara parecía retraerse, haciéndose más pequeña la nariz, la barbilla y por supuesto los ojos, y ablandándose hasta casi desaparecer la mandíbula. Esto era lo habitual, pero se transformaba por completo cuando cedía ante distintas emociones. Así, por ejemplo, si se encontraba preocupada o indecisa, su cara se alargaba como &lt;i&gt;El grito&lt;/i&gt;, de Munch, y parecía más delgada. En cambio,&amp;nbsp;al sonreír, lo cual ocurría con mayor frecuencia últimamente, su rostro daba un paso al frente, como iluminado por un foco, y adquiría volumen al ensancharse la nariz y la mandíbula. Cuando lloraba, se quitaba las gafas, apartaba el pelo de la cara dejando la frente al descubierto, y apretaba los labios marcándose&amp;nbsp;visiblemente las líneas de la mandíbula. A Iván no le gustaba verla llorar, pero había que admitir que no le sentaba nada mal, sobre todo cuando, después del llanto, una sonrisa lograba hacerse paso a través de las lágrimas como el primer rayo del sol a través de las nubes después de una tormenta. En cuanto a la nariz, habitualmente recta, si estaba enfadada se volvía un tanto respingona, pero si estaba contenta se tornaba esponjosa y&amp;nbsp;un brillo especial acudía a su mirada, y si estaba excitada se dilataba, en busca sin duda de una mayor cantidad de aire. Iván se preciaba de ser un agudo observador,&amp;nbsp;¿cómo&amp;nbsp;era posible que hubiera tardado tanto en darse cuenta de todo esto? Por fin empezaba a comprender algunas cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Días después, un domingo por la tarde, Iván leía un libro de cuentos de Raymond Carver cuando Laura, tras una pequeña siesta, apareció en el salón. Estaba radiante. En ese momento, a Iván se le ocurrió una idea.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Oye, ¿no querías hacerte fotos?&amp;nbsp;—le preguntó cerrando el libro y dejándolo caer sobre la mesita—&amp;nbsp;Estás guapísima, ¿qué te parece si estrenamos la cámara nueva?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Sin esperar la respuesta, se levantó y corrió a por la cámara, una réflex digital que &amp;nbsp;habían comprado el mes anterior y que aun estaban aprendiendo a manejar. Laura no parecía muy entusiasmada, pero Iván sí, y sabía que con un poco de insistencia acabaría contagiándola. Subió la persiana para que entrara mayor claridad en el salón y le pidió que se sentara en el sofá, de cara a la ventana. Pero la luz no era buena, así que bajó del todo la persiana y encendió una lámpara de luz fría, blanca, situada en la esquina opuesta del salón. Una vez preparada la cámara, tomó una instantánea rápida y, tras comprobar que todo estaba en orden, le quitó las gafas y comenzó a fotografiarla desde distintos ángulos y distancias, dirigiéndole de vez en cuando pequeñas instrucciones.&amp;nbsp;«Mírame». Al principio ella estaba tensa. «Relájate.»&amp;nbsp;Pero poco a poco fue sintiéndose cada vez más cómoda. «Así. Sonríe.» Y&amp;nbsp;pronto empezó a disfrutar.&amp;nbsp;«Muy bien. Ahora apoya la cabeza.»&amp;nbsp;«Estira las piernas.»&amp;nbsp;«Mira para allá.»&amp;nbsp;«Date la vuelta.»&amp;nbsp;«No dejes de sonreír.»&amp;nbsp;«Levanta la barbilla»&amp;nbsp;«Abre más los ojos.»&amp;nbsp;«Aprieta los dientes»&amp;nbsp;Era más fotogénica de lo que él pensaba, reconoció mientras contemplaba cómo en la tarjeta de memoria de la cámara iban quedando registradas las distintas imágenes en dos dimensiones. Mirándolas después, tal vez podría averiguar, desde un punto de vista más global, cómo era Laura exactamente.&amp;nbsp;De pronto tuvo una intuición genial.&amp;nbsp;«A ver, hazme caso, túmbate en el chaise longue. Boca arriba. Relájate como si fueras a dormir. Así. Gira ligeramente la cabeza hacia tu izquierda y mira al frente. Ignórame.» En ese instante, como por arte de magia,&amp;nbsp;&lt;i&gt;Minnie Mouse&lt;/i&gt; se le apareció ante sus incrédulos ojos. Por fin. Había colocado la cámara encima de ella, a la altura de su pecho y, sin ningún género de dudas, la que tenía ante sí, y también en el visor de la cámara, era la misma Laura que conoció en una lejana fiesta de disfraces. Oyó repetidas veces el clic al abrirse y cerrarse el obturador y, mientras comprobaba que no la había idealizado,&amp;nbsp;unas palabras de José Antonio resonaron en su interior. «Para poder determinar el color real, hay que mirarlos diagonalmente sobre un fondo blanco.» El chaise-longue era de cuero blanco, y el ángulo, de cuarenta y cinco grados. Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios. En ese momento sintió un ligero temblor, como un tímido aleteo, en la boca del estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;febrero 2011&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-4073766987321335404?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/4073766987321335404/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/02/mariposas-en-el-estomago.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4073766987321335404'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4073766987321335404'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/02/mariposas-en-el-estomago.html' title='Mariposas en el estómago'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-5696365648504375736</id><published>2011-01-31T23:35:00.006+01:00</published><updated>2011-06-21T11:41:50.673+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cuento navidad qué bello es vivir'/><title type='text'>Cuento de Navidad</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;Hoy he tenido un día horrible;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;me he pasado toda la mañana&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;hasta decidir que debía poner una coma&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;en un párrafo del libro que estoy escribiendo...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;y al final de la tarde la he quitado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;Oscar Wilde&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Por primera vez en su vida, cobró conciencia de que se moría.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Como cada mañana, se dirigía caminando al trabajo desde un aparcamiento relativamente cercano en el que había dejado el coche. Las calles estaban vacías: era&amp;nbsp;viernes,&amp;nbsp;26 de diciembre, y al parecer todo el mundo estaba de vacaciones o de puente. Salvo él. Jamás cogía puentes (prefería un mes entero de vacaciones en verano), razón por la cual en el Registro era conocido como «Pablo,&amp;nbsp;el puentes». Levantó la cabeza, dirigiendo la mirada a los imponentes edificios que lo flanqueaban.&amp;nbsp;Había alguna ventana con luz, pero eran seis o siete: todas las demás tenían la persiana bajada. A&amp;nbsp;aquella hora, las siete y media, miles de personas estaban durmiendo ajenas a todo; unas trescientas mil, calculó. El resto, en todo caso muy pocas, o estaban de camino al trabajo, como él, o en el baño, o en la ducha, o desayunando, o trabajando. O, incluso, haciendo el amor, aunque no eran las horas más propicias del día para hacer el amor. No para él, desde luego, y menos en medio del silencio imperante a su alrededor, ¡qué vergüenza!, roto únicamente por el motor diésel de algún camión de reparto, y eso que Mari no iba más allá de tres o cuatro gemidos... En cualquier caso&amp;nbsp;—sacudió la cabeza—, mucha gente descansaba a su alrededor. Ahora bien, se preguntó, de toda esa gente, ¿a cuánta conocía? A buen seguro, a no más de cuatrocientas personas. Para el resto, él, Pablo Alonso Ramos, no existía, no era nadie, y ya podía morirse que ni se enterarían. Es más, si por casualidad llegaran a enterarse, no les quitaría el sueño. Eso, claro, si se moría antes que ellos. &lt;i&gt;Ellos&lt;/i&gt;. ¿Cuántos serían ellos? ¿Cuántos le sobrevivirían? Nunca se había parado a considerarlo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Hacía frío. Mucho. Exhaló un agradable y cálido vaho por la boca que le calentó tibiamente la nariz. Cómo disfrutaba con esa sensación. A propósito, ¿cuándo exhalaría su último aliento? Siempre que había pensado en su muerte, se imaginaba en una cama, anciano, rodeado de hijos y nietos&amp;nbsp;(por supuesto habría sobrevivido a Mari), inspirando por última vez y reteniendo el aire. Llegado a este punto, la imagen se detenía, y nunca llegaba a expulsar el aire. Se trataba de una imagen muy remota, con hijos&amp;nbsp;(¡hijos!)&amp;nbsp;y nietos, tan remota que el anciano no era él sino otra persona en quien terminaría convirtiéndose en un futuro muy&amp;nbsp;lejano. Es decir, no conseguía imaginar&amp;nbsp;&lt;i&gt;su&lt;/i&gt;&amp;nbsp;muerte. Había soñado, eso sí, que se estrellaba con el coche, que se caía por una ventana, que lo mataban de un tiro en la sien, y había sufrido un inmenso dolor al chocar contra un árbol, al estrellarse contra el suelo o al recibir el impacto de la bala, dolor precedido de un pánico atroz ante la caída definitiva del telón, momento&amp;nbsp;en que despertaba y se daba cuenta de que se trataba de una pesadilla, y por tanto de algo irreal, lo que le daba una falsa pero&amp;nbsp;cada vez más&amp;nbsp;firme sensación de inmortalidad. No obstante, ahora se daba cuenta de algo que le resultaba abrumador: en un futuro más o menos lejano pero en todo caso muy próximo, tanto que de ninguna manera le iba a dar tiempo a convertirse en otra persona&amp;nbsp;(¡qué tontería!), iba a morir.&amp;nbsp;&lt;i&gt;Él&lt;/i&gt;, «Pablo,&amp;nbsp;el puentes»,&amp;nbsp;iba a morir, y esta idea, de apariencia sencilla, causó un gran impacto en Pablo. Fue una semilla que arraigó al segundo, y con fuerza, en su interior, y que le obligaría a contemplar su vida desde un prisma bien distinto. De repente, le dio la impresión de que el tiempo se aceleraba, aproximando cada vez con mayor velocidad el instante para el que ya no habría pesadilla de la que despertar. Una brisa gélida acarició su cara, y creyó percibir en las células de su piel el deterioro inexorable del envejecimiento. Aquello era el fin, se dijo con aprensión cuando empezó a temblar como si le hubiera acometido un violento acceso de fiebre. Por fortuna se encontraba ya ante las puertas del Registro Civil y pudo entrar rápidamente, y en calor.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Su trabajo consistía en dar entrada y archivar las inscripciones de los nacimientos, matrimonios y defunciones que tuvieran lugar en Valladolid y alrededores, así como terminar de rellenar los boletines correspondientes que había que enviar al INE para sus estadísticas. Aquella mañana&amp;nbsp;sólo tuvo que inscribir el nacimiento de dos mellizos que vieron la luz en Nochebuena, de nombres Jesús y María, vaya por Dios, y tres defunciones acaecidas el día de Navidad. Varón, setenta y cuatro años, cáncer de pulmón, 23 de diciembre. Un fumador empedernido, como si lo estuviera viendo; cada día se encontraba más satisfecho de no haber fumado jamás y de,&amp;nbsp;por no salir mucho, haber evitado todo ambiente de tabaco. Tal vez, si sacaran adelante una ley antitabaco se animaran a salir algo más, aunque con la edad que iban teniendo ya, tanto Mari como él,&amp;nbsp;lo mismo les daba.&amp;nbsp;Mujer, noventa y dos años, parada cardio-respiratoria, 22 de diciembre. Una a la que le había tocado la lotería; seguro que también había muerto de cáncer sin diagnosticar. Varón, treinta y nueve años, infarto agudo de miocardio, 25 de diciembre. Vaya, treinta y nueve, como él. Se acordó de su colesterol, alto, como su tensión, y de la gruesa&amp;nbsp;capa de grasa que rodeaba su tripa. Sintió que le invadía el remordimiento al recordar el cochinillo de Nochebuena en casa de sus suegros. Qué rico estaba. Y qué grasiento. No pudo evitar relamerse... Definitivamente, tenía que hacer dieta; y más ejercicio. ¿Dejaría mujer e hijos? Se levantó a por el periódico, que un ordenanza había dejado sobre la mesa junto a la puerta, y lo hojeó hasta dar con las necrológicas. Sí, allí estaba, era el único que al parecer había fallecido el día anterior. En la esquela se hacía referencia a su&amp;nbsp;«apenada esposa»&amp;nbsp;y a sus padres y hermanos, ninguna a hijos. Mejor.&amp;nbsp;Llevaba más de quince años&amp;nbsp;(¡cinco trienios!)&amp;nbsp;en el Registro Civil, desempeñando día tras día las mismas funciones, y había aprendido a mirar las inscripciones de defunción con suficiente distancia: la de un policía revisando el pasaporte a los pasajeros procedentes de vuelos internacionales, y procedía con idéntico celo. Además, solía consultar las necrológicas, lo que completaba el retrato del viaje:&amp;nbsp;era como acudir a los aeropuertos de origen a contemplar a los familiares despedir con la mano al avión que se alejaba volando, lo cual no le producía la menor impresión, pues en general se trataba de pasajeros de más de ochenta años. En esta ocasión, las circunstancias lo teñían todo de una tonalidad casi trágica, y no le costó imaginar a su familia en el aeropuerto despidiéndole con los ojos llorosos...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; En un intento por ahuyentar estos y otros&amp;nbsp;pensamientos aún más sombríos, y hasta que llegara alguien a registrar una inscripción, decidió echar un vistazo al resto del periódico.&amp;nbsp;Pasó hojas al azar, y lo único que llamó su atención fue, por una vez, la página de los pasatiempos. Mueven blancas y ganan, decía el problema de ajedrez. Hacía tantos años que no jugaba que incluso las figuras sobre el tablero semivacío se le antojaban extrañas. Probó con el sudoku, se atascó luego de poner tres seises y lo dejó. ¿Qué sentido tenía ese juego? Nunca mejor dicho lo de pasatiempo: bien podría llamarse pierdetiempo. El autodefinido se le dio mejor, si bien no lo supo terminar. Deceso, cinco letras y terminada en&amp;nbsp;«ito»: no tenía ni idea. Tampoco pudo con el crucigrama. Le faltó, entre otras, infierno, seis letras y terminada en «erno». Tener que perder el tiempo así sí que resultaba un infierno. Y ponerse a buscar diferencias o encontrar palabras en la sopa de letras, un entretenimiento propio de niños que le daba apuro. Echó un vistazo al reloj, ¿es que no iba a llegar la hora de irse a casa? En días así se planteaba seriamente la posibilidad de cambiar de aires.&amp;nbsp;Quince años haciendo lo mismo eran muchos, demasiados si consideraba que no había perspectivas de cambio, y el sueldo no ayudaba. Quince años, y a saber los que vendrían después, tal vez unos pocos (¿era un avión lo que se oía?) o tal vez otros veinte y pico (¿o era nada más una motocicleta?), hasta los sesenta y pico, hasta el más completo hastío. Sin embargo, no tenía muchas alternativas a su alcance: podía concursar, y arriesgarse a un destino peor; podía opositar, aunque a su edad no se veía estudiando de nuevo; podía marcharse, lo cual, tal y como estaban las cosas, era casi un suicidio. Desde luego, algo tenía que hacer. Algo &lt;i&gt;iba&lt;/i&gt; a hacer.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Pablo sintió que todo volvía a fluir con normalidad cuando salió&amp;nbsp;al fin. Pese a que hacía fresco, lucía el sol y el tiempo resultaba muy apacible. La calle, con un bullicio moderado, se le aparecía llena de vida y poco propicia a pensamientos funestos, y daba gusto caminar tranquilamente. No apretó el paso ni siquiera cuando una aguda punzada de hambre le recordó que todavía le quedaban quince minutos de coche para empezar a comer.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Un apetitoso aroma llegó hasta el zaguán a darle la bienvenida. Mari estaba terminando de poner la mesa, sobre la que reposaba una humeante olla.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Anda, cocido, ¡qué rico! ¿Cómo es que te ha dado tiempo, princesa?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Amor, sabes que llego una hora antes que tú. Además, hoy hemos terminado pronto y quería darte una pequeña sorpresa, que ya sé que te encanta el cocido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp; Mari trabajaba en el hospital clínico, en mantenimiento, y siempre regresaba cansada. Aun así, sacaba fuerzas para hacer la comida, y siempre tenía en cuenta sus gustos:&amp;nbsp;en la olla se veía un buen trozo de tocino y una generosa porción de chorizo. Era una cocinera&amp;nbsp;excelente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Qué buena eres —dijo, sentándose a la mesa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Después de que hubieron dado cuenta del cocido, y antes de ponerse a fregar los platos —esa tarea le correspondía a él—, Pablo comentó con estudiada despreocupación:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Me han escrito estos. Van a quedar esta noche.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Ella estaba rebañando un yogur. Al oír estas palabras, levantó la mirada hacia él, con una rapidez rayana en la violencia, que no se molestó en disimular.&amp;nbsp;Sus manos permanecían inmóviles.&amp;nbsp;Mala señal.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —No irás, ¿no?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Aunque pudiera parecer increíble, hacía tan solo unos días que&amp;nbsp;Pablo se había dado cuenta de que&amp;nbsp;desde mucho tiempo atrás su opinión venía contando muy poco o nada para Mari. Y la culpa era enteramente suya, se decía, pues desde el mismo instante en que empezaron a salir, el mundo&amp;nbsp;(su mundo, cada vez más reducido)&amp;nbsp;empezó a girar en torno a ella. Al principio fue por la novedad y por el mero hecho de sentirse querido, correspondido; después para darle gusto, para demostrarle su creciente afecto, y finalmente porque ya no le quedaba otra alternativa: cualquier cosa que no fuera plegarse a su voluntad era no tenerla en cuenta, ser egoísta, no quererla.&amp;nbsp;Mas esto iba a cambiar, todavía estaba a tiempo, pensaba, y no iba a desaprovechar la primera ocasión que se le presentaba para comenzar a revertir la situación. Podía decirle que Adrián y Anita, y Carlos y Noe, sus amigos desde el instituto, eran gente maja, que no les veía más que de Pascuas a Ramos, y que podrían ir ambos, que les vendría bien salir un poco, pero ella replicaría con la misma retahíla de siempre: que si estaba cansada, que si no la tenía en cuenta, que si prefería quedarse tranquilamente viendo una película (cualquiera le valía), y acabaría enfadándose y él pidiéndole perdón como tantas otras veces. Podía decirle que, ya que estaba cansada, se podía quedar en casa tranquilamente, que a él sí le gustaría pasarse un rato y que volvería pronto, si bien eso sería peor, pues le tocaría escuchar que un buen marido se preocupa por su mujer y no la deja tirada como un perro a la menor oportunidad, y por más que se pusiera después de rodillas, el perdón tardaría en llegar, si llegaba. También podía ponerse digno y decirle que ella no tenía ningún derecho a hablarle así, a dominarlo de aquel modo, a pisotearlo como a una colilla, lo cual agravaría aún más las consecuencias de una discusión. No, esta vez iba a darse a respetar, ella iba a mirarle con admiración y, como no quería terminar pidiendo perdón, tenía que decirle algo que no generara una tormenta como la que presentía a punto de desencadenarse, algo contundente, algo que no admitiera réplica.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Pues claro que no, estoy harto de que me avisen el mismo día, ¡como si no tuviese otros planes! El caso es que me gustaría ir, pero hay que darse a respetar, ¿no te parece?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Ella lo miró de hito en hito, casi con la boca abierta, sorprendida pero sin asomo de la admiración o el respeto que él esperaba. ¿Era desprecio esa sombra que atravesó brevemente su mirada?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Me voy a dormir la siesta&amp;nbsp;—dijo en voz baja, mientras dejaba el yogur sobre la mesa y se giraba rumbo al pasillo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Se fue, y en la cocina quedó, rebotando contra las paredes, el eco de las palabras que había pronunciado, un&amp;nbsp;eco que sonaba a «me casé con un gilipollas». Si en verdad&amp;nbsp;pensaba así, era comprensible que no tuviera en cuenta sus opiniones: de tanto plegarse había terminado por no valer nada a sus ojos.&amp;nbsp;Se acordó entonces de sus padres, quienes por su boda les regalaron una lámina con una cita de Víctor Hugo:&amp;nbsp;«La reducción del universo a un solo ser, la dilación de un solo ser hasta Dios; esto es el amor», y de lo mucho que les entusiasmó, tanto que la enmarcaron y colgaron en su dormitorio. Ahora comprendía la tristeza resignada de su madre y el mutismo de su padre ante las efusivas muestras de agradecimiento con que les obsequiaron por la lámina.&amp;nbsp;Ciertamente la frase estaba cargada de razón: el universo, minúsculo ya, se reducía a Mari, su diosa, y por ella fue que volvió a ir a misa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Cuando terminó de lavar los platos, se dirigió al dormitorio, se desnudó y se acostó. Mari dormía. «Te quiero», le susurró, intentando abrazarla. «Y yo a ti», le contestó medio en sueños, para, a continuación, volverse hacia la pared, tal y como venía haciendo los últimos meses. Dios no les había bendecido con un hijo; y desde luego que así era poco menos que imposible.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Después de la siesta se acercaron, caminando, a un centro comercial situado a unos pocos minutos de su casa, un pequeño adosado en las afueras.&amp;nbsp;El centro comercial estaba muy concurrido. En su interior habían instalado lo que semejaba a una pista de patinaje sobre hielo (con pesadas placas de metacrilato en lugar de hielo), que constituía el principal atractivo de la decoración navideña, formada por la propia pista, el árbol de navidad, el belén,&amp;nbsp;el castillo hinchable y los&amp;nbsp;carruseles para niños. Pasearon por las distintas plantas, se pararon ante varios escaparates, entraron en alguna tienda de moda, no compraron nada (todavía no había rebajas) salvo un dónut recubierto de chocolate blanco que comieron con parsimonia y verdadero deleite. Cuando se disponían a entrar al supermercado, se toparon con un antiguo compañero y su novia, que salían de una joyería agarrados de la mano.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Hombre, hombre, ¡Raúl!&amp;nbsp;—exclamó, alargando la mano. El otro la apretó con fuerza, sin soltar la mano de la chica, casi tan alta como él, y bastante más que Pablo y Mari—&amp;nbsp;¿Qué tal te va?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Hola, Pablo&amp;nbsp;—respondió Raúl un tanto serio—. ¿Qué tal estás, Mari?&amp;nbsp;—se inclinó para darle dos besos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Aquí, pasando la tarde.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pasando la tarde... —Raúl sonrió ¿burlonamente?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Y tú eres...?&amp;nbsp;—preguntó Pablo, dirigiéndose a la chica. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Perdona, Pablo, tenemos prisa —le interrumpió Raúl—. Pasadlo bien —se despidió tirando de ella.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Igualmente&amp;nbsp;—acertaron a responder.&amp;nbsp;¿Había dicho «pasando la tarde»?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Cuando estuvo segura de que ya no la oían, Mari dio rienda suelta a su indignación. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Qué maleducado, no nos la ha querido presentar, ¿te has dado cuenta?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Sí, «pasando la tarde», estaba seguro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Como para no. Será una nueva novia, y le habrá dado vergüenza presentarla: es la tercera que le conozco. En el fondo me da pena.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Pena?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;«Pasando la tarde».&amp;nbsp;¿Por qué le llamaba tanto la atención?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, porque estará muy bien situado económicamente, pero su vida afectiva es un desastre. Ya ves, tres novias en ocho años. Y lo que no sabemos. Para mí que le tiene miedo al compromiso.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Hombre tenía que ser. Y ella, tan maleducada como él, que será guapa, pero&amp;nbsp;no ha dicho ni mu. ¡Desde luego!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Guapa? No se había fijado (jamás lo hacía). A él lo que le preocupaba era ese «pasando la tarde» que había pronunciado Mari. Y le preocupaba porque era cierto: su ocio se reducía a pasear por alguno de los diferentes centros comerciales de la ciudad, a ir a misa los domingos y fiestas de guardar y a comer con sus padres los sábados y con sus suegros los domingos. Por lo demás, apenas salían.&amp;nbsp;«Pasando la tarde». No le entraba en la cabeza que Mari prefiriera perder la tarde en un centro comercial a acompañarlo en alguna ocasión con sus amigos. No era esta la vida que imaginaba llevarían al casarse. Pronto comprendió que los comienzos son difíciles, más cuando hay que apretarse el cinturón para pagar la hipoteca, aunque no había dejado de confiar que llegaría el día en que, liquidada la mayor parte de su deuda con el banco, empezarían a vivir de otra manera, que su vida en blanco y negro se teñiría de colores radiantes.&amp;nbsp;Sin embargo, pasados los años, habían aprendido a conformarse (Mari por lo menos), y ese día se le aparecía cada vez más lejano en el horizonte. De hecho,&amp;nbsp;les quedaba muy poco por pagar&amp;nbsp;de la hipoteca, y nada había cambiado. ¿Y si resultaba que la vida en realidad consistía en una escala de grises? Giró la cabeza: Raúl y su chica subían por las escaleras mecánicas besándose apasionadamente, ellos sí que vivían en un mundo de color. Miró a Mari.&amp;nbsp;A&amp;nbsp;este paso iba a morirse (y no era una frase hecha, ¡ay!) sin haber conocido la pasión. ¿Estarían a tiempo?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Oye, Mari, ¿qué te parece si este finde nos hacemos una escapadita?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Una casita perdida en la montaña, leña en abundancia y fuego crepitando en la chimenea. Una&amp;nbsp;mullida&amp;nbsp;alfombra negra a los pies de una cama sobre la que yacía una pareja: él muy quieto, tumbado boca arriba con la cabeza entre dos almohadas y las manos debajo de ellas, ella sentada sobre él, la cara oculta por una abundante melena, las manos hacia atrás,&amp;nbsp;los pechos turgentes luchando contra la gravedad, moviendo la pelvis de una forma apenas perceptible. De fondo, música de saxo, Kenny G.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Una escapadita? ¿Dónde? ¿Y con qué dinero?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Ella sacude la cabeza, arrojando el pelo hacia atrás, y su cara queda al descubierto: ¡es la novia de Raúl! Ni siquiera era capaz de imaginarse con Mari. En realidad tampoco con la otra chica, pues el hombre al incorporarse a abrazarla, no es otro que Raúl, por quien Pablo, desde su puesto de voyeur imaginario, empezó a sentir una repentina envidia.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Yo qué sé, a cualquier sitio, no tiene por qué ser caro.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Podía pedirle a Luis las llaves de su piso, que aún no había conseguido vender, en el pueblo donde dio clase, en Zamora. Pese a que carecía del encanto de una casita perdida en la montaña, estaba en cambio junto a los Arribes y el entorno merecía la pena a pesar del frío.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —¿Has olvidado una cosa que se llama hipoteca? ¿No eras tú el que decía que la felicidad está en saber conformarnos con lo que Dios&amp;nbsp;nos da?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Era la vida, no Dios, pero no se molestó en corregirla. Recordó una conversación con Raúl, cuando ambos aún compartían despacho, tras una discusión telefónica de éste con su novia de entonces.&amp;nbsp;«Me parece, Raúl, que eres demasiado impaciente. Yo me conformo con lo que me da la vida, y tú deberías hacer lo mismo. Se sufre menos.»&amp;nbsp;«Pablo, no me toques los cojones con tu filosofía de autoayuda&amp;nbsp;—replicó Raúl con aspereza; qué mal hablaba—. La vida es de los que se lanzan a por ella, de los que buscan la felicidad y se arriesgan, aunque ello implique sufrir de vez en cuando.» «Pues yo creo que la felicidad es querer lo que tienes.» «Sí, pero sólo cuando te has lanzado a por lo que quieres. Si no, conformarse es como vivir en el barro y pretender ser feliz por sus efectos beneficiosos sobre tu piel. Esa vida plana, sin emociones, sin pasión, a mí no me interesa,&amp;nbsp;te la dejo a ti. Eso sí, no olvides que es la vida de un viejo, a quien lo único que le queda es conformarse con lo vivido... y esperar a morirse.»&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Supongo que tienes razón, cariño.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Igual que un castillo de naipes se viene abajo al menor soplido, así se vinieron abajo la casita, los Arribes, la pasión y todas las esperanzas depositadas en aquella salida.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;—Claro que la tengo, y soy feliz así.&amp;nbsp;Además, ¿acaso te parece poca escapadita un mes entero de vacaciones en verano?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Sí, un mes entero, en agosto, mas todos los años, sin excepción, al piso de sus suegros en Benidorm, como si fueran abuelos. No, si al final Raúl iba a tener razón...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Se fijó de reojo en el perfil de Mari. Nunca había sido guapa, qué importaba eso, pero ahora le daba la impresión, acaso fruto de su irritación, de que se le estaban afilando las facciones: los pómulos salientes, las mejillas descarnadas, la nariz respingona, la barbilla puntiaguda, los labios finos, ¿era su imaginación o cada vez se parecía más a una bruja?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Mari, ¿nos vamos a casa? Llevo todo el día con frío.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; —Es que aquí hace más frío&amp;nbsp;—atravesaban la sección de congelados—, pero sí, vámonos, que se hace tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Después de cenar se sentaron a ver la televisión. Echaban&amp;nbsp;&lt;i&gt;Qué bello es vivir&lt;/i&gt;&amp;nbsp;y a Mari le apeteció verla de nuevo, aunque no tardó en quedarse dormida. Pablo entonces se acordó de sus amigos:&amp;nbsp;debería estar tomando una copa, o dos, por qué no, con ellos, y en cambio estaba tirado de cualquier manera en el sillón, tapado apenas el estómago con una ligera manta de forro polar, y tragándose una película que se sabía de memoria, mientras &lt;i&gt;la bruja&lt;/i&gt;, tumbada en el sofá, dormía plácida como un bebé. Irritado y necesitado de silencio para&amp;nbsp;poner en orden sus pensamientos y serenarse, bajó del todo el volumen. Ante el repentino silencio, Mari entreabrió los ojos, pero la televisión seguía encendida, y los volvió a cerrar. En la pantalla, James Stewart convencía a los inversores de que no cerraran la compañía de empréstitos de su familia. Por algún motivo que desconocía, la resignación con que el larguirucho aquel encajaba los reveses que lo apartaban cada día más de su sueño de viajar y estudiar una carrera, unida a su cara de bueno y su deprimente flequillo, acentuó su irritación, por lo que se tapó bien, hombros incluidos, cerró los ojos y se recostó, buscando una postura cómoda.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Agitado, sentía en la garganta y en el pecho&amp;nbsp;los latidos de su corazón, veloz como un conejo asustado. A su alrededor, en cambio, reinaba la más absoluta quietud: solo si se paraba a escuchar con atención podía oír la respiración acompasada de Mari, ajena por completo a su desasosiego. ¿Pero no quería ver&amp;nbsp;la película? ¿Para eso lo había retenido en casa, para quedarse dormida?&amp;nbsp;¡Si por lo menos estuvieran en la cama, haciendo el amor! Pero no, a ella casi nunca le apetecía, y, al contrario que él, cada vez parecía echarlo menos en falta; a este paso no tardaría en olvidarlo por completo.&amp;nbsp;¿Se habría equivocado casándose con ella? ¿Sería por cosas así que la gente se divorciaba? Se querían, se necesitaban, pero ella cercenaba sus posibilidades de vivir una vida plena, acorde con su edad y no con la de una pareja de abuelos.&amp;nbsp;&lt;i&gt;Qué bello es vivir&lt;/i&gt;. No, vivir así no tenía nada de bello, y con Mari jamás lo tendría. ¿Qué debía hacer entonces, dejarla?&amp;nbsp;¿Y qué pasaría con la casa y el coche? ¿Y con él? ¿Volvería a casarse? No era ningún adonis, ¿qué sucedería si no? ¿Moriría solo?&amp;nbsp;De nuevo volvía a pensar en su muerte, de nuevo esa sensación de encontrarse ante un abismo insondable&amp;nbsp;que lo iba a succionar, de nuevo el mismo miedo (¿y después,&amp;nbsp;qué?), de nuevo la misma certeza (iba a morir), de nuevo la misma angustia... Se revolvió inquieto hasta que, casi por casualidad, dio con la postura adecuada. Qué cómodo era aquel sillón, y qué calentita la manta...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Poco a poco se relajó, y de pronto le pareció estúpido pensar en la muerte con lo a gusto que se encontraba. Sí, claro que se moriría, pero sólo Dios sabía cuándo, en todo caso dentro de mucho tiempo. Su muerte ahora le parecía tan lejana, tan irreal, y se sentía tan bien, que no le habría importado esperar tranquilamente a que llegara, si la espera era tumbado en aquel sillón y con la misma sensación de bienestar. Desde esa nueva perspectiva, su vida le pareció otra. Su trabajo era estable y ya no le aburría. Mari dejaba de ser «la bruja» para convertirse de nuevo en «su princesa», pues se querían (y se necesitaban), y eso era lo importante, ¿verdad? ¡Y cocinaba tan extraordinariamente bien! Además, la mujer perfecta no existía, y si existía no se iba a enamorar de él. ¿Que no se divertía? ¿Y quién lo decía? ¿Que era sino diversión esa extraordinaria sensación de bienestar? Tenía un buen trabajo y se hallaba en su casa con su mujer, cómodo en un buen sillón, tapado con una buena manta, bien cenado y a punto de caer en los brazos de Morfeo. ¿Quién podía afirmar que la felicidad era otra cosa? Quitando a algún temeroso del compromiso como Raúl, nadie en su sano juicio, y en ningún caso Pablo, por supuesto... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp; Así se durmió, y continuó después en el dormitorio, una noche más, y podemos afirmar sin temor a equivocarnos que, cuando se levantara a la mañana siguiente, los pensamientos de aquel día le parecerían, si los recordaba, una pesadilla, y por tanto algo irreal, lo que le daría una falsa pero cada vez más firme sensación de felicidad.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;enero 2011&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-5696365648504375736?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/5696365648504375736/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/01/cuento-de-navidad.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5696365648504375736'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5696365648504375736'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/01/cuento-de-navidad.html' title='Cuento de Navidad'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-1539963903555104237</id><published>2011-01-15T20:43:00.000+01:00</published><updated>2011-02-07T13:23:35.351+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='humor Chesterton'/><title type='text'>El humor, según G. K. Chesterton</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Extracto del ensayo "Ensayo sobre el humor", de G. K. Chesterton:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El humor, en el sentido moderno del término, es una percepción particular de lo cómico o de lo incongruente, que suele distinguirse del ingenio, como si fuese más sutil por un lado o más vago por otro. Se trata, por tanto, de un término que no sólo se resiste a ser definido, sino que, en cierto sentido, se precia de ser indefinible; y, en general, se consideraría una falta de sentido del humor intentar definir el humor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El humor absurdo puede describirse como un humor que, por el momento, ha renunciado a cualquier conexión con el ingenio. Es un humor que abandona cualquier intento de justificación intelectual y no se limita a burlarse de la incongruencia de algún accidente o farsa, como subproducto de la vida real, sino que la extrae y disfruta por sí misma […]; se trata de la locura por la locura, igual que el arte por el arte o, más exactamente, la belleza por la belleza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-1539963903555104237?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/1539963903555104237/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/01/el-humor-segun-g-k-chesterton.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/1539963903555104237'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/1539963903555104237'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2011/01/el-humor-segun-g-k-chesterton.html' title='El humor, según G. K. Chesterton'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-4443540937749066446</id><published>2010-12-30T18:02:00.004+01:00</published><updated>2011-01-01T21:20:54.518+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='extraños noche sinatra'/><title type='text'>Extraños en la noche</title><content type='html'>&lt;div style="margin-left: 35px; margin-right: 35px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #666666;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Estoy paseando por una calle atestada de gente, pongamos la calle Preciados de Madrid, por la tarde, y de pronto lo veo:&amp;nbsp;viene caminando hacia mí...&amp;nbsp;He ido a un concierto de Michael Bublé —a Eva y a mí nos vuelve locas—,&amp;nbsp;en la Plaza Mayor de Valladolid, donde se arranca por primera vez con una versión de &lt;em&gt;Strangers in the night&lt;/em&gt;, cuando miro distraídamente hacia un lado y lo descubro unos metros a mi derecha...&amp;nbsp;Me encuentro en una librería pequeña del centro, una de habitual vacía, con un libro de Marian Keyes en la mano que me dispongo a comprar, momento en el que se oye el tintineo de la puerta al abrirse: al girarme, me doy cuenta de que él está entrando en la tienda...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Qué tonta, otra vez imaginando escenas imposibles. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué imposibles?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mi mente me lleva ahora al salón de mi casa, en una lluviosa y desapacible tarde de domingo en la que, tirada en el sofá, he visto &lt;em&gt;La princesa prometida&lt;/em&gt;, y, tras haberme desahogado llorando como una magdalena,&amp;nbsp;estoy dando cuenta de una tarrina de helado de chocolate cuando llaman a la puerta: la sorpresa es mayúscula al encontrarlo plantado sobre el felpudo, empapado...&amp;nbsp;Vivo en una casa en el medio del campo, como Meryl Streep en &lt;i&gt;Los puentes de Madison&lt;/i&gt;, y una mañana cualquiera oigo el rugir de un motor en el exterior; al levantar la cabeza, me quedo paralizada al descubrir que la persona que se ha perdido no es sino él...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ojalá en un futuro próximo pueda ser la protagonista de una de estas situaciones, o de cualquier otra que pueda o no imaginar, en que me reencuentre con Nacho. Nuestras miradas se cruzarían y mantendrían un diálogo intenso en el que él me pediría perdón, yo le contestaría «claro que sí, olvidemos el pasado»,&amp;nbsp;él me diría&amp;nbsp;«me he dado cuenta de que te amo, quiero vivir el resto de mi vida a tu lado» y yo le respondería&amp;nbsp;«ya sabes que yo también», todo sin pronunciar una sola palabra. Después, él se me acercaría sonriente, me diría&amp;nbsp;«hola» y me cogería de las manos, y, tras ese contacto, que nos revelaría que estábamos, ambos, «en casa», nos fundiríamos en un abrazo infinito. Lástima, ¡ay!, que cada día perciba esto como más improbable.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡Sube, Ma!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La conocía desde hacía casi veinte años, pensó mientras se ponía&amp;nbsp;en marcha&amp;nbsp;el ascensor, y, pese a todo lo que habían compartido, percibía&amp;nbsp;en esas dos palabras&amp;nbsp;un tono desconocido que la incomodaba. &amp;nbsp;«¡Sube, Ma!», se repetía tratando de averiguarlo, ¿qué podía ser? Ya fuera en persona, por teléfono fijo o móvil, o por el interfono como entonces, había aprendido a distinguir en la voz de su amiga infinidad de estados anímicos diferentes: tristeza por la muerte de su gata&amp;nbsp;—Kitty, qué otro nombre si no—,&amp;nbsp;emoción ante su primera entrevista,&amp;nbsp;decepción por el no, alegría por un sí posterior, sorpresa en su cumpleaños cuando desenvolvió el bolso rojo que había pospuesto hasta las rebajas, enfado con su hermana por haberle regalado otro libro, susto ante un retraso de quince días, alivio tras comprobar que había sido nada más un retraso, angustia porque un preservativo se había roto, abatimiento tras la píldora del día siguiente...&amp;nbsp;«¡Sube, Ma!» ya no eran dos palabras sino tres sílabas, o seis letras, que, de tanto repetir, se habían convertido en un «bemasu» carente de significado, y ni aun así logró dar con una explicación convincente. «¡Sube, Ma!», pronunció en voz alta, y detectó prisa, respiración contenida, precaución.&amp;nbsp;«¡Sube, Ma!».&amp;nbsp;Un tono, en definitiva, extraño, diferente, como diferente era&amp;nbsp;la luz de la escalera cuando salió del ascensor, sin duda una bombilla para salir del paso, de muy poca potencia, que acentuó su nerviosismo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Se relajó cuando empujó la puerta&amp;nbsp;que Eva había dejado entreabierta y la vio, en un&amp;nbsp;precario&amp;nbsp;equilibrio sobre una banqueta de tres patas, terminando de guardar algo en el armario empotrado que había junto a la puerta, un poco más allá del interfono. «Así que era esto: cogió el telefonillo desde ahí arriba», respiró aliviada.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Un momento, Ma —dijo Eva cerrando con fuerza la puerta del armario—, ya no tardo nada. Es que, ¿sabes?, estaba vistiéndome cuando decidí guardar la manta, cansada de dejarlo para otra ocasión, y ya van varias semanas, cuando me llamó Marcos, el amigo de Raúl, el gallego, y ni terminé de vestirme ni guardé la manta, pero ya está&amp;nbsp;—cogió la banqueta y la dejó debajo de la mesa de la cocina—. En un momento estoy y nos vamos. ¿Qué tal la tarde?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Efectivamente, estaba a medio vestir. Únicamente le había dado tiempo a ponerse unas medias de rejilla, negras, sobre un minúsculo tanga, también negro, que se le veía porque, a mayores, no llevaba más que una camiseta blanca de tirantes, corta y tan fina que se le transparentaban los pezones.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Bien, normal.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Anda, ven, ayúdame a decidir qué me pongo&amp;nbsp;—le pidió, entrando al dormitorio—. Estoy dudando entre el vestido rojo y el negro palabra de honor y no me decido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ya sabes que a mí me gusta el rojo&amp;nbsp;—respondió María, sentándose en la cama.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Venga, va, el rojo&amp;nbsp;—y se quitó la camiseta sin importarle que ella estuviera delante.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ya le había visto los pechos en la playa, pero era la primera vez que lo hacía en su casa, en la intimidad de su dormitorio, a solas, y desvió la mirada en un gesto instintivo. Aun así, no pudo dejar de mirarla, una vez más,&amp;nbsp;con una admiración rayana en la envidia: eran más pequeños que los suyos, pero parecían más firmes, más bonitos,&amp;nbsp;¿serían también más sensibles?, y a juego con su vientre plano y sus piernas tonificadas. La muy cabrona.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿No vas a ponerte sujetador?&amp;nbsp;—le preguntó cuando vio que se llevaba el vestido a la cabeza.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No, con este vestido no necesito. Además&amp;nbsp;—sacó la cabeza y sonrió—, hoy tengo ganas de marcha.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —No cambias.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué pasa, tú no?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ya me conoces, no me gustan mucho las fiestas. Me pone nerviosa tener que conocer gente, tener que poner buena cara, tener que memorizar nombres...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Ay, Ma, qué especialita estás últimamente&amp;nbsp;—dijo Eva mientras se terminaba de colocar el vestido—. ¡Con lo que bonito que es conocer gente! Y no te digo el día que conoces a alguien que te gusta, lo miras en la distancia, y te mira, haces como que pasas de él mientras te preguntas si le gustarás, y lo vuelves a mirar, ya con un poco más de descaro, y él te mira, y sonríe levemente, pero te alejas para volver a mirarlo, y ahí está él mirándote, y le invitas con los ojos, con una sonrisa tímida, a que se acerque, y se acerca, vaya si se acerca, y te habla y ya casi da igual lo que diga, él te gusta y lo sabe, y no importa lo que le respondas, tú le gustas y lo sabes, y te tocas el pelo, y parpadeas, y sonríes, y te lo comes con los ojos, y ves que traga saliva, que está nervioso, que empieza a sudar, que te sonríe excitado, y&amp;nbsp;—estaba subiendo la cremallera de las botas, negras y altas, hasta casi la rodilla, cuando levantó la vista y, ante la expresión de María, se frenó—... No me mires así que ya lo cantaba Sinatra.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, algo así, con la diferencia de que tú hablas exclusivamente de sexo, que nos conocemos, y en &lt;i&gt;Strangers in the night&lt;/i&gt; se habla de amor, de un amor a primera vista,&amp;nbsp;y para siempre...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Bah, amor&amp;nbsp;—replicó Eva con desdén—, ¿y quién busca amor? Eso os lo dejo a románticas como tú&amp;nbsp;—y,&amp;nbsp;ya vestida, se levantó y salió del dormitorio.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Maquinalmente, María la siguió hasta el cuarto de baño y se quedó apoyada en el quicio de la puerta, mientras ella se pintaba de azul oscuro el párpado del ojo derecho.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Y qué pasa, que tú no te enamoras?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pues sí, como todo el mundo, es algo que no se puede evitar. Pero he madurado y ya no&amp;nbsp;busco enamorarme, ya no estamos para esas cosas: ahora espero a que se hayan enamorado de mí, y después, solo después, veo si me enamoro o no&amp;nbsp;—una vez terminado el ojo derecho, se puso con el izquierdo—. Tú deberías hacer lo mismo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Hablas como si te pudieras enamorar a tu antojo, según si te conviene o no.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Y en cierto sentido así es. Espera&amp;nbsp;—se dio un poquito de gris perla en la parte superior de ambos párpados, y cogió el lápiz perfilador de ojos—. Mira, hay algún chico en la ofi y en el gimnasio de los que podría llegar a enamorarme, si estuvieran libres y se fijaran en mí, claro, y alguna chica también...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¡Eva! No puedes estar hablando en serio, ¡eso lo dices para escandalizarme!&amp;nbsp;—la interrumpió María.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Para nada, estoy hablando totalmente en serio. Hay mucha gente que me gusta, tanto chicos como chicas, ¿a ti no?,&amp;nbsp;y estoy convencida de que sí podría llegar a enamorarme de alguna chica, Susana sin ir más lejos. Lástima que esté tan enamorada de su novio...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Desde luego, pensó María, eran terriblemente distintas; tal vez esa fuese la razón por la cual llevaban prácticamente toda la vida juntas. Mientras Eva —que ya se había dado rímel y estaba pintándose los labios de carmín sin dejar de parlotear— hablaba hasta por los codos, a María le gustaba pensar que si hablaba menos era porque pensaba más (y por eso era en general más decidida que su amiga), porque tenía una mayor vida interior.&amp;nbsp;Eva&amp;nbsp;llevaba el &lt;em&gt;carpe diem&lt;/em&gt; por bandera, apurando hasta la última gota cada copa de placeres de que&amp;nbsp;disponía sin pensar en el mañana o en el &lt;em&gt;qué pasará&lt;/em&gt;, si bien no le dolían prendas a la hora de esforzarse cuando tenía que hacerlo; por el mismo motivo, le encantaba conocer gente, porque sí, por el mero hecho de conocer gente, de entrar en contacto con sus semejantes («lo que de verdad le daba sentido a la vida», solía decir), aunque supiera que jamás iba a volver a saber de ellos. María en cambio era más de buscarle el sentido a todo lo que hacía, las más de las veces sin encontrarlo, y se frenaba continuamente, postergándolo todo a un futuro mejor, a unas circunstancias más favorables, a unas personas más adecuadas. Estas diferencias se manifestaban con mayor intensidad en su manera de abordar el amor y, cómo no, el sexo. María se fijaba en alguien por sus cualidades&amp;nbsp;y se enamoraba, acaso de una forma&amp;nbsp;infantil, y sufría hasta que el chico la correspondía, si es que la correspondía, o hasta que conseguía superarlo, y así llevaba más de un año y medio tratando de&amp;nbsp;olvidar, sin éxito,&amp;nbsp;a Nacho, de quien no se había vuelto a saber; parecía que se lo hubiera tragado la tierra. Y si Eva disfrutaba del sexo en prácticamente todas sus variantes, según ella misma decía, prefiriendo casi a desconocidos que no&amp;nbsp;la importunaran con «exigencias de enamorados tontos»,&amp;nbsp;María era amiga de estas exigencias, y de hecho no podía entregarse, más allá de cuatro besos, sino a alguien muy especial, alguien con quien tuviera una confianza extraordinaria; y&amp;nbsp;el último había sido Nacho...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Tú —la sorprendió Eva— lo que tienes que hacer es cambiar un poco de espíritu. ¡Carpe diem! —declamó en tanto que se echaba unas gotas de perfume detrás de las orejas, en las muñecas, en el pecho y, se levantó ligeramente la falda del vestido, en&amp;nbsp;la entrepierna. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Eva, estás loca.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Vamos a ver, llevas la camisa tan cerrada —se le acercó— que pareces una monja, y nos vamos de fiesta, no a un funeral, así que déjame —le soltó con agilidad un botón a la altura del esternón, y también el siguiente, rozándole con&amp;nbsp;el dorso&amp;nbsp;de sus manos, tan suaves,&amp;nbsp;la cara interna de los pechos, y le abrió la camisa, dejando al descubierto más de lo habitual en María—. ¿Ves? Así estás mucho mejor. Ahora sólo te queda pintarte un poco, ¿me dejas?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Aquello turbó&amp;nbsp;a María, que sintió cómo su piel se erizaba por el fugaz contacto, y no contestó. Al parecer, Eva ni siquiera se había dado cuenta, ocupada como estaba en elegir el color que mejor combinara con sus ojos marrones. ¿O tal vez lo había hecho adrede y estaba disimulando? Lo cierto es que aquel contacto, por aquellas manos tan suaves, le gustó, y su piel no se hubiera negado a darle continuidad, ¿era posible que no le hubiera puesto reparos a manos femeninas, aun tratándose de las de su amiga? ¿Acaso Eva tendría la misma consideración de ella que de la tal Susana?&amp;nbsp;No se atrevía ni en realidad podía seguir por ahí, pues Eva terminaría por adivinarlo. Aquel roce le recordó a otras manos, mucho más&amp;nbsp;familiares, las de Nacho, manos cuyo tacto recordaría por siempre —y que era capaz de distinguir con los ojos cerrados— y que, dos años atrás, le quitaban esa misma camisa, botón a botón, y después demostraban su acreditada pericia con el broche del sujetador, para luego acariciarla palmo a palmo mientras... No, tampoco debía continuar por ahí si no quería, y no lo quería en absoluto, delatarse. De cara a Eva, Nacho ya estaba, no ya superado, sino olvidado. No obstante, una vez que su pensamiento la hubo llevado a Nacho, ya no pudo desprenderse de él y, como tantas otras veces, acabó imaginando un reencuentro feliz, en un futuro más o menos lejano: en esta ocasión, el olor oriental y dulzón del perfume en las muñecas de Eva,&amp;nbsp;que estaba terminando de maquillarla, la llevó al &lt;i&gt;Bazar de las Especias&lt;/i&gt;, en Estambul; quería comprar alguna esencia, algún té exótico, pero no se decidía, cuando una voz conocida a su izquierda la sobrecogió: «¿Cuánto cuesta el azafrán? Excuse me, how much is saffron?»...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Ya estás —le anunció Eva, despertándola a la realidad—. Mírate y me dices si te gusta. A mí me parece que estás guapísima.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;María se miró en el espejo y asintió. Era algo excesivo para su gusto, pero lo cierto es que la favorecía, si bien, entre el maquillaje y la amplia superficie que se veía debajo del cuello, le costaba un tanto reconocerse a sí misma. Sin embargo, era una noche de tantas emociones que su aspecto quedaba en un segundo plano.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Venga, vamos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;La fiesta tenía lugar en un viejo&amp;nbsp;pero rehabilitado inmueble del centro, en un piso de techos altísimos y&amp;nbsp;amplias estancias,&amp;nbsp;propiedad de Luis, un&amp;nbsp;buen amigo de Eva. Cuando llegaron, prácticamente las últimas, el ambiente ya era sofocante, muy cargado por el humo y el calor de las no menos de cincuenta personas dispuestas entre el enorme salón y una sala aneja separada del salón por una puerta corredera.&amp;nbsp;Luis salió a recibirlas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Hola, chicas, adelante.&amp;nbsp;¡Qué guapa estás, María!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Gracias.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Como podréis comprobar, hoy toda la música es de los años cincuenta —en ese momento estaba sonando &lt;em&gt;Johnny B. Goode&lt;/em&gt;, de Chuck Berry —. Espero que os guste —les dijo llevándose sus abrigos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;«Bien, al menos disfrutaremos de la música», pensó María, que&amp;nbsp;no se terminaba de sentirse cómoda entre tanto humo y gente desconocida. La escasa luz no ayudaba. Su incomodidad aumentó cuando&amp;nbsp;creyó advertir&amp;nbsp;que algunas miradas se dirigían hacia su pecho, lo&amp;nbsp;que le hizo, instintivamente,&amp;nbsp;intentar abrocharse un botón.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Ma, haz el favor de estar tranquila —la reconvino su amiga—. Deja ese botón en paz.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pero, Eva, ¿tú has visto cómo me mira ese de gafas?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y qué? ¿Acaso te importa? Anda, no me seas niña.&amp;nbsp;Relájate y disfruta un poco.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Estas palabras retumbaron &amp;nbsp;como un eco interminable en su cabeza, ¿qué podía hacer para relajarse? Por fortuna para María, la música estaba muy alta, y&amp;nbsp;Jerry Lee Lewis, que había empezado a aporrear el piano con su &lt;em&gt;Great balls of fire&lt;/em&gt;, la ayudó a relajarse. Qué bien sonaba eso, a pesar de los más de cincuenta años que tenía esa grabación, ¿sería por el volumen? En la sala había un barreño lleno de un líquido oscuro sobre el que flotaban trozos de fruta y cubitos de hielo, y llenó un vaso, de plástico, con un cazo de acero inoxidable. No estaba mal la sangría, pensó dando un buen trago, ¿quién la habría hecho? Así era más fácil sosegarse. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Eva estaba hablando con un chico alto&amp;nbsp;que le acababa de presentar Luis, así que, durante un lapso de tiempo que no sabría precisar, María vagó por aquí y por allá,&amp;nbsp;saludando brevemente a unos y a otros, uniéndose a&amp;nbsp;las&amp;nbsp;distintas&amp;nbsp;conversaciones, sin participar en ninguna, y abandonándolas al poco&amp;nbsp;(no lograba concentrarse en lo que se decía), bebiendo sangría hasta achisparse y escuchando los distintos temas que iban desfilando por los altavoces.&amp;nbsp;Reconoció casi todos:&amp;nbsp;&lt;em&gt;Tutti Frutti &lt;/em&gt;de Little Richard,&amp;nbsp;&lt;em&gt;Jailhouse Rock&lt;/em&gt;&amp;nbsp;de Elvis,&amp;nbsp;&lt;em&gt;La Bamba&lt;/em&gt; de Ritchie Valens,&amp;nbsp;&lt;em&gt;Smoke gets in your eyes&lt;/em&gt;, qué irónico, de&amp;nbsp;los Platters y &lt;em&gt;Beguin the Beguine&lt;/em&gt;&amp;nbsp;de Frank Sinatra.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Cuando Dean Martin empezó a cantar &lt;em&gt;Sway&lt;/em&gt; —mucho mejor, a su pesar, que su adorado Michael Bublé—, una voz la sorprendió por detrás:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Bailas?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Al girarse, la sorpresa fue mayúscula. Recordándolo&amp;nbsp;después, se dio cuenta de que entre el volumen de la música, que él había tenido que gritar y el tiempo transcurrido desde la última vez, lo raro sería que hubiera adivinado quién era.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¡¿Nacho?! ¡Pero bueno! ¿Qué haces tú aquí? —exclamó, consternada, pues no era así como había soñado el reencuentro. ¿De dónde había salido? ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Me ha invitado Luis, fuimos compañeros en el instituto —respondió Nacho con una sonrisa rebosante de seguridad—. ¿Bailas?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;María se le acercó, le agarró la mano que él le tendía, la izquierda, con su derecha, apoyó su izquierda sobre el hombro derecho de él, y se dejó mecer. Aunque el ritmo era de chachachá y Nacho lo bailaba como si se tratase de un «lento», lo cierto es que no lo hacía nada mal. Sin embargo, y al margen que todo se estaba desarrollando de un modo diferente a como lo había imaginado, había algo que no iba bien, de eso estaba segura, pero no caía en la cuenta de qué. Levantó la cabeza para mirarle a los ojos: en ellos no había ni rastro de «lo siento» o «te amo»,&amp;nbsp;y apartó la mirada. Él la atrajo un poco más hacia sí, aumentando la presión sobre su mano derecha y espalda, y buscando el cuello de María, y en ese momento ella lo comprendió todo: tal vez su&amp;nbsp;mano izquierda no había cambiado, pero no era como la recordaba, de hecho no la reconocía, y lo mismo sucedía con su hombro derecho y con su voz; no, definitivamente, nada en él le resultaba familiar, nada le hacía sentirse&amp;nbsp;«en casa»: Nacho&amp;nbsp;se había convertido en ¡un extraño! Ella creía mantener su recuerdo intacto, pero al parecer el tiempo lo había deformado, y su cuerpo, al contrario que su mente, no se dejaba engañar y así se lo hacía saber. Lo miró otra vez, y en esta ocasión percibió en sus ojos el brillo del deseo, con tal fulgor que María, aunque todavía no se había terminado la canción, se soltó bruscamente y le dijo:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Perdona, tengo que ir al baño. Ahora vuelvo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;No fue al baño, ni volvió, sino que recogió su abrigo y se marchó. Ni siquiera se despidió de Eva, que estaba besándose con el chico alto, con quien no tardaría en irse también. «Disfruta tú que puedes», pensó con amargura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;En el espejo del ascensor de su casa fue consciente de que había llorado, pues se le había corrido el maquillaje y tenía un aspecto horrible. Pero también fue consciente, ahora que se había repuesto de la decepción, de que Nacho, en tanto que un extraño para ella, había salido por fin de su vida, lo cual le hizo sentirse ligera como una pluma. Tenía calor y se bajó la cremallera del abrigo, dejando al descubierto la división entre sus pechos. De pronto se sintió orgullosa de sí misma, y se abrochó un botón. Una extraña felicidad brotó en su interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;br /&gt;diciembre 2010&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-4443540937749066446?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/4443540937749066446/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/12/extranos-en-la-noche.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4443540937749066446'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4443540937749066446'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/12/extranos-en-la-noche.html' title='Extraños en la noche'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-1931462917656158993</id><published>2010-11-27T18:13:00.021+01:00</published><updated>2011-07-19T09:56:19.662+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Glenn Gould alzheimer'/><title type='text'>El preludio</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;Con movimientos precisos, el hombre de gris toma el primero de los varios cientos de cuadros que le han entregado, y lo deposita, boca arriba, en el centro del patio. A continuación, y valiéndose de un aerosol, lo rocía con gasolina y le prende fuego con una cerilla. No sabe quién es el autor —no están firmados— ni el motivo concreto por el que debe deshacerse, uno a uno y siguiendo un orden preestablecido, de todos aquellos valiosos lienzos, pero él no hace preguntas: le basta con saber que ése es su cometido y se limita a cumplirlo, el resto le trae sin cuidado. Aun así, y mientras comienza poco a poco a arder, no puede evitar dirigirle una fugaz mirada a la pintura: es el retrato de una familia, en el que alcanza a distinguir a los padres, ancianos ambos, y al hijo y la nuera, estos últimos agarrados de la mano; al fondo se ve la Torre Eiffel.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px 50px;"&gt;&lt;b&gt;El pianista desconocido&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;Retratos anónimos&lt;br /&gt;M. A. García | 10/11/2010&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Eutimio Rodríguez, el protagonista del retrato de hoy, es un anciano de rostro afable y mirada por lo general perdida. Vive, junto a otros ciento cincuenta y siete ancianos, en la Residencia de Mayores San José, en Valladolid. Aquejado de alzheimer, tiene un hijo al que olvidó hace tiempo y que lo visita una vez al mes. Su esposa, Elvira, falleció hace un año víctima de un cáncer, pero él ya no la reconocía ni supo de su enfermedad. Ahora, nos dicen, cuando piensa en ella se revuelve ilusionado porque está, según él, a punto de llegar: han quedado para dar un paseo y la va a llevar al Campo Grande, donde la invitará a tomar barquillo y le pedirá que se case con él; está firmemente convencido de que le responderá que sí, y dejará al fin de sentirse solo, comenta a quien se sienta a escucharle. No se da cuenta de que lleva semanas esperándola. Pero no desespera. En su lugar, se sienta al piano y se relaja tocando un preludio de Bach, en concreto el número 10 en mi menor, en una posición, a causa de la silla tan diminuta sobre la que está sentado, un tanto extraña.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La interpretación es sorprendente, delicada, llena de emoción, sublime. Resulta imposible no dejarse transportar por la música del genio alemán —con frecuencia calificada como de demasiado matemática y racional— y emocionarse con la tristeza serena del comienzo, la relajación aparente de la parte central y la aceleración casi vertiginosa del final, en una metáfora de quien deja atrás su pesar y se pone de nuevo en movimiento con renovado vigor. Esta interpretación, pasmosa en una persona en su estado, se nos antoja antológica, y nos revela que estamos ante un pianista excepcional. ¿Quién es este Eutimio Rodríguez? En los archivos no encontramos referencia alguna a ningún pianista con este nombre, ¿es posible que la música haya dejado escapar a un intérprete de su talla? «Yo no sé tocar. Él sí sabe», nos dice al terminar. ¿A quién se refiere? ¿Existe algún modo de averiguarlo?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El pasmo se convierte en incredulidad al oír, poco después, el relato que hace el gerente a este diario: «Cuando llegó el piano a la residencia, hace apenas dos semanas y fruto de una donación, lo miró con extrañeza, como si no hubiera visto nunca un piano de cola con la tapa levantada. Tras rodearlo con dificultad, se apoyó distraídamente sobre el teclado y dio un respingo al oír el acorde disonante. En lugar de avergonzarse, miró a su alrededor, tomó una silla que había cerca y, sin importarle que fuera demasiado baja, se sentó, posó ambas manos sobre el teclado y comenzó a tocar teclas al azar. Créanme: algo sé de música y les puedo garantizar que este hombre no sabía tocar el piano. En un determinado momento, encontró un arpegio que le llamó la atención, y se puso a repetirlo, primero con la mano izquierda, después con la derecha en una octava más alta, hasta que aprendió a tocarlo con soltura. Desde entonces ha estado practicando todos los días y ya han podido comprobar la destreza que ha adquirido». Cuando se le sugiere la posibilidad de que sí supiera tocar, y simplemente haya recordado cómo hacerlo, el gerente niega con rotundidad. «No, no, imposible. Yo he visto con mis propios ojos cómo ha aprendido a tocar, y es exactamente igual a como lo hacen los niños, pero mucho más rápido, como si la música, por sí misma, se hubiera abierto paso a marchas forzadas», dice sacudiendo la cabeza con perplejidad.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Imposible o no, lo cierto es que, aun tan disminuido por la enfermedad, Eutimio Rodríguez es un hombre cuando menos extraordinario, ¿no creen?&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;El hombre de gris prosigue impasible su rutina: toma un cuadro, lo deposita en el centro del patio, sobre las cenizas recientes del anterior, casi rescoldos, y lo quema lentamente, asegurándose de que el fuego lo destruye por completo antes de proceder con el siguiente. De vez en cuando, dedica unos segundos a contemplar la imagen que va a destruir, mientras la cerilla, recién encendida, se consume entre sus dedos. En esta ocasión, con los contornos algo imprecisos por efecto de la gasolina, se puede apreciar a una pareja de enamorados paseando por un exuberante jardín, mirándose con una sonrisa rebosante de ilusión ante el maravilloso porvenir que se les abre ante sí. Es una pintura llena de vitalidad, esperanza, pasión, en la que predominan los verdes y los rojos. En la pareja reconoce, de nuevo, a los ancianos del primer cuadro, que cada vez van apareciendo más jóvenes: ahora no aparentan más de veinticinco años. A él se le ve henchido de felicidad. Bajo un árbol, un pavo real muestra altivo su esplendoroso plumaje.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px 50px;"&gt;&lt;b&gt;El «espíritu» de Glenn Gould&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;M. A. García | 13/11/2010&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Hace unos días dimos cuenta en este periódico del extraño caso de Eutimio Rodríguez, un enfermo de alzheimer que toca el piano como los ángeles. Ha sido tanta la expectación generada por la noticia que numerosas personas han acudido a la Residencia de Mayores San José, en Valladolid, para escucharle tocar, mas sin éxito, pues Eutimio se asusta si hay mucha gente y el gerente se ha visto obligado a restringir la entrada.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Quienes sí han podido entrar y conocerle han sido el doctor Manuel Sáez, neurólogo del Hospital Clínico de Valladolid y miembro de la Sociedad Española de Neurología, y Daniel Claver, nuestro pianista más internacional, que accedieron amablemente a acercarse al centro de mayores a lo largo del día de ayer, en el primer hueco libre de sus apretadas agendas, y así poder darnos su parecer. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En palabras del doctor Sáez, «en su estado, y sin familiares a quienes preguntar este periódico no ha conseguido localizar aún a José Luis, el hijo de Eutimio es demasiado tarde para desentrañar el enigma, pero, como hombre de ciencia que soy, y dado que el propio Eutimio afirma no saber tocar el piano, lo que considero es que, si no sabía, sí había aprendido al menos a tocar esta pieza en su juventud. Tal vez entonces sufriera un episodio traumático relacionado de alguna manera con esta pieza, y su cerebro, al tratar de superarlo, olvidara todo lo referente a ella. Y tal vez ahora su enfermedad ha borrado por completo aquel episodio de su memoria, liberando los recuerdos inmediatamente anteriores. Es un caso fascinante».&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Claver, en cambio, se mostró más partidario de la tesis del gerente. Su expresión, al principio de curiosidad, mudó pronto a la sorpresa y de ahí al entusiasmo tras verle tocar. «¿Se han fijado en la silla? Con respaldo y tan baja, tan lejos de la ortodoxia... ¿Se han dado cuenta de cómo canturrea mientras tocaba? ¿No les recuerda a alguien?» «¿Glenn Gould?», intervino el gerente. «¡Efectivamente! Es como si no hubiera muerto hace casi ¡treinta años! Hay muchas similitudes —nos dijo, más relajado, mientras le dirigía una breve mirada. Eutimio, mientras, se levantó y, con la ayuda de una enfermera, se sentó en un sofá cercano—. Miren, más allá de lo circunstancial, como son la silla y el canturreo, está la forma de tocar: el sonido, la cadencia, los silencios, el modo genuino en que se aleja de la partitura original... El parecido es increíble. Esta versión es mucho más lenta que la &lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=ZRLdgqj0t6I" target="_blank"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #3d85c6;"&gt;grabación que conocemos de Gould, de 1962&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, pero, si se fijan, es lógico, pues también la versión de las Variaciones Goldberg que &lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=Gv94m_S3QDo" target="_blank"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #3d85c6;"&gt;grabó en 1981&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; es mucho más lenta, y diferente, que la que &lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=MQoK0Pwams4" target="_blank"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #3d85c6;"&gt;grabó en 1955&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, ambas maravillosas, eso sí. Además,&amp;nbsp;Gould decidió dejar de dar conciertos en 1964, a los 31 años, y&amp;nbsp;Eutimio se asusta, según me han comentado, cuando hay mucha gente. Por último, y muy importante: Gould se ponía al servicio de la música, de forma que ésta fluyese de un modo cuasi natural aunque fuera menos fiel a Bach que, por ejemplo, Richter. Es evidente que Eutimio logra que la música fluya con naturalidad, lo cual explica en cierto modo el parecido. Me cuesta reconocerlo&amp;nbsp;—se rasca la cabeza—, pero la única explicación que le encuentro es que a este hombre lo haya poseído el espíritu de Glenn Gould».&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;Por su parte, a Eutimio se le empezó a notar esquivo, ausente. No reaccionó ni cuando le preguntamos por Elvira. ¿La habrá olvidado ya por completo?&lt;br /&gt;&lt;hr align="center" width="25%" /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Glenn_Gould" target="_blank"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #3d85c6;"&gt;Glenn Herbert Gould&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; (25 de septiembre de 1932&amp;nbsp;—&amp;nbsp;4 de octubre de 1982) fue un genial pianista canadiense famoso sobre todo por sus virtuosas grabaciones de las obras para teclado de &lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Johann_Sebastian_Bach" target="_blank"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #3d85c6;"&gt;Johann Sebastian Bach&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;. Tocaba sentado en una desvencijada silla de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas de forma que le quedaba la nariz a la altura del teclado. No es raro escuchar su voz cantando durante las grabaciones. Está considerado, junto a &lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Arthur_Rubinstein" target="_blank"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #3d85c6;"&gt;Artur Rubinstein&lt;/span&gt;&lt;/a&gt; y &lt;a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Sviatoslav_Richter" target="_blank"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #3d85c6;"&gt;Sviatoslav Richter&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;, uno de los pianistas más grandes del siglo XX.&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px;"&gt;Las cenizas crecen de forma considerable y, con cierta frecuencia, el hombre de gris tiene que utilizar un rastrillo para retirarlas. Ya ha perdido la cuenta de cuántas pinturas ha quemado, pero todavía tiene tarea por delante. Recoge las cenizas, las arroja a un contenedor y se dirige a por un nuevo lienzo, en esta ocasión sin marco. La tela está dividida en dos mitades claramente diferenciadas. La izquierda muestra al joven de todos los cuadros, aquí apenas en la pubertad, sentado al piano, sobre el que figura una partitura de Johann Sebastian Bach, en una imagen llena de nitidez y, sobre todo, armonía: la del muchacho con la música que logra extraer del instrumento y que lo envuelve en algo muy cercano al éxtasis. La silla es de asiento muy bajo, lo que le permite llegar a los pedales, y con respaldo, mientras a su lado, vacía, hay una banqueta más alta. La armonía desaparece por completo en la mitad derecha que, más oscura y con trazos borrosos, ya presa del fuego, guarda un parecido inquietante con los Fusilamientos de Goya: en ella aparecen un joven y un adulto de notable parecido, arrodillados en el suelo junto a una cuneta en la que yacen varios cadáveres; tienen los brazos en cruz y miran abatidos a dos soldados que los apuntan con sendos fusiles; el silencio es atronador. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px 50px;"&gt;&lt;b&gt;El espíritu de mi padre&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;J. L. Rodríguez | 15/11/2010&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mi nombre es José Luis, soy el hijo de Eutimio Rodríguez y quiero dar públicamente las gracias a este periódico por su magnífica serie «Retratos anónimos», pues a causa de uno de ellos he podido conocer una faceta que desconocía de mi padre. Por cuestiones de trabajo, vivo, con mi esposa, a caballo entre Valladolid y París, razón por la cual me resulta imposible cuidar de él como me gustaría, y me limito a visitarlo siempre que puedo. Cuando leí su «retrato» por internet supe que tenía que adelantar la fecha de regreso para verle tocar antes de que fuera demasiado tarde, y así lo hice. Ayer por la tarde, recién llegado del aeropuerto, asistí a lo que parece haber sido su última interpretación, y me quedé francamente impresionado: no puedo por menos que suscribir, palabra por palabra, lo escrito al respecto por D. C. Río en este periódico hace varios días.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mi padre era un hombre muy reservado que nunca habló de su pasado, ahora puedo vislumbrar hasta qué punto. Mi madre me contó que su infancia fue muy traumática, en esa España de los primeros años de posguerra, tan duros de por sí: tendría ocho o nueve años cuando dos hombres armados entraron en su casa y se llevaron a su padre y a su hermano, siete años mayor que él y prometedor pianista, a quienes ya nunca nadie volvió a ver. No tardó en saberse que los habían matado y enterrado, por decir algo, en cualquier cuneta o fosa común; a él, a solas con su madre, no le quedó más remedio que empezar a trabajar desde muy pronto, y poco a poco salieron adelante. Por si aquello no fue suficiente, años después, cuando le quedaba apenas un mes para librarse del servicio militar por ser hijo de viuda, su madre falleció y tuvo que incorporarse a filas. Tres años nada menos duró aquella mili, tres largos años en los que estuvo vagando por distintos cuarteles de la geografía española. Eran otros tiempos. Al regresar encontró trabajo en una gasolinera, y conoció a Elvira, mi madre, con quien se casó poco después. Desde entonces tuvieron una vida normal, puede decirse que feliz, aunque solo tuvieron un hijo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Nunca habló de su pasado, mucho menos de que supiera tocar el piano, y lo cierto es que tenía un carácter un tanto difícil, pero era una excelente persona y con una sensibilidad, como he podido constatar, fuera de lo común. Le encantaba la música clásica, sobre todo la de piano de Bach y Beethoven, de quienes tenía una buena colección de vinilos y casetes que escuchaba en casa siempre que podía, y raro era el día que, en la gasolinera, no tenía la radio encendida a todo volumen.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Hace tres años comenzaron a hacerse visibles los síntomas de una enfermedad neurológica degenerativa en la que, al parecer, uno a uno los recuerdos van desapareciendo para siempre de su memoria como capas que se retiran de una cebolla. La última muestra del avance imparable de la enfermedad se ha hecho patente hoy, cuando ya no ha sido capaz de tocar el preludio completo sino solamente algunas partes aisladas, cada vez con menos soltura, y se ha levantado afirmando: «con práctica yo también aprenderé a tocarlo». Por ello reitero mi agradecimiento a este periódico, no solo por permitirme completar el retrato que conservaba de él, sino por hacerme entrega de la grabación de una de sus mejores interpretaciones, en la que ha quedado fijado, sin ningún género de dudas, el espíritu de mi padre.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px;"&gt;Al hombre de gris le quedan apenas unos pocos cuadros para terminar su trabajo. En uno de ellos, el último al que echa un vistazo, aparece un joven sobre una banqueta tocando el piano bajo la mirada aprobadora de su padre. Detrás de ellos, fuera del salón, un niño pequeño mira embelesado a su hermano, con la admiración que le ha profesado desde siempre y una sonrisa en la que se dibuja una determinación: tocar algún día como él.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;noviembre 2010&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-1931462917656158993?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/1931462917656158993/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/11/el-preludio.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/1931462917656158993'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/1931462917656158993'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/11/el-preludio.html' title='El preludio'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-8947763532584632305</id><published>2010-11-13T11:00:00.003+01:00</published><updated>2010-11-15T20:50:43.887+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='realidad'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Kenzaburo Oé'/><title type='text'>La realidad, según Kenzaburo Oé</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Extracto del libro "Una cuestión personal", de Kenzaburo Oé:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Esta vez sí que hiciste frente a los problemas —dijo el profesor.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—En realidad intenté zafarme varias veces. Y casi lo logro. Pero parecía que la realidad lo obligara a uno a vivir adecuadamente cuando se es parte del mundo real. Quiero decir que, aunque uno intente permanecer en la red del engaño, al final descubre que la única alternativa es salirse de ella —Bird se sorprendió de la amargura contenida en su tono de voz—. Al menos, eso es lo que he aprendido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Hay personas que toda la vida van saltando de un engaño a otro, e igualmente viven en el mundo real.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-8947763532584632305?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/8947763532584632305/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/11/la-realidad-segun-kenzaburo-oe.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/8947763532584632305'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/8947763532584632305'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/11/la-realidad-segun-kenzaburo-oe.html' title='La realidad, según Kenzaburo Oé'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-4003204825262485890</id><published>2010-10-31T22:43:00.007+01:00</published><updated>2010-11-03T22:02:40.750+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='dorian gray'/><title type='text'>Despertares</title><content type='html'>&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cruzo el río por un puente de dos carriles. Sé que muchos metros más abajo discurre, fría, el agua, aunque todavía no ha amanecido y no se ve nada. Desde el carril de la derecha, por el que circulo, se puede seguir recto o girar a la izquierda, así que doy el intermitente y giro. A mi izquierda, un coche frena bruscamente y me da varias ráfagas con las largas a la vez que pita furioso. Venía por el carril de la izquierda, detrás de mí, y pretendía seguir recto, cuando no le quedaba otro remedio que girar, manteniéndose a la izquierda. No me ha embestido por muy poco. A la rabia de que me piten teniendo yo la razón se le une la impotencia de no poder hacérselo ver —a él o a ella—, y solo encuentro algo de desahogo aporreando&amp;nbsp;a mi vez&amp;nbsp;el claxon. Pero el Hyundai Coupé blanco ya se aleja a toda velocidad y dudo mucho que me haya oído siquiera. Se salta un semáforo en rojo y desaparece tras una curva cerrada. Maldito deportivo de pacotilla, lástima que no te lleves un buen susto. Aunque ni así aprenderías.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Me pregunto qué habrá sido de ti. ¿Seguirás viva? La última vez que te vi, hace poco más de un año, pensé que no vivirías mucho. Mientras te alejabas, maldiciéndome en voz baja y airada como no te había visto nunca conmigo, estaba convencido de que llegaría un momento en que te pararías, te darías cuenta de qué habías hecho con tu vida y tú misma acabarías con ella. Sin embargo, ahora no lo tengo tan claro. De hecho, dudo mucho que llegue alguna vez el momento en que te des cuenta de nada. Y, en el caso improbable de que abras los ojos y te pierdas en el abismo que se cierne en tu interior, me sorprendería que tuvieras la determinación necesaria para hacerlo. Así que sigues viva. ¿Habrás conseguido aprender algo? Lo cierto es que también albergo dudas al respecto: es preciso tener voluntad de aprender, y tú ni siquiera sabes lo que es eso. «La gente no cambia», dicen, pero sí, claro que lo hacemos: a peor. En fin, puedo imaginarte en muchas situaciones distintas, pero en ninguna tomando conciencia de cómo eres en realidad.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Dejo la carretera y me adentro en un camino polvoriento, sin asfaltar, por el que no parece que haya transitado nadie en largo tiempo. Aparco junto a una cueva de la que sale a recibirme un ermitaño de edad avanzada. De la misma altura que yo, hay algo en su mirada, que no en su aspecto —barbudo, con el pelo largo, extremadamente delgado, descalzo, vestido nada más con los harapos de lo que pudo ser un pijama— que me resulta familiar. «¿Qué tal el viaje, David, todo bien?», me pregunta. «Perdone, ¿nos conocemos?&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;»&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&amp;nbsp;«Y tanto que te conozco, aunque mi memoria ya no es lo que fue.» «¿Y yo a usted?» «Menos, lógicamente, pero no he cambiado mucho y, si te observas a ti mismo y lo piensas un poco —hace un gesto señalando a su alrededor—, podrás hacerte una idea bastante aproximada de cómo soy.» «¿Cómo dice?» Me sonríe, afable —apenas le quedan dientes—, pero no me contesta. «¿Cómo es que vive aquí?», le pregunto ante su silencio. «Me cansé de no conectar con la gente, de que nadie llegara a entenderme pese a intentarlo con todas mis fuerzas, así que decidí hacer un alto en el camino. Me entiendes, ¿verdad?» «Pues lo cierto es que no del todo.» «¿Lo ves? Ni siquiera era capaz de comunicarme conmigo mismo —me replica—. Me di cuenta a partir del percance con aquel Hyundai Coupé blanco, y no he aprendido, por lo que veo. Tal vez me hubiera venido mejor hacer el Camino de Santiago.» ¿Qué está diciendo? Tengo la sensación de caminar en círculos, estoy empezando a marearme, y me voy a toda prisa de allí. En el retrovisor, agitando la mano, aparece el ermitaño. Pero, cosa extraña, su cara aparece sin barba y me resulta más familiar si cabe.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Te conocí una mañana de noviembre. Te habían hecho un contrato en prácticas en la empresa y a mí ya me habían llegado noticias de «la nueva». Tenías treinta y siete años, venías de otra ciudad, y desde el primer momento tu carácter abierto, demasiado para lo que se estilaba por aquí, chocó con tus nuevos compañeros. Al menos eso es lo que deduje por los comentarios, y a mí, amigo de las causas perdidas, me picó la curiosidad por conocerte, por simpatizar contigo, con ese carácter más abierto, con ese soplo de aire fresco y cálido a la vez que traías del sur. El caso es que me caíste bien; habías entrado como un elefante en una cacharrería, cierto, pero eras buena chica, ¡qué culpa tenías tú de haber ido a coincidir con la gente más cerrada de una ciudad que no pasaba por abierta precisamente! Aun así, cuando tuviste confianza y me comentaste tus cuitas, te deslicé que quizá no sería mala idea aplicar el «allá donde fueres haz lo que vieres», tratar de no querer destacar, dejar que tus compañeros se habituaran a ti y luego ya mostrarte como eras. Sin embargo, tenías muy claro cómo eras y que no tenías por qué modificar tu conducta, mucho menos por «gente acomplejada». No me pareció mal, incluso consideré admirable esa seguridad en ti misma, esa autodeterminación.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Poco después, los comentarios empezaron a tomar otro cariz: que si no sabías nada, que si en la entrevista habías mentido, que si no hacías nada bien, que si eras una rebelde, que si ibas por libre, que si querías destacar a costa de tus compañeros... No, no podía ser que todo fuera como lo contaban, pero tampoco, y eso lo tenía muy claro, que todo fueran invenciones malintencionadas. Fuera como fuese, te había cogido cariño y traté de que las habladurías no interfirieran en mi relación contigo, que era lo que verdaderamente me importaba. Además, yo acababa de divorciarme y tú estabas sola en la ciudad —hasta que llegara tu marido, a quien en su empresa habían prometido el traslado—, y quedamos con cierta asiduidad. Vernos fuera del trabajo, pero, sobre todo, hablar, me permitió soltar lastre, desahogarme, ver las cosas desde otra perspectiva, con otra distancia, y, en última instancia, darme cuenta de lo mucho que lo necesitaba. En cuanto a ti, te permitió no sentirte tan sola, tener a alguien con quien salir por ahí, un amigo, al margen del significado que esta palabra tuviera para ti.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif; font-style: italic;"&gt;En el espejo interior del coche, en el del zaguán de mi casa, en el del cuarto de baño, en los cristales de los escaparates, de los bares, de los coches, en los charcos: la imagen del ermitaño me persigue en cada espejo sobre el que poso la mirada. No es exactamente la misma, pues aparece con una barba de dos días —los que llevo sin afeitarme—, el pelo corto y los dientes intactos, y sin arrugas, pero se le parece mucho. Demasiado, diría. «Si te observas a ti mismo y lo piensas un poco, podrás hacerte una idea bastante aproximada de cómo soy», me dijo. Estas palabras ahora empiezan a cobrar sentido. Su expresión ha dejado de ser afable, y en su lugar puedo apreciar más bien sorpresa, advertencia, reconvención; no lo tengo claro. Si me está queriendo decir algo, ignoro de qué se trata. Sí, parece que levanta un dedo y abre la boca... pero siento miedo y aparto la mirada. Esto se repite cada vez que me encuentro con una superficie brillante. Quizá debiera hacerle frente, romper el miedo, ser valiente. No me atrevo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Con el paso de los meses, los comentarios arreciaron con virulencia. Tú acudías a mí a contarme tus múltiples y reiterados desencuentros, siempre según tu personalísimo punto de vista, en el cual no había lugar para la autocrítica, y a mí apenas me dejabas intervenir. Así que, mientras parloteabas sin cesar&amp;nbsp;—eras temible: podías estar media hora seguida hablando tú sola, ¡pobre de tu marido!—, yo me dedicaba a terminar el retrato que de ti había trazado en mi interior, y a comprobar resignado que sus contornos eran idénticos a lo que la gente decía de ti, con la salvedad de que yo tenía el retrato completo, y lo que éste ofrecía a la vista era sencillamente devastador. Eras alegre, simpática y divertida&amp;nbsp;—siempre que no te llevasen la contraria—&amp;nbsp;cuando estabas de fiesta, pero ahí se terminaba la cara amable de tu retrato. El resto decía que,&amp;nbsp;aparte de las últimas novedades en Mango, Stradivarius, Bershka, Zara y demás,&amp;nbsp;no sabías nada de nada:&amp;nbsp;ni de conocimientos relacionados con tus estudios o con tu trabajo, ni de cultura de ninguna clase ni de lo que pasaba en el mundo que no saliera en los programas&amp;nbsp;de televisión&amp;nbsp;de cotilleos. Por no saber, no sabías ni razonar, pues utilizabas una lógica&amp;nbsp;&lt;i&gt;ad hoc&lt;/i&gt;:&lt;i&gt;&amp;nbsp;&lt;/i&gt;arbitraria, caprichosa, a tu gusto. Te importaba muy poco lo que era la la humildad, la empatía&amp;nbsp;—¿para qué, si eran los demás los que tenían que plegarse a ti?— o la ética profesional, y mucho menos pensar en subsanar tus lagunas, tan grandes como océanos. Y, a pesar de todo, en el colmo de la ilusión, esperabas que, ¿por tu cara bonita?,&amp;nbsp;te renovaran el contrato.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Muchas veces me cuestioné el porqué de tu forma de ser; si había algo que te llevaba a sortear la autocrítica, a justificarte sistemáticamente, a deformar la realidad, a echarle la culpa a los demás. Pensé que tal vez te vendría bien que alguien, yo por ejemplo, te hiciera ver lo que tu conciencia, amordazada, no podía, y lo intenté, créeme, para constatar, impotente y no sin pesar, que ante cualquier sugerencia te cerrabas en banda, hermética. Ahora entiendo que lo hacías como mecanismo de protección: intuías cómo eras y sabías que, careciendo como carecías de fuerza de voluntad, la autocrítica te hundiría sin remedio en la miseria de la, más que baja, profunda autoestima. Imagino que no estabas equivocada.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif; font-style: italic;"&gt;Descuelgo los espejos de la casa y los llevo al trastero. Bajo las persianas, corro las cortinas. Doy la vuelta al televisor. Cierro el portátil. Guardo en los armarios todo lo que tenga una superficie brillante. No, mejor en el trastero, al que no volveré una vez cierre la puerta. Antes, dirijo una última mirada sobre los espejos, vueltos contra la pared, y pienso que tienen vida propia; que, como el retrato de Dorian Gray, contienen una imagen que se deteriora con el tiempo. De vuelta en el salón, me siento en el sofá y miro a mi alrededor: he convertido mi casa en una cueva. Pero ahora, aquí, me siento seguro. Otra cosa será cuando salga a la calle. Salgo, a por comida, y bajo la cabeza para no hablar con nadie y para no verme reflejado en ningún cristal. Compro comida enlatada, para no tener necesidad de salir en un mes; o en dos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Como cabía esperar, no te renovaron el contrato.&amp;nbsp;Acudiste a mí como una exhalación,&amp;nbsp;a pedirme consejo sobre qué pasos podías dar, y&amp;nbsp;despotricando contra todos, yo incluido, por no haber intercedido de algún modo por ti ante el jefe. Ante esto último, me limité a recordarte que te había intentado prevenir, advertir, aconsejar, desde el primer día, y nunca me habías hecho caso, por lo que la única responsable de todo eras tú. «Hijo de puta —me respondiste—, yo creí que eras mi amigo. Eres igual que los demás. No, eres peor, que yo a ti sí te he apoyado con tu divorcio», y te fuiste corriendo, sin escucharme y sin dejar de echar pestes por la boca.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No fui en pos de ti, tampoco te busqué. Suponía que me llamarías, que me pedirías perdón, que volveríamos a vernos, aunque tal vez en mi fuero interno deseaba que no lo hicieras. No lo hiciste y no volví a saber de ti, pero no te eché de menos. Sin embargo, no puedo decir que tu marcha me resultara indiferente, todo lo contrario: me dejaste sumido en un mar de cavilaciones. ¿Cómo yo, tu único amigo en la ciudad, no había sido capaz de hacerte ver que las cosas no eran como las veías? ¿Por qué no había sabido comunicarme contigo? Estas preguntas me hicieron revivir el calvario de los últimos meses de mi matrimonio con Raquel, y me di cuenta de que a ella tampoco le había sabido comunicar mis sentimientos, ni mis pensamientos, más que de una forma muy superficial y a todas luces insuficiente. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué tenía la sensación de que nunca me había entendido nadie? Ni tú, por supuesto, ni Raquel, pero tampoco mi familia, mis amigos o mis compañeros. Y, ya puestos, ¿alguna vez me había entendido a mí mismo?&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pierdo la noción del tiempo. Una de dos: o mis sentidos se han agudizado sobremanera o es el tiempo el que se ha acelerado, porque, si me concentro en mi pelo, percibo cómo crece, y a buen ritmo; lo mismo con las barba y las uñas. Es como cuando, de pequeño, si me quedaba muy atento, era capaz de ver el movimiento de la sombra del rascacielos. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero siento hambre y no me quedan latas, por lo que, descalzo y con el pijama raído que no me he quitado en ningún momento, salgo a por comida. A la puerta de mi casa hay estacionado un Hyundai Coupé blanco, con los cristales tintados, que no puedo evitar mirar. Asombrado, me doy cuenta que soy exactamente igual que el ermitaño. De la impresión, despierto al fin.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', sans-serif;"&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Creo que el día de hoy va a suponer un punto de inflexión importante en mi vida. Esta mañana me sorprendió la imperiosa necesidad de salir, ver gente, dar una vuelta por la ciudad. Como llovía, decidí coger el coche, pero sin poner la radio: si estoy tranquilo, conducir en silencio me proporciona una sensación de paz incomparable. Al entrar en el puente, vi que había un hombre acodado en la barandilla, mirando el agua pasar. Cuando me aproximé, se incorporó y se agarró como para saltar y arrojarse al vacío, pero no lo hizo. En su lugar, se apartó, golpeó con el puño derecho&amp;nbsp;sobre la barandilla, como si ella tuviese alguna culpa, y se volvió hacia mí; en su cara me pareció percibir una expresión de alivio. Por si acaso, aparté la mirada y proseguí mi camino. No pude evitar acordarme de ti, y, aunque no miré, supe que el espejo me estaba devolviendo el reflejo de una sonrisa rebelde que se acababa de dibujar en mi cara. A partir de ese momento, la ciudad cambió, como por ensalmo, ante mis ojos. Las gotas que golpeaban el parabrisas eran ahora pequeños diamantes. El hombre que había estado a punto de quitarse la vida pensaba ahora que si el río que corría bajo sus pies nunca era el mismo, ¿por qué su vida había de serlo? La personas que entraban en el bar situado frente a la biblioteca ya no eran gente de mal vivir sino bohemios. La muchedumbre que, a la puerta de la ermita, lanzaba arroz a la pareja que salía emocionada, no celebraba el preludio de una serie de discusiones sin fin sino la posibilidad de una vida feliz en común. Las flores del jardín junto al hospital no eran unas flores cualesquiera sino piedras preciosas de los más variados colores. Y mi soledad en el interior del coche no era consecuencia del aislamiento a que me había visto abocado en el último año, sino el despertar a una vida nueva.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;octubre 2010&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-4003204825262485890?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/4003204825262485890/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/10/despertares.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4003204825262485890'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/4003204825262485890'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/10/despertares.html' title='Despertares'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-6084041576403576677</id><published>2010-10-11T23:22:00.002+02:00</published><updated>2010-10-21T08:50:33.947+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Confesiones máscara Mishima'/><title type='text'>Mishima. Reflexiones</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;Extractos del libro "Confesiones de una máscara", de Yukio Mishima:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;Amar es buscar y ser buscado al mismo tiempo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;En las xilografías del período de Genroku, se advierte a menudo que los rasgos de dos amantes son sorprendentemente parecidos, hasta el punto que resulta difícil distinguir hombre y mujer. De la misma manera, el ideal de belleza de la escultura griega conduce al notable parecido entre varón y hembra. ¿No puede hallarse aquí uno de los secretos del amor? ¿No cabe la posibilidad de que en los más recónditos recovecos del amor aliente un deseo según el cual tanto el hombre como la mujer ansían llegar a ser exactamente como el otro? ¿Y no es posible que este deseo los impulse más y más, llevando al fin al trágico intento de llegar a lo imposible por el medio de actuar de manera diametralmente opuesta a la anterior? En pocas palabras, como su recíproco amor no puede alcanzar la perfección de la recíproca identidad, ¿no se produce acaso un proceso mental por el cual cada uno de los dos procura revisar los puntos de diferenciación&amp;nbsp;—el hombre su virilidad y la mujer su femineidad—&amp;nbsp;y emplea esta rebelión a modo de coquetería dirigida al otro? Y en caso de que lleguen a alcanzar una similitud, ésta dura desdichadamente sólo el fugaz instante que dura la ilusión. Sí, debido a que la muchacha va adquiriendo más y más audacia, y el muchacho más y más timidez, y llega el instante en que, de avanzar en direcciones opuestas, se cruzan, rebasando el justo punto, y siguen avanzando hasta penetrar en el territorio en que aquel punto se ha perdido de vista.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;¿Fue un período de excepcional felicidad para mí? Sentía todavía inquietud, aunque débil. Conservaba la esperanza, y esperaba con ansia los desconocidos cielos azules del día siguiente. Fantásticos sueños del viaje venidero, visiones de las aventuras ajenas, la imagen mental de la persona que algún día yo llegaría a ser en el mundo y de la bella novia que aún no había vislumbrado, mis ansias de alcanzar la fama... todas esas cosas se encontraban en aquellos tiempos ordenadamente guardadas en un baúl, en espera del momento de la partida, igual que si se tratara de la toalla, el cepillo, la pasta de dientes y la guía de viaje. Tenía la impresión de ser el propietario del mundo entero. Y no es sorprendente, ya que en ningún momento estamos en una tan completa posesión de un viaje, hasta su último tramo, su última curva, como en el momento en que lo preparamos. Después de los preparativos, sólo queda el viaje, que no es otra cosa que el proceso mediante el cual lo perdemos. Por eso, los viajes son absolutamente infructíferos.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;Fue un doloroso despertar. ¿Por qué tenían que cambiar las cosas? Las preguntas que me había formulado infinitas veces desde la infancia acudieron de nuevo a mis labios. ¿Por qué llevamos todos la carga del deber de destruirlo todo, de cambiarlo todo, de entregarlo todo a la caducidad? ¿Será ese desagradable deber eso que la gente llama vida? ¿O yo soy la única persona para quien es un deber? Por lo menos, no cabía la menor duda de que yo era el único que consideraba que el deber era una carga onerosa.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;br /&gt;Las personalidades románticas están penetradas de una sutil desconfianza hacia el racionalismo, y eso conduce, a menudo, a ese acto inmoral que se llama soñar despierto. Contrariamente a lo que se cree, soñar despierto no es un proceso intelectual, sino un modo de huir del intelectualismo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-6084041576403576677?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/6084041576403576677/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/10/mishima-reflexiones.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/6084041576403576677'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/6084041576403576677'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/10/mishima-reflexiones.html' title='Mishima. Reflexiones'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-2550023722361780599</id><published>2010-09-30T23:55:00.152+02:00</published><updated>2011-06-14T11:05:10.377+02:00</updated><title type='text'>Ámbar gris</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Eran casi las siete y media por mi reloj cuando, con los motores aún rugiendo,&amp;nbsp;salimos del avión,&amp;nbsp;bajamos la escalerilla y pisamos suelo marroquí. ¡Qué emoción! Roberto me gritó algo a través del ruido,&amp;nbsp;pero no le presté atención: no quería perderme ningún detalle de la vista que se extendía ante mis ojos. La terminal, hacia la que nos dirigíamos, y&amp;nbsp;en la que se podía leer&amp;nbsp;«AEROPORT FES SAIS»&amp;nbsp;junto a una inscripción en árabe, era un edificio de una planta, dos a lo sumo, de color crema, en el que se mezclaban elementos modernos y tradicionales de la arquitectura árabe. La pista de aterrizaje se hallaba en una zona circundada por abundante vegetación, salpicada aquí y allá por pequeñas palmeras. La tarde era muy soleada, y el calor de los rayos del sol me hizo sentir llena de vida. Feliz. En aquel momento me paré, cerré los ojos y levanté la cabeza, recibiendo en la cara la caricia de una ligera y deliciosa brisa. Tomé aire y abrí los ojos, sorprendida: ¿qué era aquella fragancia que nos envolvía?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Es azahar, ¿a que huele bien?&amp;nbsp;—me dijo Roberto antes de abrazarme y besarme con pasión.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los aspavientos de un policía nos invitaron a apresurarnos hacia el control de pasaportes. Al ser los últimos en llegar, tuvimos que esperar cerca de una hora, por lo que, cuando quisimos salir hacia nuestro hotel, ya había empezado a anochecer.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Te recuerdo que tienes que atrasar el reloj, aquí son dos horas menos. Antes no me hiciste ni caso.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ahora sí. Eran las seis y media.&amp;nbsp;En la puerta había varios hombres esperando, uno de los cuales se adelantó hacia nosotros, ofreciéndose a llevarnos por ciento cincuenta dírhams. Aunque no me pareció barato, me mantuve callada cuando Roberto asintió brevemente, y los seguí hasta el taxi, un mercedes de por lo menos veinte años que presentaba un aspecto&amp;nbsp;más&amp;nbsp;que aceptable.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Una vez en marcha, empezaron a hablar en francés, y me quedé de piedra: ¡qué bien hablaba Roberto! Aún no me había recuperado de la impresión cuando me di cuenta de que, en realidad, no sabía gran cosa de él. Un poco mayor que yo, era alto,&amp;nbsp;delgado y muy guapo, llevaba el pelo cortísimo, casi rapado, y tenía una sonrisa encantadora, pero todo esto era algo que saltaba a la vista. También sabía que era&amp;nbsp;tranquilo,&amp;nbsp;educado, independiente, muy seguro de sí mismo, culto&amp;nbsp;—cuando empezaba a hablar parecía una enciclopedia—&amp;nbsp;y con mucho mundo, ¡si hablaba francés mejor que yo castellano! No sabía qué había estudiado, pero sí que se dedicaba al comercio y que no le iba nada mal, a juzgar por el reloj y el perfume, que me volvía loca. Por lo demás, yo le gustaba, le atraía&amp;nbsp;—aunque no sé si tanto como él a mí—&amp;nbsp;y me quería, a pesar de que no hacía ni dos meses que nos conocíamos. ¿Era suficiente? Para mí sí, ya habría tiempo de conocernos a fondo y de, tal vez, desentrañar el halo de misterio que creía percibir de vez en cuando en su mirada.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mientras ellos hablaban animadamente, el taxi iba recorriendo&amp;nbsp;estrechas y&amp;nbsp;larguísimas carreteras flanqueadas por numerosas palmeras y naranjos en flor. Ya había anochecido y las calles estaban llenas de gente: chicos en moto o caminando en grupos, mujeres con pañuelo, algunas sin él, ancianos quietos, mirando pasar a los coches, a las motos, a los jóvenes. A mí, entre tanto, me dio por recordar las circunstancias de una mañana de sábado en que, sin leche en casa, había bajado a desayunar al bar de la esquina: una mañana en la que, de repente, apareció a mi lado Roberto, preguntándome sonriente si podía sentarse conmigo. Me explicó que estaba de paso en la ciudad y que si le podía recomendar un lugar para hospedarse por la noche.&amp;nbsp;Me recordó&amp;nbsp;a&amp;nbsp;Clint Eastwood en&amp;nbsp;&lt;i&gt;Los puentes de Madison&lt;/i&gt;,&amp;nbsp;irrumpiendo de la nada en la vida de&amp;nbsp;Meryl Streep&lt;i&gt;.&lt;/i&gt;&amp;nbsp;«Ya podías quedarte en mi casa», pensé mientras le hablaba de un hotel próximo, pero mis ojos me traicionaron. Sonrió, y entonces supe que, si algún día me lo pedía, lo dejaría todo para irme con él. Yo no permitiría que Clint Eastwood se fuera solo, llorando bajo la lluvia; no sería tan cobarde. Desde esa noche, que pasó conmigo, se las arregló para acercarse a verme al menos una vez por semana.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Mira, eso de ahí es el Palacio Real, donde se aloja el rey Mohammed VI cada vez que viene por aquí. ¡Es enorme!&amp;nbsp;—oí a Roberto.&amp;nbsp;Igualito que mi casa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Dos semanas antes me había dicho que disponía de tres días libres en Semana Santa, de viernes a domingo, y que si me apetecía ir a algún sitio. «Ya sabes que sí.» «Pues he pensado que podíamos ir a Fez. Es una ciudad medieval, te gustará.» «¿Fez, Marruecos?» «La misma.&amp;nbsp;¿Qué me dices? Yo me encargo de todo.» El plan era un tanto exótico para mi gusto, pero la perspectiva de pasar juntos tres días enteros era demasiado tentadora. «Venga, va», le respondí. Estaba perdidamente enamorada, con tal intensidad que se convertía en un sentimiento nuevo, desconocido hasta entonces para mí. Y me sentía plena. Y dichosa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El taxi nos dejó en el aparcamiento de un hotel suntuoso, profusamente decorado aquí y allá con motivos simétricos. Mármoles brillantes, maderas nobles, alfombras de vivos colores, fuentes, piscinas, ascensores con vistas al exterior: lo habían decorado con esmero, incluyendo puertas con arco de herradura en las habitaciones.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Qué, mi niña, te gusta?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¡Cómo no! ¡Vaya hotel al que me has traído!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Bueno, es que no te mereces menos. ¿Qué, bajamos a cenar?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, vamos.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El restaurante, de bufé libre, estaba lleno cuando llegamos, salvo una mesa que parecía reservada para nosotros, dado el modo en que nos condujo el &lt;i&gt;maitre &lt;/i&gt;hasta ella. Comí un poco de cordero, ensalada, una naranja, tres o cuatro fresas y un yogur. Roberto tenía más hambre, y se acercó varias veces al bufé a servirse: cuscús, cordero, sopa, pasta, una naranja y un par de pastelillos. Verle comer me quitó un poco el apetito. «No hay mal que por bien no venga», pensé. De vuelta en la habitación, nos acostamos e hicimos el amor antes de quedarnos plácidamente dormidos. Nunca había estado en una cama tan grande. Dormí de un tirón.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Al día siguiente amaneció soleado. Para recorrer la Medina y no perdernos por sus intrincadas callejuelas, habíamos contratado los servicios de un guía que se presentó puntual, a las nueve, en otro viejo mercedes conducido por un hombre de mediana edad. El guía, de unos cuarenta años, se llamaba Abdoul y vestía chilaba gris y babuchas negras. Tenía, como el chófer, pelo corto y cano, bigote y una dentadura irregular y muy deteriorada, que a mí me recordaba a la de un camello, algo que, tal y como pudimos comprobar después, era lo típico en un país tan empobrecido.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Traes la cámara?&amp;nbsp;—le pregunté a Roberto. Yo no había llevado la mía porque con la suya, que era mucho mejor, era suficiente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Sí, cariño, es la segunda vez que me lo preguntas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Te quiero&amp;nbsp;—le susurré.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Primero fuimos a un mirador situado en lo alto de una colina para que pudiéramos contemplar y admirar la Medina: aquello parecía un gigantesco enjambre en el que se apelotonaban miles y miles de casas blancas, o que en algún tiempo lo fueron, todas con una antena parabólica en su precario tejado. Según nos relató Abdoul en un castellano más que decente, allí vivía un millón de personas.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A continuación visitamos una fábrica de cerámica, todavía en las afueras, en la que elaboraban piezas enteramente a mano, del mismo modo en que llevaban haciéndolo desde muchos siglos atrás. Ceniceros, jarrones, platos, azulejos y teselas, millones de teselas de diferentes formas y colores que tallaban a mano para decorar fuentes y mesas. El resultado era asombroso.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Después, tras despedirnos del chófer, entramos andando, por fin, en la Medina, de donde no saldríamos hasta por la tarde. Menos mal que seguíamos de cerca a Abdul: ¡qué fácil nos habría resultado perdernos allí dentro! Calles propiamente dichas debía haber una o dos, pero callejuelas las había por millares, ¿cómo podrían orientarse ahí?, algunas tan estrechas que sólo cabía una persona, y llenas de una incesante actividad. Yo no soltaba la mano de Roberto, y aún así me costó seguirle, pues a cada paso que dábamos nos cruzábamos con artesanos, vendedores, transportistas con sus burros, niños... Vimos numerosas madrazas&amp;nbsp;—escuelas musulmanas—, mezquitas, palacios, monumentos nacionales y zocos: había zocos por doquier, en los que se podía comprar de todo. Entramos en varias tiendas en las que elaboraban sus productos de forma artesanal. Empezamos por una curtidoría, donde trataban el cuero y lo convertían en prendas de todo tipo; olía tan mal que nos dieron una ramita de hierbabuena para ponérnosla en la nariz, a pesar de lo cual estuve a punto de vomitar un par de veces; todavía no sé cómo Roberto, con la nariz tan fina que tenía, podía aguantar. Ahí compró&amp;nbsp;él&amp;nbsp;una&amp;nbsp;mochila, pero como por la tarde íbamos a entrar en la farmacia de al lado, no se la llevó, se la guardaron. Continuamos por una tienda de babuchas, una de telas&amp;nbsp;—¡qué brocados, qué sedas!—,&amp;nbsp;una de alfombras donde nos ofrecieron un té al tiempo que nos sacaban alfombras de seda y de pelo de camello y, por último, una platería donde me compré un par de platos de latón tallados con simetrías imposibles.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Al mediodía, Abdoul nos dejó descansar en un Riad&amp;nbsp;—típico hotel en el interior de la Medina—, donde comimos pollo con almendras, unos pequeños boles de arroz con canela y, cómo no,&amp;nbsp;té.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Después de comer visitamos la&amp;nbsp;&lt;i&gt;farmacia&lt;/i&gt;, que consistía en un establecimiento pequeño en el que nos sentaron y, mientras tomábamos otro té de menta, exquisito, nos enseñaron diferentes productos medicinales hechos con especias, que podíamos comprar, y diversas esencias utilizadas en la elaboración de perfumes. El chico de la farmacia, que hablaba varios idiomas, me enseñó dos frascos en los que se podía leer «musk white» y&amp;nbsp;«ambergris», y que contenían una especie de piedras extrañas, como polvorientas. Me explicó que se utilizaban para perfumar los armarios. El «musk white»&amp;nbsp;olía muy bien, y duraba unos cuatro años. El&amp;nbsp;«ambergris», al parecer, duraba mucho más, cerca de quince años, y tenía un aroma más dulce, más rico en matices, más profundo. Compré una porción de cada, protegidas por una abundante cantidad de algodón. Observé que Roberto se había puesto raro, como en guardia, y me dijo, aunque no sé si se dirigía a mí o al chico de la farmacia:&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —El musk blanco&amp;nbsp;proviene del almizcle, una sustancia que generan algunos animales, los&amp;nbsp;«almizcleros», y se utiliza en perfumería. El ámbar gris es una sustancia que proviene del hígado de los cachalotes y algunas ballenas, y su comercialización está prohibida para proteger la vida de estos animales. Así que imagino que este ámbar gris debe ser falso.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Y también se utiliza en perfumería?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—No, porque está prohibido, aparte de que su obtención&amp;nbsp;no es fácil. En perfumería lo que se utiliza, en muchos perfumes, es un sustituto sintético del ámbar gris, el ambrox.&amp;nbsp;Pero te aseguro que por cada gramo de &amp;nbsp;ámbar gris de buena calidad se paga muchísimo dinero. Por eso te digo que este de aquí es falso.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Bueno, a mí me da igual si es falso o no, huele genial, ¿verdad?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Huele bien, sí.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Parece que te molesta que lo vendan aquí.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pues sí, porque está prohibido y así no hacen más que llamar la atención.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Llamar la atención? ¿Y a ti qué más te da?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—No me da igual. Y no me da igual porque...&amp;nbsp;—me pareció advertir que se arrepentía de haber hablado demasiado— sí, tienes razón, qué más da.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Oye, y tú, ¿cómo sabes tanto de esto?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pues porque...&amp;nbsp;—vacilaba de nuevo— nada, ya sabes que me gusta leer. ¿Has leído Moby Dick?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Sí, de pequeña.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Pues, si te acuerdas, hay un momento en el que la tripulación del &lt;i&gt;Pequod&lt;/i&gt;, con el capitán &lt;i&gt;Ahab&lt;/i&gt; a la cabeza, encuentra otro barco en el que estaban intentando extraer aceite de una ballena que tenía ámbar gris. Los del &lt;i&gt;Pequod&lt;/i&gt; se dan cuenta que los otros no sabían qué era el ámbar gris, y les engañan para comprarles la ballena por poco dinero.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Oyéndole hablar así, no podía por menos que mirarle arrobada. No obstante, percibí un brillo en sus ojos que me llamó la atención. Estaba tenso, y hacía esfuerzos para contenerse. Al salir, entró un momento a la curtidoría a recoger la mochila, y nos volvimos al hotel. En el coche le pedí que me la ensañara: pesaba lo suyo, y me dio la impresión que abultaba más que cuando la vimos por la mañana. La abrí para mirar el interior, y vi que estaba llena de algodón, pero Roberto me la quitó al momento.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Trae, anda, que la guardo&amp;nbsp;—me dijo suavemente, forzando la sonrisa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando llegamos al hotel, nos dimos una ducha rápida y, como teníamos tiempo antes de bajar a cenar, hicimos el amor. Roberto estaba especialmente excitado, casi diría que agresivo. Tan agitado como un mar embravecido. Yo era una barca a punto de zozobrar en medio del oleaje, pero él, gobernándola con pericia, logró mantenerla a flote hasta que las aguas se calmaron. Si seguía molesto no podría decirlo, pero, por mí, que siguiera así toda la vida, ¡yo estaba encantada!&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Al día siguiente por la mañana emprendimos el viaje de regreso. Como su maleta era francamente pequeña, y la mía, a poco,&amp;nbsp;estaba más libre que la suya, me pidió que le llevara la mochila que había comprado. No me costó demasiado hacer hueco para la mochila, aunque mi maleta adquirió un peso considerable. El control de pasaportes fue muy rápido, casi no tuvimos que esperar. Roberto estaba serio, como ausente, pero respondía a mis muestras de cariño, aunque de una forma un tanto automática. «Será que le apena volver a la rutina y separarse de mí», pensé.&amp;nbsp;Mientras él dormitaba, me puse a mirar por la ventanilla. No había mucho que ver, pues el avión ya había cogido altura y, además, sin una sola nube en el cielo, el sol me cegaba. En un principio el calorcito resultaba agradable, pero cuando, como en otros viajes de regreso, empezó a invadirme la nostalgia, el sol se convirtió en un molesto intruso. Mi corazón se sentía triste ante la perspectiva de volver a la rutina después de tres días tan intensos, ante la perspectiva de esperar, una y otra vez, la ocasión en que pudiéramos vernos, y lo único que anhelaba era un poco de oscuridad en la que poder llorar hasta desahogarse. Sin embargo, aquellos malditos rayos del sol se colaban en mi corazón y no hacían sino dilatarlo todo, incluido el desasosiego.&amp;nbsp;«En todo caso&amp;nbsp;—me quise animar—, no pasa nada por esperar, algún día viviremos juntos.»&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Por lo demás, el vuelo transcurrió sin sobresaltos. Ya en Barajas, después de mostrar nuestros pasaportes en el control, nos dirigimos hacia la salida, siguiendo los carteles que indicaban en qué dirección estaba el metro.&lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —¿Tienes los billetes del AVE?&amp;nbsp;—me preguntó cuando enfilábamos un interminable pasillo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0px;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Sí, los llevo en mi bolso.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Mira, un baño, ¿no tenías ganas?&lt;/div&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Pues... no especialmente, pero, ya que lo dices, creo que es buena idea. ¿Me esperas aquí? —le dije dejando la maleta en el suelo, a su lado. Él hizo lo propio con la suya, me agarró y me besó.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; —Quiero que sepas que te quiero mucho —me dijo.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando salí del baño, Roberto había desaparecido. Mi maleta seguía en el mismo lugar donde yo la había dejado, por lo que supuse, enfadada, que habría entrado en el baño de caballeros.&amp;nbsp;«¡Anda que si me la llegan a robar!»&amp;nbsp;Le esperé un par de minutos. Como no salía, entré a buscarlo, pero allí no había nadie. Le llamé al móvil, y en lugar de oír el tono, era una voz femenina automatizada la que respondía. Colgué. ¿Qué podía hacer? Agarré la maleta y me dirigí hacia el final del pasillo, tal vez así podría encontrarlo, o pedir ayuda a la guardia civil. Empezaba a estar muy angustiada. Aceleré el paso. Un momento: ¿eran imaginaciones mías o la maleta pesaba menos? Movida por un terrible presentimiento, me paré, la abrí... y, efectivamente, faltaba su mochila nueva llena de ¿algodón? El resto estaba todo. Entonces me di cuenta de que se había ido por su propia voluntad y que no tenía sentido ir detrás de él.&amp;nbsp;«¡Qué hijo de puta!»&amp;nbsp;Y rompí a llorar desconsoladamente. Sus últimas palabras, «te quiero mucho», resonaban en mi mente, pero cada vez más lejanas...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No sé cuánto tiempo permanecí en el terrazo de aquel pasillo. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Le puedo ayudar en algo?&amp;nbsp;—se interesó un hombre con chaleco amarillo fluorescente.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—No, gracias&amp;nbsp;—repuse, incorporándome—, me tengo que ir, que pierdo el AVE.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Tome&amp;nbsp;—me tendió un pañuelo de papel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;No volví a tener noticias suyas. Ni una llamada. Ni un correo electrónico. Nada. Le llamé varias veces al teléfono, y lo que oí me llenó de estupor: «... el número marcado no existe...», por lo que&amp;nbsp;me acerqué a una comisaría a denunciar su desaparición. Allí me dijeron que no figuraba ningún&amp;nbsp;«Roberto Valera»&amp;nbsp;en sus archivos. Y que no había ningún usuario con el número de teléfono que yo les indicaba.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—¿Desde cuándo?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;—Eso no lo sabemos. Mire: si lo que nos cuenta es cierto&amp;nbsp;—no se molestó en disimular la desconfianza que yo le suscitaba—, lo que puede haber pasado es que este número perteneciera a un móvil de tarjeta prepago, de cuando no había que registrarse al comprarlo, y que haya sido dado de baja recientemente. O bien... —el policía me miró fijamente— O bien puede ser que nunca haya existido nadie con ese número. ¿Tenía email su amigo? Pruebe a escribirle, tal vez se lleve usted una sorpresa.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tenía, pero yo desconocía su dirección. Una vez le di la mía, pero nunca me llegó a escribir.&amp;nbsp;Antes de que me siguieran tratando como a una loca, salí de allí sin poner denuncia alguna, ¿de qué habría servido?&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Más bien —tenía razón el policía—,&amp;nbsp;como si nunca hubiera existido.&amp;nbsp;Pero yo no estaba loca y no me había inventado a Roberto, si es que era ése y no otro su nombre. Ahora bien, se había ido y lo único que tenía de él era su recuerdo; ni siquiera me había dejado una mísera fotografía: en Fez nos habíamos hecho muchas con su cámara, y se la había llevado consigo. Y así, sin nada tangible a lo que asirme, ¿cómo no dudar de mis recuerdos, por más nítidos que me parecieran?, ¿cómo no pensar que todo había sido cuando menos un sueño? Cuanto más lo pensaba, menos me podía creer que aquello me estuviera sucediendo &lt;i&gt;a mí&lt;/i&gt;. No tenía muy claro cómo, pero mi vida se había convertido en una pesadilla de la que no podía despertar.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Volví&amp;nbsp;a ver &lt;i&gt;Los puentes de Madison&lt;/i&gt;, y cuando Clint Eastwood, empapado bajo la lluvia, le imploró &amp;nbsp;con la mirada,&amp;nbsp;sin conseguirlo,&amp;nbsp;que se fuera con él, lloré amargamente. Lloré, y odié a Meryl Streep con todas mis fuerzas. ¿Cómo se podía, después de haber llevado una vida de mierda, después de haberse sacrificado lo indecible por su marido y sus hijos sin que ninguno se lo hubiera valorado nunca, dejar escapar la oportunidad de irse con el hombre de su vida, el único que la había tratado como se merecía, y ser feliz con él? ¿Cómo podía abandonar así a un hombre, destrozarle de ese modo la vida, sobre todo después de que ya había engañado a su marido? Le servían la felicidad en bandeja y la rehusaba. Eso no era cobardía, era estrechez de miras, era no tener en cuenta los sentimientos ajenos; era ser imbécil...&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Poco a poco me fui calmando, y empecé a ver las cosas desde un prisma distinto. Si ella lo hubiera seguido, ¿qué habría conseguido? Ir de acá para allá, adondequiera que él tuviera algo que fotografiar, hasta su jubilación. Sí, sería feliz con él, pero siempre llevaría encima la losa de haber abandonado, aunque lo tuviera merecido, a su marido y, sobre todo, a sus hijos, exponiéndolos a las habladurías. ¿Era eso lo que quería? Esa semana había vivido una maravillosa historia de amor, &lt;i&gt;su&lt;/i&gt; historia de amor, que siempre guardaría como un tesoro: Madison sería para ellos como París para Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Nunca volvería a sentir nada ni remotamente parecido. Tenía muy presente que había conocido un sentimiento al alcance de pocas personas. Sin embargo, lo más importante era que esa historia había operado un cambio impresionante en ella: de pronto había empezado a creer en sí misma, se había dado cuenta de que podía ser feliz por sí misma, caminar por ella misma, y, si alguna vez le faltaban las fuerzas, podría aferrarse al recuerdo de esa semana. Y así, aunque le doliera en lo más hondo de su corazón verle marchar, decidió quedarse. Al menos tuvo la suerte de poder seguir su trabajo y sus andanzas en la distancia, a través de sus reportajes en la National Geographic, que empezó a coleccionar con un cariño infinito; secreto, sí, pero infinito.&amp;nbsp;Mi odio hacia ella dio paso a una profunda admiración. De pronto me sentí mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;septiembre 2010&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-2550023722361780599?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/2550023722361780599/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/09/ambar-gris.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2550023722361780599'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2550023722361780599'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/09/ambar-gris.html' title='Ámbar gris'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-2091329798247260122</id><published>2010-08-20T02:01:00.004+02:00</published><updated>2010-09-06T19:26:57.162+02:00</updated><title type='text'>A fuego lento</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: right"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-size:small;"&gt;«¿Cuál es el verdadero amor?&lt;br /&gt;¿El que nace de la nada y termina aniquilando el espacio que invade&lt;br /&gt;o el que va creciendo como las plantas y conquista territorios vedados,&lt;br /&gt;rincones arañados y reacios a cicatrizar?»&lt;br /&gt;Boris Izaguirre&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;—Estamos aquí reunidos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, y sin saber muy bien por qué en aquel preciso instante, se acordó de su abuela, muchos años atrás, preparando la comida para toda la familia en la espaciosa cocina de su casa. «Ven aquí, &lt;i&gt;cocinilla&lt;/i&gt;», le decía antes de auparlo sobre un taburete. Con su madre y sus tías repartidas entre el mercado y el resto de tareas domésticas, los hombres recorriendo el pueblo de bar en bar y sus primos jugando en la calle con otros niños, Daniel en cambio prefería acompañar a su abuela. Le fascinaba ver cómo se afanaba en la cocina, ataviada con un sencillo vestido de sarga azul marino bajo un mandil de cuadros rojos para no mancharse, moviéndose con agilidad sobre unas zapatillas negras de esparto sin talón, y logrando —así le parecía a él— que todo confluyera en la gran cazuela de barro que reposaba en la encimera y que no tardaría en cumplir su cometido en el fuego de la chimenea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Primero troceaba la carne en trozos pequeños. «¿Te gusta el cordero? Ya verás qué rico.» Después le echaba sal y especias y lo untaba de blanco, con harina de un tarro de vidrio traslúcido, la misma que teñía su mandil de rosa. «¿Qué es eso, abuela?», preguntaba señalando los pequeños botes. «Son especias para darle un mejor sabor a la carne. Mira: esto es canela molida; esto, orégano, también molido, y esto de aquí, cilantro, pero es tan fuerte que echo muy poco.» «¿Y eso?» «¿Cuál, esto? Es hierbaluisa, pero no voy a echar, que a tu abuelo no le gusta; dice que le recuerda demasiado a cuando estuvo en Marruecos.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A continuación picaba varios dientes de ajo con mimo y los echaba, cuando el aceite había empezado a humear, en una sartén que esperaba encima de un infiernillo, e instantes después añadía la carne. El chisporroteo venía acompañado de los primeros aromas que inundaban la cocina: el aceite caliente daba paso a... ¿flores? No, así olían las calas del ramo a su izquierda. A lo que daba paso el denso y desagradable olor del aceite caliente era a otro mucho más apetitoso: el jugo de la carne al entrar en contacto con el aceite.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la carne estaba dorada, la sacaba de la sartén y la colocaba en un plato grande. Mientras tanto, picaba un par de cebollas en trozos pequeños y las sofreía en la misma sartén, en cuyo aceite convivían los ajos, el jugo de la carne y las distintas especias. «Esto dura un poco, y hay que hacerlo muy bien, a fuego lento. El guiso lo agradecerá al final.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acto seguido, pelaba patatas, zanahorias y tomates, cortando las patatas en dados, las zanahorias en rodajas y los tomates en cuartos, y lo añadía todo al sofrito, removiéndolo con un cucharón de madera para mezclar los sabores. Ya en aquel entonces sentía una cierta aversión por los tomates y las zanahorias, cuyo sabor le desagradaba en cualquiera de las maneras en las que los preparara su madre, pero no protestaba, ¡de qué le hubiera servido! Sin embargo, si los cocinaba su abuela, la aversión desaparecía: no podía decir que le apasionaran —de hecho, ahora seguían sin gustarle—, pero sí que no le disgustaban. &lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;Después, volcaba todo en la cazuela de barro, junto con la carne y un vaso largo de vino. «Sí, Dani, es vino; se llama Jerez.» Por último, añadía unas hojas de laurel, pimienta y un poco más de sal, y vaciaba dos vasos de agua. «¿La llevo yo?» «No, mi vida, que pesa mucho.» Con sumo cuidado, cargaba con la cazuela hasta el salón, la colocaba en la chimenea y la dejaba a fuego lento hasta que se evaporara el alcohol y todo estuviera en su punto. «¿Y cuánto hay que esperar?» «Unas dos horas, pero vete a jugar tranquilo. Ya te aviso.»&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las casi dos horas que tardaba el guiso en estar listo se le pasaban lentas hasta la exasperación. Entre tanto, se acercaba al establo a acariciar a &lt;i&gt;Rubia&lt;/i&gt;, la negra mula a quien de paso daba de comer, y jugaba un rato con &lt;i&gt;Yaki&lt;/i&gt;, el enorme pastor alemán al que había enseñado a «dar la mano». «¿Ya está?» «No, impaciente, todavía queda un poco. Pero, mira, ya que estás aquí puedes removerlo un poco con este cucharón para que no se pegue.» Se acercaba al corral y buscaba algún huevo que hubieran podido poner las gallinas desde que su abuelo los recogiera a primera hora de la mañana, y, al no hallar ninguno, se enfadaba y las perseguía. Se acercaba a las jaulas con los conejos y le aburría su quietud, y volvía con su abuela. «¿Ya está?» «Yo creo que sí, ¿quieres probar?», le preguntaba su abuela acercándole una cuchara sopera humeante. Olía a jazmín.&lt;/div&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;—Daniel, ¿quieres recibir a Inés como esposa y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;El silencio se tornó expectante. Un tanto confuso, se giró al sentir la mirada de Inés, entre divertida y sorprendida, y se relajó cuando detectó su perfume, el de las grandes ocasiones, aquel entre cuyas notas de corazón figuraba el jazmín. Mientras, su abuela seguía con la cuchara en la mano, «¿quieres probar?», que olía maravillosamente bien: una mezcla en la que destacaban el dulzor del vino y la canela y la intensidad del cordero y el orégano.  &lt;/div&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;br /&gt;—Sí, quiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro que quería, a pesar de las zanahorias y los tomates que, por cierto, no conseguía localizar. Claro que &lt;i&gt;la&lt;/i&gt; quería, a pesar de... ¿a pesar de qué? No acertaba a recordarlo. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: right"&gt;agosto 2010&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-2091329798247260122?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/2091329798247260122/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/08/fuego-lento.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2091329798247260122'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/2091329798247260122'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/08/fuego-lento.html' title='A fuego lento'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-5708541095852875250</id><published>2010-07-29T17:19:00.008+02:00</published><updated>2011-06-14T11:01:55.258+02:00</updated><title type='text'>Solo ante el espejo</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—¿Y esto? Es tu letra.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Sí, eso parece. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Déjame echar un vistazo. &lt;i&gt;«&lt;/i&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;¿Somos lo que recordamos? Sin duda que sí, pero también, y no menos importante, somos nuestra capacidad para determinar la intensidad con la que, si acaso, fijamos en nuestra memoria los distintos recuerdos, y, ¡cómo no!, nuestra voluntad para generarlos, es decir, para decidir cómo queremos vivir&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;. Por eso les concedemos tanta importancia: porque en cierto modo conforman nuestro yo más íntimo; porque, tal vez por ello, y &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;ya sea para bien o para mal, &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;rara vez nos dejan indiferentes&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;; y porque, en definitiva, son todo nuestro bagaje&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;. Cuando un recuerdo nos mortifica, imaginamos la liberación que supondría deshacernos de él, lo extirparíamos con nuestras propias manos si fuera posible, mas no lo es, y tratar de olvidarlo sólo consigue hacer &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;aún más vívido &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;el recuerdo y &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;aún mayor la tortura.&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt; No, la única opción es aprender a convivir con él, a aceptarlo, a no darle demasiada importancia, y así, con el tiempo, superarlo. Ay, Raquel, ojalá fuera capaz de poner todo esto en práctica. ¿Lograré algún día superar tu ausencia?»&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;—Alicia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;—Ya, ya sé que es Alicia. Sigo. &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"&gt;«&lt;/span&gt;Según Shakespeare, &lt;/span&gt;&lt;i&gt;el pasado es un prólogo. Yo añado: al que sigue nada más un epílogo.» &lt;/i&gt;No hay más.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Este texto pretendía ser el comienzo de un relato que no llegué a continuar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—¡Menos mal! Por aquel entonces, además de terriblemente deprimido, aún tenías el estúpido sueño de convertirte en escritor y emular a tus autores de cabecera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Es verdad. Imaginaba que, con esfuerzo, como Balzac, podría acabar dedicándome a escribir.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Pero, a diferencia de Balzac, carecías del talento necesario. Y como de imaginación tampoco andabas muy sobrado, emprendiste la senda de la literatura más, digamos, emocional de Benedetti. De una u otra manera, tus relatos eran variaciones de acontecimientos vividos: variaciones de tus propios &lt;span style="font-style: italic;"&gt;recuerdos&lt;/span&gt;. De ahí la necesidad de modificar los nombres de los personajes, que constituían, en ocasiones, lo único ficticio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Sí, es cierto. Roth lo hacía y yo pretendí seguir su estela.&lt;br /&gt;—Tú y tus absurdos sueños de grandeza... ¡Philip Roth no cambiaba sólo los nombres sino mucho más! Qué patético resultabas. Al final, como cabía esperar, fracasaste.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-style: normal;"&gt;—Por lo menos lo intenté y disfruté con ello. Otros ni siquiera eso.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Ahí tienes razón, si obviamos que cuando mejor escribías era cuando lo hacías como terapia. Aunque, por lo que veo, con Alicia no te sirvió de mucho: no conseguiste olvidarla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Bueno, una cosa es que me acuerde de ella, ¿por qué no había de hacerlo?, y otra muy distinta que no haya superado aquello. Claro que lo superé, y lo que yo pensaba que iba a ser un epílogo pronto se convirtió en parte del prólogo de una vida mejor a pesar de todo. Probablemente este texto me ayudó a poner en orden mis pensamientos, y solo con eso mereció la pena, ¿no crees?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Visto así...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Y sí, todavía me acuerdo de ella, digamos que ahora su recuerdo me acompaña pero no me interfiere. Y, además, no puedo olvidar nada a propósito; no sé cómo se hace, ni si querría.&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #000099;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: red;"&gt;&lt;/span&gt;—Lo cierto es que nunca fuiste muy fuerte. ¡Qué le vamos a hacer!&lt;br /&gt;—Pero he mejorado mucho, eso sí lo reconocerás.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—¡Y tanto que has mejorado! &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Mira, tendría unos cinco años cuando, en junio, fui capaz de recordar, calendario en mano, lo que había hecho y aprendido cada día de los últimos dos meses de clase.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—La memoria es selectiva cuando hace falta. Y a los cinco años... como que no.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Efectivamente: mi álbum de recuerdos estaba entonces vacío. Yo no tenía nada, no sabía nada, no era nada. Bueno, sí, una esponja que absorbía todo lo que tenía a su alcance, mas de forma inconsciente: en mi pobre inconsciencia, era tremendamente feliz: ¡tenía todo lo que necesitaba!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Con el tiempo fuiste abriendo los ojos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Sobre todo en verano. Durante el resto del año iba a clase, veía la televisión, estudiaba, me acostaba pronto, dormía. Y como mis compañeros, todos chicos, estaban igual o peor que yo, apenas me paraba a pensar en nada: me limitaba a dejarme llevar por la inercia. Sin embargo, era en verano, en aquellas interminables tardes sin siesta (yo era incapaz de dormir porque así lo dispusieran &lt;span style="font-style: italic;"&gt;los mayores&lt;/span&gt;, y en la calle hacía demasiado calor para salir), cuando la monotonía, el tedio y la desazón hacían que me revolviese inquieto, necesitado de actividad. Tanto en casa como en el pueblo de mis abuelos adonde íbamos a veranear (pequeño pero con una magnífica biblioteca infantil), la única válvula de escape a mi aburrimiento eran los libros: Alejandro Dumas, Julio Verne, Enyd Blyton, Agatha Christie, Arthur Conan Doyle... los devoraba, y me sumergía en la vida que me hubiera gustado vivir: la de sus distintos personajes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Y fuiste añadiendo imágenes a tu álbum. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Sí, porque los sueños están hechos del mismo material que los recuerdos. Y así me fui sintiendo menos vacío.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Pero de eso tampoco te dabas cuenta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Tampoco. Yo sólo veía que anhelaba hacer otras cosas como otros niños de mi edad que veía en el pueblo, pero también era consciente de las estrecheces que atravesaban mis padres y trataba de contentarme como podía. ¡Suerte de bibliotecas!&lt;br /&gt;—Y te fabricaste una burbuja en la que te encontrabas cómodo.&lt;br /&gt;—Pues sí. Cómodo y a salvo. Hasta que, en la adolescencia, me vi forzado a salir de ella.&lt;br /&gt;—Y te avergonzaste de la comodidad anterior.&lt;br /&gt;—Exacto. Para entonces, las condiciones económicas en casa habían mejorado, y pude descubrir la música, y el cine, y otra literatura. Tenía claro que debía sacar la cabeza y enfrentarme a mi realidad, pero, ¡ay!, era tímido y me entró miedo, por lo que me volví de nuevo hacia mí. Sin darme cuenta había construido una burbuja aun mayor, en la que me sentía más seguro que antes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Siempre engañándote. Me pregunto cómo habrás podido vivir toda la vida de engaño en engaño.&lt;br /&gt;—Pues según he observado a mi alrededor, es una práctica muy común. Cuando acabé de estudiar, empecé a trabajar, y poco después conocí a Alicia. Ella destilaba vida por cada uno de sus poros, no le tenía miedo a nada, no necesitaba buscar ninguna seguridad porque se bastaba con su propia confianza, sabía apurar cada momento, hasta la última gota. Ahora, con la perspectiva de los años, yo creo que ella representaba lo que yo inconscientemente ansiaba llegar a ser, lo cual contribuyó a que me enamorara perdidamente de ella.&lt;br /&gt;—También ayudó el que ella se fijara en ti, porque tú ya te habías enamorado muchas veces antes. Lo que no entiendo es qué pudo ver Alicia en ti.&lt;br /&gt;—Lo cierto es que algo vio. ¿Qué? No lo sé, quizá potencial, y no se equivocó. Lástima que no lo llegara a comprobar.&lt;br /&gt;—Bueno, no se equivocó... o sí. A lo mejor fue debido al accidente que desarrollaste tu potencial.&lt;br /&gt;—Es posible. Ese maldito accidente hizo estallar mi burbuja por los aires y me dejó hundido y a la intemperie. No me quedó más remedio que, poco a poco, sacar la cabeza y aprender a vivir sin cobijo alguno, a confiar en mí mismo como nunca antes había hecho.&lt;br /&gt;—Y, para cuando aprendiste, lamentaste no haberlo aprendido antes.&lt;br /&gt;—Tú te encargaste de mortificarme, como tantas otras veces. Aunque te advierto que eso ya terminó. Ahora mismo Alicia se sentiría orgullosa de mí, lo sé. En cierto sentido, tengo la sensación de ser como era ella. ¿Quizá ahora ya no me enamoraría de ella?&lt;br /&gt;—¡Y qué quieres que te diga yo!&lt;br /&gt;—Lo único que sé es que ahora me siento como nunca. Creo que en el aprendizaje, en la suma acumulada de recuerdos y sueños que genera, está la verdadera riqueza interior. Por eso, fíjate, me gusta cumplir años. Porque cada vez soy más rico, tengo más recursos, más sabiduría, me encuentro más a gusto conmigo mismo y, sobre todo, con los demás. Cada vez tengo más ganas de disfrutar de todos y cada uno de los momentos que se me presentan, con Inés, con mis hijos, con mis amigos y con quienes no lo son,  tomar lo bueno de todos ellos e ignorar lo no tan bueno. Cada vez tengo más ganas de disfrutar, más ganas de ¡vivir! Y no me importa cumplir años; al contrario, estoy encantado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Espero que no te siente mal lo que te voy a decir, pero no me puedo callar.&lt;br /&gt;—Nunca lo haces, y te da igual si me lastimas. No sé por qué habías de callarte ahora.&lt;br /&gt;—Bien, de niño te avergonzaba lo poco que sabías, te sentías responsable de ese vacío que percibías en tu interior, y por eso te dedicaste a estudiar y leer con tanto ahínco.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Después te arrepentiste de haberte recluido para crecer, para aprender. Luego, la vergüenza surgió por haber construido una burbuja más grande, pero burbuja al fin y al cabo. A continuación por no haberte abierto antes al mundo. Y, por último, por haber tardado más de la cuenta, según tu opinión, en descifrar los códigos por los que se rige la vida, o más propiamente tu vida actual.&lt;br /&gt;—En realidad tú hiciste que me arrepintiera de cada etapa que iba dejando atrás. Menos mal que nunca me dices nada del presente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—¿No se te ha ocurrido pensar que, al igual que te has avergonzado de cómo eras en el pasado, te puede pasar lo mismo en el futuro respecto de ahora? Sí, claro que lo harás y, ¿sabes?, no te quedará el consuelo de Shakespeare, cada vez estarás más cerca de que todo sea un prólogo y sólo te falte por escribir un breve epílogo, o ni siquiera eso, cumpliéndose esto que escribiste hace quince años. Pero tú tranquilo, que podrás seguir engañándote con tu &lt;span style="font-style: italic;"&gt;inmensa riqueza interior&lt;/span&gt;. Que no podrás usar, por cierto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;—Estos diálogos dicen muy poco de mi salud mental, ¿no crees?&lt;br /&gt;—¡Qué va! Todo lo contrario, dicen mucho y muy bueno. ¡Ojalá la gente se mirara más a su espejo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;julio 2010&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;Todo lo nuevo trae consigo un poco de amargura del pasado. No existe nada nuevo que no provenga de otro sitio, de otra historia, otra pena (Boris Izaguirre)&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-5708541095852875250?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/5708541095852875250/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/06/solo-ante-el-espejo.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5708541095852875250'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/5708541095852875250'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/06/solo-ante-el-espejo.html' title='Solo ante el espejo'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYdTM/TWBTiOK_lbI/AAAAAAAAA_4/74ryXjj_oBw/s220/fotoDavid.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6887952391845510291.post-7081983287965396486</id><published>2010-06-24T12:58:00.010+02:00</published><updated>2010-06-24T18:49:08.366+02:00</updated><title type='text'>Solsticio de verano</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;Tenía un vestido blanco y no más de dieciséis años. La tarde, plomiza, lo teñía todo de un gris perla, como si acabara de escampar. Todo, menos a ella, que parecía una actriz recién salida a escena. Diríase que un potente foco la iluminaba y la seguía por el escenario, haciéndola refulgir como una estrella y convirtiendo a la gente a su alrededor en meras sombras. Sin embargo, el sol llevaba días escondido: esa luz dimanaba de su interior. El vestido, muy ceñido, mostraba un cuerpo ya formado, y sus movimientos, un deseo irrefrenable de empezar a vivir. Caminaba inclinada hacia delante, sosteniendo algo en una mano, cuando, de pronto, se giró, irguiéndose como un resorte. Los ojos, enormes, denotaban sorpresa no exenta de curiosidad; los labios entreabiertos, confianza; la otra mano, ligeramente levantada, atención. Al poco, los labios se estiraron hasta formar una alegre sonrisa, momento en el cual bajó la cabeza, inclinó el cuerpo e hizo un ademán como de empezar a bailar. Rumba cubana, sin duda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;Llevaba una camiseta de tirantes negra y una falda de licra, también negra, sobre unas mallas del mismo color. Como calzado, unas zapatillas de deporte, blancas. El pelo, recogido en una coleta, era oscuro, como su piel, y sus facciones indicaban que era sudamericana. Y muy guapa. ¿Cubana? Eso ya no estaba claro. De nuevo, aparecía revestida de una luz especial, pese al cielo, cómo no, encapotado, mientras a su lado la gente se veía como difuminada. Se alejaba con su andar tan característico, prestando especial atención a su teléfono móvil, cuando alguien la llamó y se volvió. Por la forma en que lo hizo, saltaba a la vista que era una persona popular en el barrio. A modo de respuesta, sonrió, masculló algo y, tras asentir levemente, bajó la cabeza y se agarró la falda. El tiempo pareció detenerse un instante, antes de que, con un gesto brusco, estirara el brazo y preparara el cuerpo para ponerse a bailar. En el móvil debía de estar sonando un reguetón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Raúl...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Qué pasa, Clara?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Abrázame...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Estás llorando? ¡Pero bueno! ¿Has tenido una pesadilla?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Sí...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Estás empapada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Me da igual.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Tranquila, ya pasó. No llores.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Es que era horrible, Raúl. &lt;i&gt;Es&lt;/i&gt; horrible...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Venga, va. ¿Me vas a contar qué has soñado?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Pues... viajaba en un tren. Al principio estaba vacío, pero en cada parada se montaba gente y no bajaba nadie, así que cada vez iba más lleno.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Sigue.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—En el tren estaban mis abuelos, mis padres, mi hermano, tú, mis compañeros de trabajo, los del grupo de pintura, mis amigas... Todo el mundo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Entonces era un sueño agradable, ¿no?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Lo sería si no fuera porque también estaban Lauri, y Guille, y Santi y Eva, y mis profes de primaria, y la de inglés... ¡todos!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—A ver, no llores. Relájate y cuéntame quiénes son esas personas, que no me entero.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Es verdad, perdona. Lauri fue la primera amiga que tuve en el colegio, hasta que, en sexto, sus padres se mudaron a Barcelona y no la volví a ver. En el tren seguía teniendo doce años, ¡y no se daba cuenta de que yo había crecido!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Claro, es que para ti sigue siendo tal y como la recuerdas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Guille fue el primer chico que me besó, a los quince años, en un campamento. Ay, Raúl, Guille estaba sentado en un asiento junto a la ventanilla y ¡quería besarme otra vez! ¿Te lo puedes creer? ¡Si podría ser su madre!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Bueno, no exageres. Te aseguro que él también ha crecido y ya no es un niño... ¿Y Santi y Eva?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Santi y Eva querían jugar conmigo al escondite, como cuando jugábamos en el pueblo ¡a los cinco años!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Vaya un sueño más raro. Y el tren, ¿adónde se dirigía?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¡Qué más da! Lo importante es que estaba toda la gente que ha pasado por mi vida, y que iba muy rápido, y más, y más, ríete tú del AVE, hasta que, cuando ya no cabía nadie más, llegamos a una curva muy cerrada antes de un túnel y...&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Y?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Y me desperté. Pero lo horrible no es el sueño, sino que no es un sueño.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Cómo que no es un sueño?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—No, no lo es. Llevo varios días angustiada porque la vida se me escapa. El tiempo pasa cada vez más y más deprisa y siento que voy a descarrilar cuando menos me lo espere, a la primera curva cerrada que me encuentre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Bueno, mujer, no le des importancia, lo que pasa es que te estás haciendo mayor. Te puedo asegurar que mi tren va más rápido que el tuyo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¡Vaya! ¿Y tú cómo lo sabes?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Pues porque soy un hombre y tengo diez años más que tú. Para los hombres esa curva cerrada nos llega antes, y si encima soy mayor que tú, con más razón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Anda que vaya ánimos, no sé ni para qué te cuento las cosas. Por si acaso estaba poco angustiada, ahora me vienes con que te vas a morir antes que yo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Para nada, nadie sabe cuánto queda para esa curva; lo que hay que hacer es vivir y celebrar el paso de cada traviesa. La curva llega sola, no tiene sentido preocuparse por ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Y no sientes vértigo? Yo mucho. Tanto que llego a pensar que nada vale la pena. No logro encontrarle el sentido a la vida, y no sé si merece la pena traer un hijo al mundo para que, más tarde o más temprano, pase por lo que estoy pasando yo ahora.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Y dices que llevas así varios días? ¿Por qué no me habías dicho nada? No, yo no tengo vértigo, ya no. Mira, te voy a contar algo. Más o menos a todo el mundo le gusta la primavera, ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Sí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Y por qué? Pues porque vuelve el buen tiempo y todo se pone verde y lleno de flores. Pero, si lo piensas bien, ¿cuánto viven las flores? Una semana como mucho. ¿Durante cuánto tiempo expelen su aroma? No más de un día o dos. Así que nos encanta verlo todo lleno de flores, pero no pensamos, ni nos importa, que viven muy poco tiempo; total, se mueren unas y florecen otras, y así durante varios meses, ¿qué importancia puede tener una flor? Ahora bien, ¿qué sentido tienen esas flores? Pues uno muy sencillo, o no tanto, según como lo mires: vivir. Sí, vivir y colaborar en la cadena de la vida. Y esto de las flores vale para los hijos. A mí me encantaría que tuviéramos uno, pero que te sintieras feliz de tenerlo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Vale, todo eso está muy bien, y no lo había pensado nunca así. De hecho, cuando empiece a pintar flores, creo que lo recordaré. Pero, ¿qué me dices de mi vértigo? El tiempo corre cada día más, y creo que no puedo hacer nada.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Te equivocas, puedes probar a hacer una cosa muy sencilla: si te parece que el tiempo va muy deprisa, detenlo. Lo creas o no, es muy fácil.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—No te rías de mí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—No, no me río, Clara. Hablo muy en serio. Piensa un poco, ¿qué es lo que causa las estaciones? Las diferencias de temperatura debidas a la traslación y la inclinación del eje terrestre, ¿no es así? Bueno, pues ahora tú y yo estamos en nuestro verano, todavía nos queda mucho para el otoño, y no te digo para el invierno. Pero, al igual que en la naturaleza es la variación de calor la que provoca las estaciones, de la misma forma, si mantienes tu calor, es decir, tu ilusión, prolongarás el verano, y el otoño, y el invierno...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Pero es muy difícil mantener ninguna ilusión si todo va cada vez más rápido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Bien. Entonces detén el tiempo. Yo lo hago. ¿Sabes qué es el arte?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Morirte de frío?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Ja, ja, también. Pero no, o sí, según como lo mires. Para mí el arte es la manifestación humana que más nos diferencia del resto de los animales: es la expresión de algo muy íntimo y profundo, algo que sale de dentro y que es la esencia última de cada persona. Los verdaderos artistas son los que logran parar el tiempo y plasmar, y transmitir, en cada una de sus obras, esa esencia. Los músicos, por ejemplo, logran encapsular un trocito de tiempo y hacerlo eterno. Y nosotros, después, no importa el tiempo que haya pasado, abrimos una capsulita y, además de compartir el tormento interior de Beethoven, el optimismo de Mozart o la pasión de Wagner, nos maravillamos con su música, descubrimos que el invierno de Vivaldi es más bello que la primavera y gozamos con el piano de Gould, el violonchelo de Casals o el violín de Menuhin... Un buen libro es otra capsulita que nos permite sumergirnos a fondo en otro mundo, el del propio libro, con sus historias, sus reflexiones, sus rimas y todo lo que nos hace evocar, y el de la soledad de su autor, con el que conectamos íntimamente en el preciso momento en que lo escribió (muchas veces me lo imagino con la pluma o la máquina escribiendo lo que voy leyendo), no importa cuándo ni dónde ni en qué idioma: desde Cervantes a Roth, pasando por Mishima y Mann, la buena literatura es universal e intemporal. Lo mismo, ahora que estás aprendiendo a pintar, me sucede cuando me quedo absorto ante un cuadro de Velázquez, o de Sorolla, o de Van Gogh, o de muchos otros, y no solo si hay donde sentarme. Soy capaz de imaginar el lienzo en su blanco original y cómo el autor lo va dotando de color, veo los trazos del pincel sobre la tela, y sobre la paleta llena de pintura de diferentes tonalidades, y por fin la mirada de severa aprobación ante el cuadro recién pintado. La mía es de admiración ante el resultado y ante la luz de Sorolla, los trazos atormentados y aparentemente toscos de Van Gogh, los ropajes tan reales y llenos de color de Giotto, el genio de Picasso... Desde luego, todos ellos lograron a su manera detener el tiempo, congelarlo, hacer eterno un instante, y nos toca a nosotros, ahora, hacer lo propio tomando de esas capsulitas, tantas y tan intensas como queramos. Quién sabe si dentro de unos años alguien verá tus amapolas y se identificará con tu vértigo. No, no te rías. ¿Acaso no te parece una forma maravillosa de detener el tiempo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Sí, cariño. Entiendo lo que quieres decir, y es muy bonito, aunque me reconocerás que pensar que de esa forma voy a detener el tiempo o por lo menos engañarlo no sería más que engañarme a mí misma o estar un poco mal de la cabeza. ¿O no, Raúl?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¡Pues claro! Es que en la vida a veces hay que engañarse a uno mismo o estar un poco mal de la cabeza. O no. Mira, llevo dos días volviendo a casa por el polígono y parándome ante el semáforo que hay nada más entrar en la ciudad, ese que siempre está en rojo, y viendo, en la plaza que hay a la izquierda, a una niña de unos quince años que tiene una luz especial. Te lo juro, desprende una luz que la hace diferente a la gente que la rodea, me recuerda a una actriz saliendo al escenario. ¿Y sabes qué es esa luz? Creo que la serenidad que transmite y el disfrutar cada momento, sin preocuparse por el mañana, por el qué pasará, por el qué dirán, sintiéndose a gusto, muy a gusto, consigo misma, y con unas ganas tremendas de vivir. Sí, Clara, vivir. Eso es lo que he pensado al verla, y, también, que me gustaría que tuviéramos un hijo y fuera así de feliz, por qué no. ¿Sabes? Las dos veces me ha dado la impresión de que estaba a punto de ponerse a bailar. Y es que la vida es un vals...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Sí, un vals al borde de la nada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—De acuerdo, doña optimista, pero bailando se mantiene el calor. Mira, está saliendo el sol.&lt;br /&gt;—Ay, sí... Vaya nochecita que te he dado, ¿eh?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Tenemos media hora, ¿qué te parece si...?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;Bajo el primer sol abrasador del verano, la blancura de su vestido —el mismo del primer día— resplandecía con una intensidad cegadora. Caminaba despacio, contoneándose apenas, mientras consultaba algo en su teléfono.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—Mira, esa de ahí es la chica de la que te hablé esta mañana.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;Sosteniendo el móvil como si fuera una manzana a medio comer, se inclinó hacia delante y caminó unos metros con presteza. De repente, frenó en seco y se volvió, inquisitiva, como tratando de localizar a alguien que hubiera pronunciado su nombre. A pesar de que la plaza estaba desierta, ella pareció descubrir quién había sido y, mirando a un determinado punto del vacío, le dedicó la mejor de sus sonrisas y amagó con empezar a bailar. Flamenco, en esta ocasión. Habría sido una sonrisa simplemente perfecta si hubiera ido dirigida a un destinatario real, pero, ¡ay!, así le faltaba algo que le diera pleno sentido: así se convertía más bien en una mueca desesperanzada de alguien que pedía a gritos cariño y atención. Obedeciendo a alguna razón que solo ella conocía, simuló que se iba para, acto seguido, girarse de nuevo y, mirando en otra dirección, sonreír burlonamente a la nada. En sus ojos, opacos, destellaba un brillo metálico. No hubo conato de baile esta vez.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—¿Quién, esa de blanco? Muy bien no está...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;—No, no lo parece. Hoy no. Vaya.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right; "&gt;junio 2010&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6887952391845510291-7081983287965396486?l=david-conde.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://david-conde.blogspot.com/feeds/7081983287965396486/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/06/solsticio-de-verano.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/7081983287965396486'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6887952391845510291/posts/default/7081983287965396486'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://david-conde.blogspot.com/2010/06/solsticio-de-verano.html' title='Solsticio de verano'/><author><name>David Conde del Río</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12084301659222044300</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/-pGOHSVVYd
